Sentado en la oscuridad de una medianoche ligeramente fría, recuerdo una historia que yacía perdida en los erráticos mares de la memoria. La recuerdo mía, sin tener la certeza de haberla vivido. Al comienzo es como ver una fotografía ajena. Luego, súbitamente, se revela una cercanía misteriosa. Leo algunas páginas escritas tiempo atrás, trato de volver a aquella noche, trato de reconstruir cada detalle. No es un ejercicio del todo fructífero. Hay apartes que sencillamente no volverán -y otros que han sido modificados, tal vez, intencionalmente-. Aún así, lo fundamental permanece. Así es como se desarrolla todo:
Un hombre, exaltado por un sueño magnífico y contrastado por una realidad completamente opuesta a lo que acaba de ver, se mueve nervioso en su cama. Yacen sobre él las cobijas desordenadas. Suda. Su corazón late con fiereza y, en el fondo, sabe que le ha sido revelada una promesa. Trata de asir cada imagen inconsciente apretando sus manos contra las cuencas. Lo que aún guardan sus pupilas completamente dilatas por la oscuridad es hermoso. Ve un lago azulado y cristalino, cuyas olas rompen contra muros de piedra. Observa los pasillos de un lugar en el que nunca ha estado. Paredes anaranjadas, pequeñas ventanas de madera entreabiertas y decoradas con flores exquisitas -Dado que el hombre no es un conocedor, es imposible señalar de qué clase de flores se trataba, sencillamente eran hermosas-. A través de estos angostos corredores, se decía, perseguía al amor de su vida. Era una hermosa mujer, tan borrosa en sus gestos y facciones, que tan sólo quedaba en la mente de este hombre su cabello rojo y abundante y sus ojos azules. Todo lo demás había desaparecido. Tal vez era la indeterminación de su persona lo que la hacía tan deseable. Su identidad escondida en una voluta de olvido lo intrigaba. Sabía que era para él, aunque no estaba muy claro de quién era. La esperó por años.
Hoy, viendo hacia atrás, acompañado únicamente por el reverberar de algunas canciones de amor, descubro en ese hombre una parte de mí que había borrado de un plumazo, dejando de lado las ilusiones, los sueños, que representaba. Llevado por el orgullo, por la desesperación, me olvidé de mí. Hoy puedo decir, confiadamente, que he reencontrado a aquél hombre que dejé a la mañana siguiente a este sueño, por creer que la mujer por la que aguardaba era producto de la ficción.
Y aunque, aún hoy, la sigo esperando, confieso que lo hago con un ánimo fortalecido, con una fe nueva, con un amor tan grande que me guarda para ella, aún sin saber dónde está. Porque sé que está allí. Porque sé que es mía.
22/08/10
1:07
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