Llega, sin embargo, un momento para repensarlo todo. Inevitablemente, se balancean los idealizados constructos del enamorado con las realidades. Al verlas de frente, sin la ansiedad que generaba su implacabilidad, todo parece ser distinto. Comienza a aparecer la fealdad como una sombra en tu rostro. La adolescencia de tu forma de vivir me repele. Ya no te extraño e incluso pienso que la distancia ha sido la mejor consejera en una batalla que no debía ser luchada pero que, por mi terquedad, se luchó sabiéndose perdida desde el primer instante. En ese instante estoy seguro de no amarte, sonrío, confiado en que las posibilidades que se abren son inconmensurables. Me tranquilizo.
Lo que olvido, ingenuamente, es que para que un corazón pueda latir se requiere completar el ciclo.
Diástole.
06/12/10
14:56
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