lunes, 31 de diciembre de 2012

Esto no es un balance

Me parece que acudir a la excusa de diciembre para hacer balances de lo que pasó en el año es un recurso pueril y que las conclusiones que se sustentan en la definición de fronteras temporales tan arbitrarias como la terminación de un año para los eventos que interesan desconocen que en muchos de ellos el decurso de los meses no es relevante. Por eso esto no es un balance, sino una invitación. O dos, dirigidas a distintas clases de románticos.

Quiero hacerlas porque considero que el desgaste de nuestra “democracia” ha llegado a un nivel francamente intolerable. Si bien nuestras intuiciones acerca del elevado abstencionismo pueden ser correctas, a pesar de que en Colombia ha existido tradicionalmente cierta connivencia con fenómenos de corrupción del electorado y sin desconocer que no es nuevo que los representantes de la ciudadanía parecen estar más interesados en obtener beneficios a partir de sus cargos que en servir a un interés general –sea regional o nacional-, en los últimos años he visto cómo la institucionalidad ha ido cediendo ante la, digamos, inmoralidad. No me refiero, por supuesto, a un conjunto de valores definidos a partir de una creencia religiosa. Lo que ha sucedido, creo, es que los valores del Estado Social de Derecho en el que presuntamente vivimos son cada vez más ignorados por quienes deberían garantizar su respeto: los servidores públicos. En particular, los congresistas.

Estos señores no han tenido ningún inconveniente en aprobar reformas constitucionales como la autorización de la reelección presidencial inmediata –con el histórico cohecho de Yidis Medina, ese que cometió sin contraparte- o la fijación de competencias a favor de la justicia penal militar en casi todos los casos en los que un miembro en servicio activo de la fuerza pública atente contra la población que debería proteger. Tampoco le ha pesado al Congreso reelegir a un Procurador corrupto e intolerante, modificar su propio régimen legal para eliminar el conflicto de intereses en las votaciones de actos legislativos –fue la Corte Constitucional quien acabó con este adefesio recientemente-, reformar la administración de justicia en un intercambio de prebendas con varios magistrados o hundir el mismo acto legislativo en sesiones convocadas de manera irregular. ¿Qué hacer cuando quienes, en teoría, nos representan deciden todo a nuestras espaldas?

La primera invitación es al abstencionismo. A veces pienso que depositar un tarjetón en la urna no es sino una formalidad parecida a la imposición de un sello notarial en una copia que, por ese solo rito, se convierte en un documento auténtico. Dejar de votar en las elecciones de nuestros “representantes” significaría que no vamos a seguir legitimando su actuación, que nos cansamos de consentir sus atropellos y que denunciamos las fallas de un sistema en el que son sus intereses, no los nuestros, los que definen las políticas públicas que afectan a todos los asociados. De esta manera nos lavaríamos las manos, diríamos que lo que sucede en el Capitolio no es responsabilidad nuestra. Puede que lleguemos a ver a los “honorables” congresistas estableciendo posiciones vitalicias en el Salón Elíptico para seguir manteniendo el falso velo de legalidad con el que cubren sus tramposos actos pero, al menos, dejaríamos de ser sus cómplices. Es una invitación dirigida a los románticos decepcionados. A esos que se cansaron de creer en el cambio y prefieren soltar su extremo de la soga antes de caer en el barro.

La segunda es para los verdaderamente románticos, esos que creen que es posible coger una institución clásica como la democracia -que seguramente no entendemos correctamente- y hacerla funcionar. Esos que buscan la virtud en tiempos colmados de héroes y hazañas. Es, sin embargo, una idea sencilla. Hay que lograr que la gente en Colombia vote bien, que reconozca el poder que tiene su participación y que lo use de manera adecuada: Castigando a los servidores corruptos, ineficientes, intolerantes, lagartos, clientelistas, a esos que se sostienen por gracia de las lechonas que comparten en año nuevo y los bultos de cemento que nunca alcanzan para terminar las obras en los pueblos, pero que dan ellos. Dejando de votar por políticos vinculados con paramilitares, ex paramilitares, bandas criminales, narcotraficantes, monopolistas del chance, delincuentes. Premiando, en cambio, a los congresistas transparentes, rectos, comprometidos con las bases ideológicas de sus partidos –si es que queda uno que las tenga-, responsables ante su electorado. Esos que se preocupan por el control político, por las necesidades de la ciudadanía y por el uso del poder más que por el poder mismo.

