martes, 21 de diciembre de 2010

Alfa Centauri

Días después de reencontrarme con una vieja amiga recuerdo aquella ocasión en la que, así fuera de mentiras, pudiste haber sido mía. Éramos apenas unos niños jugando a quererse, a seducirse, dejándose arrastrar de manera primigenia por los insondables avatares de pasiones que les eran ajenas. 

Casi era hora de pasar por tu casa, ubicada en una cuadra uniforme de un barrio cualquiera. Estaba nervioso. Vestía lo que humildemente consideraba era mi mejor atuendo. Ahora, visto con los ojos del hombre que te escribe, no podría recibir un calificativo distinto a andrajoso: Pantalones verdes, camisa caqui, saco adornado por una línea roja en el borde que hacía juego con los zapatos de cuero que me obligué a vestir con el sólo propósito de parecerle más adulto a tu papá. Jugando a ser mayor llegué incluso a vaciar casi completamente un frasco de Roger&Gallet sobre mi piel. Estaba listo, o eso creía. No podía dejar de verte en el umbral, con una sonrisa en los labios y la anticipación angustiosa de nuestro tiempo a solas en los ojos. Todo iba a ser perfecto, pensaba, te recogería, te llevaría a un restaurante, hablaríamos. Al final de la tarde, soñaba, me besarías. Recuerdo haber escrito algunos versos en una hoja a cuadros. En ellos te juraba amor eterno, vaticinaba, a poco más de una década de vida, el gozo de nuestra unión. Relataba, eufórico, el momento en el que te tendría entre mis brazos, a ti, una pequeña niña de doce años. Finalmente logré disuadirme de entregarte la hoja llena de mi caligrafía abarrotada y nerviosa. Era demasiado pronto para pedirte que fueras, conmigo, un alma.

Ese día, que permanecería hasta hoy inalterado en mi memoria, salí de casa en compañía de mi madre. Ella, como siempre, ponía su corazón en juego con el mío. Presumo que sentía, inclusive, el violento cabalgar de mi sangre en las sienes y el ahogo momentáneo que me generaba el pensarte. No quería que fuera conmigo pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Necesitaba llegar hasta tu portal de alguna manera. No olvides que te escribo sobre nuestra infancia. En el camino tal vez me dio algún consejo, me regaló un cumplido o me ilusionó diciéndome que era indudable que tú también me querías. La verdad no lo recuerdo. De hecho, he olvidado completamente el recorrido hasta tu casa. Lo que sí tengo presente es el haberte visto en medio del mareo que producían mis nervios y la voz de tu papá diciéndome que no podía salir contigo, resaltando que, así no quisiera creerlo, yo seguía siendo un niño. 

Ese día no te dije adiós, sólo abandoné la idea de perseguirte. De nada valió el noble gesto de presentarme de nuevo ante tu papá para disculparme por la ira que había producido en mí su condicionamiento. No entendía, entonces, que el amor pudiera ser atado a protocolos, a rituales, a cadenas. Sigo sin entenderlo. Sin embargo, quería despedirme como un caballero y así lo hice.

La verdad es que hoy, al mirar atrás, este hombre que escribe sobre el niño que fue te extraña un poco, anhela haber podido ganarle al destino en esa ocasión y para siempre. La verdad es que sigo siendo ese niño. La verdad es que ninguna otra niña ha sido para mí la más brillante estrella, esa que lleva, para mí, tu nombre.

21/12/10
17:48



lunes, 6 de diciembre de 2010

Sístole.

Llega, sin embargo, un momento para repensarlo todo. Inevitablemente, se balancean los idealizados constructos del enamorado con las realidades. Al verlas de frente, sin la ansiedad que generaba su implacabilidad, todo parece ser distinto. Comienza a aparecer la fealdad como una sombra en tu rostro. La adolescencia de tu forma de vivir me repele. Ya no te extraño e incluso pienso que la distancia ha sido la mejor consejera en una batalla que no debía ser luchada pero que, por mi terquedad, se luchó sabiéndose perdida desde el primer instante. En ese instante estoy seguro de no amarte, sonrío, confiado en que las posibilidades que se abren son inconmensurables. Me tranquilizo.

Lo que olvido, ingenuamente, es que para que un corazón pueda latir se requiere completar el ciclo.