Hay que votar con base en resultados –y no medirlos con indicadores tan desacertados como el número de proyectos de ley aprobados en una legislatura-, no a partir de promesas. Hay que abandonar el estupro electoral.

Esta última invitación es algo ingenua. Supone que la gente se interese por las elecciones, que conozca el desempeño de los candidatos y que, llegado el momento de elegir, deje a un lado sus intereses individuales a favor de lo que beneficiaría a toda la comunidad. Esto es muy difícil de conseguir en un país con tan altos niveles de inequidad y con tantas necesidades básicas insatisfechas. Sin embargo, y aquí está lo verdaderamente romántico, creo que votar así –dejando a un lado los techos de zinc que necesito con tanta urgencia y quitándole el voto al cacique- sería un actitud que terminaría beneficiando a quien la adopta en el largo plazo. ¿No será posible que la distribución sea más eficiente si el encargado de los recursos deja de emplearlos para seguir a flote y empieza a trabajar por atender nuestras necesidades con ellos?

Revocando al Congreso no vamos a lograr nada. Quienes debemos cambiar somos los electores.

31-12-12
15:29

martes, 18 de diciembre de 2012

Capitulación

Nunca me habían gustado los domingos. Eran días largos y silenciosos en los que se hacía muy fácil oír las preguntas que tenía en la cabeza. Eran, también, solitarios.

Comía cereal. El televisor estaba encendido pero yo apenas veía una sucesión de imágenes borrosas. Masticaba despacio y pasaba la lengua por mis labios cubiertos de pequeños granos de azúcar de vez en cuando. No sé en qué pensaba. Entonces algo llamó mi atención. La mujer de la pantalla decía que el viernes anterior se había aprobado por una cerrada votación esa polémica ley, tan discutida en el Congreso durante los últimos meses. Luego vinieron las reacciones de algunos parlamentarios. "El partido repudió siempre esta iniciativa por atentar contra el valor máximo de la sociedad. Nos oponemos firmemente y de la mano de Dios a tan repugnante texto, que solo gracias a la perversión actual de nuestro país puede llevar el nombre de ley de la República". Suspiré.

Al apagar el televisor todo quedó en silencio. No había vecinas corriendo entaconadas en los pisos superiores ni perros ladrando, no entraban por la ventana los timbres de las bicicletas o el murmullo de los vehículos acelerando al cambiar la luz a verde. Total quietud. Pasmosa calma. "¿y si lo hiciera?" me cuestioné.

Entré en mi habitación y me tiré en la cama destendida, esa que se había vuelto enorme hacía apenas unas semanas. Miré el techo con detenimiento, recorriendo el blanco llano como si se tratara de una obra de arte. "¿Qué pasaría si lo hiciera?".

La mañana del lunes pasó despacio. Caminé hasta la oficina en medio del frío y de la gente, pensando todavía en lo mismo. Al llegar, noté con algo de rabia que todos lo comentaban. "Pues esa es una decisión individual y hay que respetarla", decía Hernández en su desesperante tono ceremonial. Seguramente creía que iluminaba a un rebaño ignorante con sus palabras. Muy a mi pesar, la reacción que siguió a su comentario parecía confirmarlo. "Ay, mijo ustedes los jóvenes se lo toman todo muy a la ligera. Eso le corresponde es a Dios, no a uno", dijo María, una secretaria que solo iba al edificio a esperar la pensión jugando solitario en su computador. 

Dios. Me gustaba tanto como los domingos. 

"¿Arreglando el país?" Les pregunté en un tono lúgubre. 

"Pues, se hace lo que se puede mi chino" replicó Hernández.

Sonreí con desdén y caminé hasta mi escritorio. Ya me esperaba un tinto humeante. Probé el primer sorbo mientras encendía el computador. Junto a éste había una pila de derechos de petición por contestar, usando el mismo formato de siempre: "La ley dice que esta oficina no es competente, remítase a tal o cual entidad, presentó el escrito extemporáneamente, le falta un requisito, jódase". 

"Debería hacerlo. Después de todo, es legal".

A medio día salí a buscar un lugar para almorzar. Caminé un par de cuadras sin saber bien hacia dónde iba hasta que encontré a un vendedor ambulante. "Buenas", saludé mirando la vieja caja de madera llena de golosinas. "Buenas", respondió el anciano. Pedí un cigarrillo sin filtro y una caja de chicles. "Pero para poder hacerlo hace falta tiempo", reflexioné, "tienen que reglamentar la ley y no sé qué más vainas". 

Al llegar a un restaurante italiano que solía frecuentar recordé que un amigo en alguna ocasión se había burlado de verme fumando antes de almorzar. Tenía razón. Ni siquiera los chicles me quitaron el sabor a chicote de la boca y disfruté muy poco la porción de espagueti que me sirvieron. "Tengo que ir a preguntar qué habría que hacer. De pronto es menos complicado de lo que creo".

En la noche los periodistas seguían hablando del mismo tema. Mientras me quitaba la corbata oí a un entrevistado decir que el trámite se regulaba en la misma ley y que bastaba con ir a un centro de salud para conocer los requisitos. "Es un gran avance para la democracia. Ahora la gente tiene una opción que antes le prohibían con argumentos casi siempre religiosos".

"¿Y para qué darle esta posibilidad a la gente?", preguntó el periodista.

"Bueno, pues se trata sencillamente del desarrollo lógico del derecho a la vida digna. Cuando alguien considera que sus condiciones de existencia dejan de ser dignas, no se le puede imponer la obligación de estar vivo".

"¿A qué condiciones se refiere?".

"A la salud, la situación económica, la sensación de bienestar. Es algo muy complejo que cada individuo debe determinar de manera autónoma. El caso es que cuando se pierde el deseo de continuar vivo debe contarse con herramientas más humanas para llevar la propia existencia a su fin que saltar de un décimo piso o ahogarse con los gases de un carro".

"Son las declaraciones del presidente del Senado de la República...", fueron las últimas palabras que oí. Me acosté una vez la habitación quedó completamente oscura. Su olor permanecía allí, en mis sábanas, en mis almohadas, en los libros que me había regalado con dedicatorias bellísimas. Era un olor eterno.

"Lo voy a hacer".

La alarma sonó a las seis en punto del martes, desdibujando su sonrisa. Me senté al borde de la cama sintiendo el frío piso de madera en las plantas de los pies y bostecé. Luego de frotarme los ojos escogí un vestido, una camisa y una corbata, el cinturón y los zapatos. Me dí una larga ducha y me vestí con parsimonia. Mientras giraba el broche de una mancorna de plata pensaba cuál sería el hospital más cercano. Salí a la calle y al cabo de una media hora llegué a una sala de espera de paredes brillantes y desnudas. 

"Buenos días, señorita".

"Buen día, ¿en qué le puedo colaborar?".

"Quiero saber qué se necesita para lo de la nueva ley".

La joven recepcionista me miró con algo de asombro y pudor.

"Un momentico, por favor".

Se levantó de su escritorio y caminó hacia un hombre que vestía una bata blanca. Él se dio la vuelta, me miró y asintió en silencio.

"El doctor lo va a ver en el consultorio número uno", me dijo la muchacha del otro lado del cristal.

"Muchas gracias, hasta luego".

Caminé hacia la puerta que vigilaba un guardia vestio de azul y le expliqué que iba al consultorio uno. La abrió y se hicieron visibles varias camillas acomodadas al fondo del pasillo, separadas por cortinas plásticas. En ellas retozaban algunos ancianos respirando a través de tubos plásticos puestos en su nariz.  

"Siga por acá".

De una puerta a la derecha había salido el hombre de la bata blanca.

"Tome asiento", me dijo al entrar al consultorio.

"¿Edad?".

"Veintisiete años, doctor".

"¿Estado civil?".

"Soltero".

"¿Padece usted de alguna enfermedad?".

"No, doctor".

"¿Qué lo trae por acá, entonces?", preguntó el médico aparentando desconocer el motivo de mi visita.

"La nueva ley", dije.

"Usted entenderá que, como médico, yo he hecho un juramento y que ese juramento me impone la obligación de proponerle distintas opciones antes de que tome su decisión, ¿verdad?", preguntó el hombre mirándome fijamente por encima del marco de sus gafas en  un tono grave e impersonal.

"Sí, doctor. Pero la decisión está tomada", repliqué.

"Bueno, esta nueva ley le permite tener esa actitud pero... ".

"Doctor, con todo respeto, no hay pero que valga", lo corté.

"Ya veo", dijo entrelazando las manos frente a su boca. "En todo caso quisiera pedirle que me contestara una cosa".

"Dígame, doctor", contesté algo incómodo.

"¿Vio a la gente que estaba al fondo del pasillo?".

"Sí, sí, los ví".

"¿Y usted cree que está igual que ellos?".

"Pues, no, doctor. De pronto ellos están mejor que yo", dije con sorna.

El médico arqueó las cejas y movió la boca hacia un extremo de su cara, en un gesto de impotente desaprobación.