Diástole.
06/12/10
14:56

lunes, 22 de noviembre de 2010

Diástole.

Un corazón que ama envejece más rápido. Los anhelos que guarda lo consumen y desgastan a tal punto que el dolor que de él mana deja de ser una metáfora. En el silencio sus gritos desesperados desgarran la carne y toda esperanza parece ser insuficiente para mantener sus latidos. El futuro, las promesas, parecen no saciar la inmediatez de sus ansias. Un corazón que ama muere constantemente, muere sediento. Luego se miente, se dice que no era amor lo que manaba de él, toma por ciertas aquellas voces que reprueban sus pasiones y se convence de seguir adelante. La mente se engaña, se induce a la amnesia, pretende haber olvidado. El corazón, sin embargo, parece adorar la reconstrucción de un pasado que él mismo creó, proyectándolo hacia el mañana para mantenerse con vida. El corazón no olvida. Mi corazón ama, te ama, te anhela y espera, sabiendo que nunca vas a volver y que nada, jamás, fue real. Sabe que te creó y lucha por destruirte. Infructuosamente.


22/11/10
19:40

jueves, 2 de septiembre de 2010

Koninklijke Luchtvaart Maatschappij


Terminaron ya aquellos maravillosos días en los que me daba licencias para pensar en ti con cada pequeño acontecimiento del día. Ya no busco coincidencias que me recuerden tu nombre, ya no imagino lo que sería la cotidianidad a tu lado. Comienza ahora la tarea de devolverle el significado a todas aquellas palabras que adquirieron, por ministerio de mi irrefrenable deseo de saberte mía, de encontrar detalles que nadie más notara y me acercaran a ti, un aire de tu esencia. Esa vecina serbia que lleva tu nombre, ese edificio adornado con iniciales que no te pertenecen pero que bien podrían hacerlo, ya no me recordarán las pequeñas manchas que el sol ha dejado en tu nariz, ya no traerán la forma de tus ojos y el sonido de tu voz con ellos. Nunca ha sido necesario. Desde que te conocí he tenido fija tu imagen en mi mente, indeleble, inalterable, demasiado arraigada en el fértil campo de mi ser onírico como para necesitar referencias a ella en el trasegar de amaneceres a puestas de sol -Que, por mucho que deseara que lo fueran, no son incontables-. Sin embargo, eran secretos, pequeños cofres que atesoraba, usándolos para recordarte con más furor, para anhelarte con mas ahínco.

Te dejo ir, me despido.  

Te confieso que nunca pude captar tu aroma, siempre fuiste neutra. Tal vez debí percibirlo como una premonición.


02/09/2010
22:16

Culpable



Evidencia incuestionable de lo poco que la métrica y yo nos la llevamos. Escrito años atrás, retoma su valor -si no estético, por lo menos emocional- en estos días que no te tengo:

Soy culpable de un amor egoísta
Y merecedor de la celda oscura,
De este frío abandono, de esta locura,
Del ocaso que me llega amatista.

Tú eres libre como la mariposa
Que acaricia mi vida con su vuelo,
Y dibuja con sus alas el cielo,
Llevándose mi pasión azarosa.

Eres tú libertad, yo soy cadena
Atada por siempre a tu dulce aliento
Al camino por el que nunca vamos.

Amarte para siempre es mi condena,
Y morir entregado a lo que siento
Pues huyes como el agua de mis manos.


viernes, 27 de agosto de 2010

Surrogates

Recuerdo haberme dicho alguna vez que, de llegarse a una sociedad como la presentada en "Surrogates", de John Mostow, los primeros en querer comprarse un humanoide para que viviera por ellos serían los dueños de un BlackBerry. Creo que todos coincidimos en el efecto des-socializante que los smartphones tienen, creando paralelismos con la realidad en los que, tristemente, la gente parece más interesada. ¿Será acaso necesario que las relaciones dejen de ser sociales y se conviertan en constructos tecnológicamente fundados? ¿Cuándo dejamos que el 2.0 triunfara? 

El nefasto efecto que ha tenido la vertiginosa evolución de los medios de comunicación, en su afán de interconectarnos, es una disociación absoluta. Irónicamente, cuando buscamos un escape a la soledad a través de las redes sociales, internet -y estos condenados aparatos que zumban cada tres segundos-, más solos nos quedamos. La relación personal se convierte en un diálogo ficticio con un interlocutor artificial. Ya no hablamos con la gente, ya no tenemos tiempo para vernos, ahora preferimos estar alienados frente a una pantalla -Tal vez por la seguridad que brinda el tener tiempo para salir con líneas inteligentes o por el temor que produce el contacto directo-. Se ha ido perdiendo paulatinamente la humanidad de nuestras interacciones, cada vez más maquinizadas. Todo en nuestra vida gira en torno a los updates, a los followers, a los -cínicamente- llamados amigos en facebook, que nos dan un +1 como si fuera una condecoración castrense. Por si fuera poco, esa adolescente actitud de competir por quién es más popular se da ahora en el ámbito virtual.

¿Dónde quedaron las identidades, las personalidades, los silencios incómodos y las sonrisas nerviosas? Nos privamos de la vida por la comodidad de nuestro anonimato virtual. No falta mucho para que nos interese más un PIN que una persona. Propongo que si esto sigue así, las conversaciones se compren en iTunes Store, se codifiquen las emociones para enviarlas por bluetooth y se sellen, definitivamente, puertas y ventanas. Definitivamente sí es más cómodo imaginarse a la gente a partir de lo que escribe que relacionarse con ella directamente. Además, ¿Si tengo el PIN de alguien eso lo hace mi amigo, no? "Estoy tan solo en mi cuarto que un abracito entre emoticones basta". 

Por mucho que use internet, nunca pensaría en basar mis relaciones en él. Prefiero relacionarme con la gente. Soy un anacrónico.

27/08/2010
23:50 






jueves, 26 de agosto de 2010

You gotta let go

No quisiera caer en un falso esencialismo en esta entrada -Posiblemente motivado por un sentimiento de desarraigo y tristeza que se apodera de mí-. Habiendo dicho esto, empero, creo que no hay algo más propio de la vida que su paradójico carácter. La fe surge de la desesperanza de la misma manera que los más desgarradoramente hermosos versos de amor se componen en la certeza de una despedida, en el quebranto del adiós.

Afirmaría que éste es un escrito frío y concienzudo pero me estaría mintiendo. La verdad es que lo escribo con la pasión encendida de un dolor secreto. Con la certeza de una esperanza rota, de un sueño que se evaporó con la misma violencia con la que surgió. En parte me culpo. Dar rienda suelta a las elucubraciones del corazón es una autopuesta en peligro. De eso no cabe la menor duda. Son muchos los escenarios posibles como para pretender que se va a alcanzar el tan deseado amor que, tristemente, puede ser una expresión de vacíos antes que un anhelo por compartir plenitudes. Por eso, tampoco parece lógico llenarse de resentimiento al no ocurrir lo que se quería que sucediera. En últimas, imponer un sentimiento es tarea ruin, tanto como abandonarlo es difícil lid.

Hay momentos en los que finalmente se revela el norte y se descubre, en el pequeño luto que su reconocimiento produce, que estábamos caminando en la dirección opuesta. ¿Qué hacer? Seguramente la recalcitrancia no será recompensada y, en nuestras fuerzas, lo único que lograremos será ahondar en un vacío insondable al mentirnos diciendo que, por luchar, necesariamente venceremos. Hay que morir a un deseo para poder mantener una esperanza.

Lo que se debe hacer, creo, es luchar contra nosotros mismos. Porque no hay nada más difícil que dejar ir.

26/08/10
22:42

domingo, 22 de agosto de 2010

Garrapatea

Me confieso ignorante. Parta de ese aserto al leer estas palabras. No hay en mí, siquiera, una intención de pasar por conocedor de la música en un texto grandilocuente y pretencioso. Sin embargo, sería igualmente deshonesto dejar de señalar la violencia con la que me golpean algunas obras. Me estremezco, "garrapateo", las emociones se enturbian y, luego, llega la paz. Pocas cosas del mundo me ofrecen una catarsis tan profunda como la música. En ella encuentro la más absoluta y desgarradora evidencia de un espíritu. En la magnanimidad de Beethoven, en el romanticismo irrestricto de Bach, en los iterativos clamores de Pachelbel, en el dramatismo de Mozart, he encontrado excusas para llorar desconsoladamente y para embriagarme en la dimensión divina de la vida. Ha sido la música una égida poderosa para mis emociones, para mi humanidad. No hay mayor acto de amor que crear. Poco se arriesga en el silencio, poco se pierde en el anonimato. Entregarse como se es al mundo, a través de los compases -o las palabras- es un llamado insurrecto a despertar. No es un grito de auxilio, es un acto profundamente desinteresado. No se crea para ser admirado, se crea para dejar algo de sí en los demás, para expresar dimensiones ocultas de esa personae que se emplea a diario. Para renunciar a las máscaras. 