"Tome este formulario, llénelo y preséntelo en la recepción. Ahí le van a entregar un listado con los documentos que tiene que presentar y una factura para que vaya al banco. Cuando traiga los papeles le asignan un turno dentro de los ocho días hábiles siguientes y listo".

"Gracias, doctor, muy amable", dije. La cordialidad, pensaba, le haría recordar que estaba hablando con una persona en sus cabales.

No sabía si debía presentar el formulario antes de pagar o si era necesario entregar todos los documentos al mismo tiempo, por lo que me acerqué nuevamente a la ventanilla.

"Discúlpeme, una preguntica".

La muchacha hablaba por teléfono y me mostró la mano izquierda dandome a entender que debía esperar. Alcancé a notar una argolla de oro en su dedo anular. 

"Dime, ¿a dónde crees que vamos con esto?", preguntó Laura del otro lado de la mesa. El restaurante estaba tenuemente iluminado y las lámparas que colgaban del techo se reflejaban en sus ojos cafés.

"¿Por qué lo preguntas, mi sirena?".

"No te hagas el bobo, Daniel. Ya llevamos cinco años de novios, los dos estamos trabajando y pues, bueno, yo estaba esperando que...".

Laura tenía la facilidad de sacudirme con unas pocas palabras y en ocasiones su honestidad se me hacía tosca. Esa noche me sentí ofendido por la pregunta.

"¿Qué, Laura? Dime, ¿qué estabas esperando?".

"Pues, no sé, algo más".

Yo sabía perfectamente a qué se refería. Después de arrinconarme pasaba por desentendida. Tal vez lo hacía para evitarme la vergüenza de quedar como un idiota.

"Laura, tú sabes que te amo".

Inclinó la cabeza hacia atrás y comenzó a frotar su lengua contra su mejilla izquierda. Parecía que estuviera chupando una colombina de frustración.

"Linda, no sé qué quieres que diga", mentí después de unos instantes de silencio.

"¿Qué pasó con tu maestría?", preguntó. Parecía que estuviera averiguando por el estado de un enfermo de cáncer.

"Nada, no me han contestado".

"¿Cuándo te dicen?".

"Como en dos meses, ¿por?".

"Y si te aceptan, ¿qué?".

"Pues, no sé. También pedí apoyo financiero, tú sabes que esas universidades son carísimas. Si no me lo dan, no creo que pueda viajar".

"O sea que es una cuestión de plata. Si eso se arregla, te vas", concluyó.

"Sí".

Tomó su copa de martini y se la llevó a los labios mirando el mantel.

"Eres un egoísta", dijo finalmente.

"Oye, ¿qué te pasa?".

"Siempre vas primero tú: Tu trabajo, tu puta maestría. Te vale huevo lo que pase entre los dos. Yo te valgo huevo".

"Laura, cálmate. No es así".

"Lo hemos hablado mil veces. Tú sabes que yo quiero casarme contigo, así sea en una notaría".

Me quedé en silencio, mirándola fijamente.

"Tal vez lo mejor sea que nos demos un tiempo", comenté en voz baja.

La recepcionista colgó.

"Qué pena con usted, ¿qué me decía?"

"Señorita, quisiera saber si entrego el formulario que me dio el doctor para que usted me dé los demás papeles o si tengo que traer todo al mismo tiempo".

"No, señor, usted tiene que presentar los documentos completos en una carpeta marcada con su nombre y número de cédula". Mientras me enteraba de estos requisitos deslizaba por debajo del vidrio una factura y una hoja tamaño carta en la que se mencionaban los demás papeles que debía presentar.

"Traiga eso de lunes a viernes de siete de la mañana a tres y media de la tarde. Si su solicitud es aprobada lo están llamado a su casa para informarle qué día se va a realizar el procedimiento", repitió como una máquina contestadora. "¿Algo más?".

"No, señorita eso es todo. Gracias".

Me senté en la sala de espera y revisé el listado de documentos. 

"Qué cantidad de papeles. Hasta para esto joden".

Luego miré por encima el formulario. Tres páginas membretadas con el escudo del Ministerio de Salud. Todo me causaba un aburrimiento de muerte.

Salí del hospital. 

Camino al trabajo decidí entrar a un café al que iba con Laura, a escribir una carta. Algo sencillo, honesto y sin emocionalismo que le explicara mi decisión. Me senté en la mesa acostumbrada, junto a la ventana, y saqué la agenda que llevaba conmigo a todas partes. La hojeé viendo algunos dibujos que había hecho de Laura y sentí aún más firmeza en mi convicción. La presión en la mitad de mi pecho era ya insoportable.