Otra verdad, en lo que a mí respecta, es que, tal vez siendo egoísta, reservo las composiciones que surgen del dolor, del desamor, de la esperanza. Probablemente es este pequeño ser creativo que se apropia de mis dedos para hilvanar frases medianamente coherentes el que busca sentirse identificado en los majestuosos hombres que están detrás de las Sinfonías, los Cánones, las Sonatas. Con humildad, claro está -Reconociendo una abismal distancia entre aquellas figuras casi épicas y quien escribe-, acudo a la creación para ser, no exclusivamente para expresar. Últimamente, trato de hacer públicas estas maquinaciones para conocerme mejor a través de lo que escribo a modo, nuevamente, de catarsis. Y este proceso suele estar acompañado, contextualizado, ambientado, por la música atemporal.

Escribo, entonces, para dejar algo de mí en quien me lee, porque sé que las palabras que se dan, jamás vuelven vacías.

22/08/10
2:22 

sábado, 21 de agosto de 2010

Espero-Te.

Sentado en la oscuridad de una medianoche ligeramente fría, recuerdo una historia que yacía perdida en los erráticos mares de la memoria. La recuerdo mía, sin tener la certeza de haberla vivido. Al comienzo es como ver una fotografía ajena. Luego, súbitamente, se revela una cercanía misteriosa. Leo algunas páginas escritas tiempo atrás, trato de volver a aquella noche, trato de reconstruir cada detalle. No es un ejercicio del todo fructífero. Hay apartes que sencillamente no volverán -y otros que han sido modificados, tal vez, intencionalmente-. Aún así, lo fundamental permanece. Así es como se desarrolla todo:

Un hombre, exaltado por un sueño magnífico y contrastado por una realidad completamente opuesta a lo que acaba de ver, se mueve nervioso en su cama. Yacen sobre él las cobijas desordenadas. Suda. Su corazón late con fiereza y, en el fondo, sabe que le ha sido revelada una promesa. Trata de asir cada imagen inconsciente apretando sus manos contra las cuencas. Lo que aún guardan sus pupilas completamente dilatas por la oscuridad es hermoso. Ve un lago azulado y cristalino, cuyas olas rompen contra muros de piedra. Observa los pasillos de un lugar en el que nunca ha estado. Paredes anaranjadas, pequeñas ventanas de madera entreabiertas y decoradas con flores exquisitas -Dado que el hombre no es un conocedor, es imposible señalar de qué clase de flores se trataba, sencillamente eran hermosas-. A través de estos angostos corredores, se decía, perseguía al amor de su vida. Era una hermosa mujer, tan borrosa en sus gestos y facciones, que tan sólo quedaba en la mente de este hombre su cabello rojo y abundante y sus ojos azules. Todo lo demás había desaparecido. Tal vez era la indeterminación de su persona lo que la hacía tan deseable. Su identidad escondida en una voluta de olvido lo intrigaba. Sabía que era para él, aunque no estaba muy claro de quién era. La esperó por años.

Hoy, viendo hacia atrás, acompañado únicamente por el reverberar de algunas canciones de amor, descubro en ese hombre una parte de mí que había borrado de un plumazo, dejando de lado las ilusiones, los sueños, que representaba. Llevado por el orgullo, por la desesperación, me olvidé de mí. Hoy puedo decir, confiadamente, que he reencontrado a aquél hombre que dejé a la mañana siguiente a este sueño, por creer que la mujer por la que aguardaba era producto de la ficción. 

Y aunque, aún hoy, la sigo esperando, confieso que lo hago con un ánimo fortalecido, con una fe nueva, con un amor tan grande que me guarda para ella, aún sin saber dónde está. Porque sé que está allí. Porque sé que es mía.