Había escrito algunas líneas de razones que nadie, por mucho que quisiera, entendería, cuando noté una figura familiar por el rabillo de mi ojo derecho. Al girar la cabeza para confirmar lo que veía sentí un violento sobresalto. Ahí estaba Laura, con un café en la mano, mirando hacia la mesa en la que yo estaba sentado. La observé unos segundos y moví los dedos en un sutil saludo. Ella sonrió y caminó hacia mí.

Guardé la agenda en un bolsillo interior del saco y me levanté para saludarla. Tenía el pulso acelerado y no quería que ella lo notara, así que apenas acerqué mi cara a su mejilla para besarla suavemente. 

"Siéntate", le dije.

"Qué rico verte, ¿cómo has estado?", me preguntó.

"Bien, Laura. Todo en orden", dije. Podría parecer una mentira pero, en realidad, todo estaba en orden.

"Me alegra, ¿sigues en la misma oficina?", inquirió con ánimo de tener una conversación cordial pero distante.

"Sí, ahí sigo. No por mucho, espero".

"¿Y eso?".

"No, pues estoy buscando otras alternativas".

"Ah, veo. Qué bien, súper".

"Sí, ¿tú qué?".

"En las mismas. Ya acabé la especialización y ahora quiero irme de viaje".

"Te felicito. A veces viene bien alejarse".

"Sí, sí...", dijo con ojos nostálgicos y se quedó pensando un momento. "Aprendí eso de ti", concluyó. Intentó una sonrisa.

"Bueno, te dejo", comenté restándole importancia a su comentario. Ella, sin decir una palabra, me dio a entender que no quería que me fuera.

"Si quieres vamos a comer en estos  días", le dije sabiendo que no se negaría. "Podemos ir al restaurante mexicano, ¿te acuerdas?".

Ella sonrió. Aceptó complacida y antes de despedirse me dijo: "¿viste el alborto que se armó con la nueva ley? A mí me parece que es una bobada. La gente hace eso a cada rato sin necesidad de que el Estado se meta. Los más cobardes, por lo menos". 

Tenía los ojos llenos de lágrimas. No podía ir a trabajar así, por lo que decidí irme al apartamento a llenar el formulario. 

"27 años, masculino, soltero, sin hijos". Luego marqué con una equis el no en varias casillas. No tenía cáncer, sida o problemas psiquiátricos. Fumaba ocasionalmente y bebía entre una y dos veces al mes. Vivía solo, no respondía económicamente por nadie,  no era dueño de bienes raíces ni tenía obligaciones bancarias. Era una persona perfectamente normal, joven, con un cargo decente en una entidad reconocida, con una buena perspectiva profesional y una vida social relativamente activa. Todo iba bien conmigo, diría quien leyera el formulario. Tal vez demasiado bien como para estarlo llenando. Quise mentir pero temí condenar mi plan al fracaso con eso.

Al terminar estaba agotado. Decidí salir a caminar por el barrio. Era una costumbre que había adquirido algún tiempo antes de estar con Laura, cuando pasaba días enteros pensando en ella y solo podía tranquilizarme fumando y recorriendo las mismas calles una y otra vez. 

"Eres un hijueputa", me dijo sentada en el asiento del pasajero, "¿cómo me hiciste esto?".

No podía creer que se hubiera enterado.

"No sé de qué..."

Un golpe seco de su mano cortó la frase.

"¿Cuántas veces estuvieron juntos?"

Guardé silencio.

"¿Cuántas veces estuvieron juntos, Daniel?".

"Llevamos saliendo un par de meses".

Un chillido salió de su boca. Se agachó y detuvo el recorrido de una gota por su cara con el revés de la mano.

"Nunca más la vuelvas a ver. No volvemos a hablar del tema y listo, ¿okay?".

Sonrió, vencida. Se acercó a mi y me besó.

"Te amo".

La puerta se cerró detrás de ella y la vi caminar hasta la portería de su edificio. Desapareció detrás de los vidrios negros.
El miércoles en la mañana realicé los trámites que debían correr por mi cuenta. Contraté un transporte que me recogiera y que me llevara al inmueble en el que iba a permanecer luego del tratamiento. 

Almorcé solo, como siempre. 

En la tarde llevé los documentos al hospital y salí cuando oscurecía, habiendo recibido la aprobación del médico y los directivos del centro de salud. 