22/08/10
1:07


jueves, 19 de agosto de 2010

Memoria y punitivismo

En el contexto de la justicia transicional, Iván Orozco, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, plantea el paso de sociedades en las que se privilegiaba el olvido -Como la Atenas del 407 a.C.o la Europa de la Paz de Westfalia- a una conciencia en la que prima el deber de memoria y la necesidad de darle voz a las "víctimas de ayer". El profesor Orozco acude a dos alegorías para referirse a la dicotomía en el trato que se le ha dado a la memoria. De un lado "El Ángel de la Historia" se presenta como una figura que observa el pasado con mirada crítica, señalando con vehemencia el costo de los procesos civilizatorios: El imperio de una muerte multitudinaria, la marginación de las periferias, la pérdida de las esperanzas. Todos estos aspectos que se pueden hallar en el duro análisis de Bauman, según el cual el Holocausto es un producto de los procesos civilizatorios más que un error de la Modernidad, realizado con firme atención a los procedimientos industriales, a manos de la más estricta burocracia y fundado en el distanciamiento de los sujetos por las estructuras societales que permite la desactivación de la moral, creando un "otro" que es un obstáculo a superar. Por otra parte, "Funes el Memorioso" sirve para señalar que, así como existen usos legítimos de la memoria, hay otros que se presentan como abusos, como vicios. Dentro de ellos se señala que una memoria plena se encuentra privada de significados, al no seleccionar qué recordar y qué olvidar y, también, que un estricto apego a la memoria puede conducir al resurgimiento de conflictos del pasado, a modo de vendetta. Ejemplo de lo cual es, según Orozco, el conflicto suscitado a mediados de los 90s en la Ex Yugoslavia. Sin perjuicio de estas observaciones, se asevera que actualmente el paradigma del olvido ha sido desechado para dar paso al recuerdo, al vívido recuento de las víctimas y a la imposición de la memoria a los victimarios. Esta lógica se ha cristalizado en la conciencia internacional a tal punto que los ejercicios realizados por Tribunales Penales Internacionales ad hoc, desde el Tribunal Penal Militar Internacional de Nüremberg hasta el Tribunal Penal Internacional para Rwanda, son ejercicios edificantes de memoria.

Aunque es un tema en el que me gustaría ahondar más adelante, quiero dejar anotado -tal vez prediciendo el olvido que me impondría la cotidianidad- que semejante actitud ha llevado a que las garantías ofrecidas por el derecho penal liberal clásico, fundado en la legalidad del delito y de la pena, así como de la preexistencia de un juez imparcial e independiente, sean demolidas por la lógica de la retribución. En efecto, La Sala de Apelaciones del ICTY señaló en 1995 (Apelación de la bancada de la Defensa de Dusko Tadic) que la legalidad del tribunal -Inexistente al momento de comisión de las conductas juzgadas- se desprende de la posibilidad de aplicar medidas no coercitivas para restablecer la paz, concedidas al Consejo de Seguridad de la ONU por el Título VII de su Carta. Adicionalmente, se dice que este órgano judicial tiene competencia preferente sobre tribunales que se presentan como el juez natural de los delitos cometidos y que la aplicación del Jus in bello es pertinente en los conflictos armados sin carácter internacional, a partir de una supuesta conciencia de vinculatoriedad de las normas, trazada en la comunidad de los Estados. En últimas, podría decirse que el desmonte de las garantías básicas del derecho penal y procesal penal se debe a la necesidad de sancionar conductas que, por su gravedad, comportan un interés superior para toda la Humanidad. El individuo, entonces, pasa de ser un sujeto de garantías a convertirse en un objeto de ejemplarizante aplicación del derecho penal.Todo, en el contexto señalado, con el fin de dejar un token para la memoria internacional -Tal vez en procura de la garantía de no repetición-.

Por si esto fuera poco, en Arancibia Clavel, se le da el carácter de Crímen de Lesa Humanidad a la asociación para delinquir en la que incurrió un agente de la Dirección Nacional de Inteligencia chilena en el exterior durante los años de 1974 a 1978, argumentando que la calificación del acuerdo, la instigación o la participación a cualquier título en conductas previas a la comisión de delitos con tinte político y destinados a acabar con la oposición, como un atentado contra la Humanidad, se desprende de normas de Jus Cogens -principios reconocidos por la comunidad internacional como inderogables e inmodificables, salvo por una norma de igual jerarquía en sentido diverso- por cuyo origen ni siquiera se indaga con profundidad. Este argumento tiene el nocivo efecto de dar aplicación a la Convención sobre la Imprescriptibilidad de los Crímenes de Lesa Humanidad y Crímenes de Guerra -Lo que quiere decir, básicamente, que no hay un límite temporal a la persecución penal como obligación del Estado, sino que la conducta puede ser juzgada en cualquier momento desde su comisión- frente a un delito consagrado como común en la legislación penal argentina. Se trata, nuevamente, de un vicio de la memoria, de un deseo irrestricto de no olvidar, de sancionar a toda costa. Aquí, se reitera, las garantías básicas del procesado ceden ante el nefasto argumento del recuerdo.

 ¿Hasta dónde es legítimo hacer memoria y en qué punto es justo olvidar, teniendo en cuenta que no sólo las víctimas tienen derechos?

Un hombre en el parque

Aquella escena me atrajo particularmente. La media tarde traía consigo rumores de tormenta y, aunque el cielo azul comenzaba a teñirse de gris, la brisa aún acariciaba con tibieza el rostro del hombre al que detallaba meticulosamente. Se trataba de un anciano de piel ligeramente manchada por los años, cabello argentado y lánguida figura. Vestía un traje de paño azul marino, camisa blanca y corbata negra, al igual que sus lustrosos zapatos. Como se puede inferir de este breve recuento, no era una persona particularmente notable. Sin embargo, me doy la licencia de pensar que, aunque otras hubieran sido las circunstancias, si tal vez hubiera caminado a su lado en una calle concurrida o si lo hubiera visto comiendo solo en un restaurante, la impresión que me produjo habría sido la misma. En esta ocasión, el hombre se encontraba sentado en un pequeño parque infantil, moviendo su mandíbula como si masticara palabras que había guardado por años. Tenía la mirada cansada de un hombre que no tuvo la cobardía de renunciar a sus sueños, pero que no fue lo suficientemente valiente como para luchar por ellos. Se parecía un poco a mí. De hecho, yo quise verme reflejado en él. Por eso, concluí que esa tarde, finalmente, le iba a decir que la ha amado toda su vida.


19/08/2010
23:11

¿Y si te dijera que te amo?

“Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo”
Miguel Hernández

Supón, por un instante, que te digo que te amo. El mundo no se detiene. La lluvia no deja de caer. Sólo imagínate que todo terminó. Estás aliviada y yo, en cierto modo, agradezco el haber puesto fin a la opresión que colmaba mi alma. No necesito que digas nada, ya adivino los eufemismos que usarías para mantener una cordial distancia entre los dos. Olvídalos. Yo, consciente de mi dignidad y resguardándome exclusivamente en ella, procederé a desvanecerme. Al cruzarnos por la calle, mis ojos buscarán irregularidades en el suelo o en las paredes, pretenderán notar algo que nunca estuvo en el cielo o repasarán tu imagen por un instante, antes de anegarse en lágrimas secretas y perderse en la multitud. De estar solos no sé qué haría para evadirte, pero no dejaría de intentarlo. El teléfono, que probablemente no sonará por ti, tampoco sería descolgado para responder una hipotética y fantástica llamada tuya. Volveríamos a ser tan extraños como aquel día en que una cierta familiaridad pareció resquebrajar nuestras barreras por primera vez. ¿Lo recuerdas? Piensa ahora en esto: Te he dicho que te amo y nos hemos descubierto en medio de un silencio colmado del más inequívoco significado. El vacío. ¿Me culparías por decir que ya no quedan razones para esperarte? ¿Anhelarías mi presencia ávida de tu perfume, colmada de ganas de aferrarse a ti como Odiseo a su mástil? Fue tu canto el que me condenó a las profundidades. No me pidas que regrese. Ten siempre presente, sin embargo, que el vaso del que bebiste está puesto al revés entre los demás para recordarte. No olvides nunca que, aunque tu silueta no haya quedado dibujada en mis sábanas, tu cuerpo recogido estará a mi lado perennemente. Piensa en que habrá lugar para una toalla más en mi baño. Me despido de ti para siempre con un beso entregado al aire, con un abrazo que lo abarca todo, con el vuelo de un cisne y el tímido tañido de la campana de una bicicleta.

25/05/2010
0:29