Caminé hasta su puerta. 

Luego de golpear la madera con mis nudillos oí pasos del otro lado.

"¿Quién es?".

"Abre, loca".

Dos ojos verdes se iluminaron del otro lado del umbral.

"Eres un descarado", me dijo sonriendo.

"Incorregible", continué. "Ya sabes lo que dicen de los introvertidos".

"No, no sé, ¿qué dicen?".

Entré y caminé hacia la sala sin contestar su pregunta.

"Cambiaste el sofá".

"Nuestro sofá", dijo mordiéndose el dedo gordo.

"Sí".

Se acercó a mí lentamente, me besó en el cuello y me sentó en la nueva silla, reposando suavemente sobre mis hombros.

"¿Cómo está Laura?". Dio unos pasos hacia atrás y me miró fijamente. Sus ojos se llenaron de frialdad.

"No sé, hace rato no hablo con ella", mentí.

"¿Como la última vez?".

"Tú sabías en qué te metías...".

"¿Y ella?, ¿también sabía?".

"No".

"¿A qué viniste?".

"A despedirme".

"No te veía hace siglos, ¿cómo así que vienes a despedirte?".

"Pues sí, me voy".

"Estás más raro que de costumbre. Uno no se despide de los amantes, ellos salen de la casa un día y se pierden al final de la calle para siempre".

"Pero, éramos más que amantes, ¿no?".

"No, Daniel. Tú venías, me follabas y te ibas a decirle a Laura que la amabas".

" Y la amo. Nunca voy a dejar de hacerlo. Por eso me tengo que ir".

"No te entiendo".

"Ella no es para mí. Yo lo presentía hacía mucho tiempo pero la última vez que terminamos me quedó clarísimo. Peleamos todo el tiempo, la hago infeliz, ella me necesita demasiado".

"¿Ella te necesita demasiado?, ¿qué tiene eso de malo?".

"Que me asfixia, me desespera. Cuando estoy con ella quisiera quitármela de encima. Pero cuando se va, jueputa, me enloquece no tenerla, no saber que es mía".

"Como si fuera una cosa...".

"Tal vez".

"A ella siempre le gustó eso. Sentirse menos que tú, depender de ti. Por eso terminaron y volvieron como mil veces. Por eso te perdonó que me lo metieras".

"Y eso me enloquece. No la quiero cerca pero, la amo. No me queda sino irme, ¿ves?".

"Pues que tengas un lindo viaje. Igual deberías estar despidiéndote de ella, no de mí".

El jueves finalmente recibí una llamada de mi desesperado jefe informándome que, si no me presentaba en su oficina a las dos de la tarde, tendría que volver a mi escritorio con una caja de cartón para recoger mis cosas. No cumplí la cita ni busqué la caja. 

En cambio, me quedé tirado en un parque leyendo un cuento en el que un catedrático de Inglés indicaba el nombre de una ciudad alemana que debía ser bombardeada por los británicos asesinando a un viejo sinólogo. "Soy un error, un fantasma", me dije. Los juegos infantiles, bañados en ocre, permanecían inmutables. Un columpio balanceado por el viento rechinaba y la ciudad se oía lejana, como perteneciente a un sueño. 

Tal vez lo era. Uno de muchos sueños posibles. El mejor de ellos, o el peor.

Al regresar al apartamento llamé a Laura. Acordamos vernos en el restaurante mexicano a las ocho en punto del viernes. Tal vez en esa ocasión no nos darían mesas distintas y ninguno de los dos pensaría que el otro lo dejó plantado, me dijo antes de colgar.

Unos instantes después sonó el teléfono. Al contestarlo recibí un mensaje automático. Me informaba que el procedimiento se llevaría a cabo el sábado a las diez de la mañana. Me recomendaba presentarme en ayunas y me decía que el hospital proporcionaría exclusivamente los medios para llevarlo a cabo exitosamente.

Esa noche solo pude dormir un par de horas, inquieto por lo que sucedería. Soñé, o recordé, la verdad no sé, a Laura. Una y otra vez la veía sentada vestida de púrpura, con los labios muy rojos y el pelo muy negro. Me miraba con desconcierto.

"¿Qué?".

"Sí, Laura. Yo quiero seguir estudiando, me quiero ir del país. Me gustaría incluso hacer un doctorado".

"Pero, ¿y yo?".

"No sé, tú decides. Mañana me voy de viaje. Hablemos cuando regrese". 

Fue lo último que nos dijimos.

"Hace mucho no venía a este restaurante". Estaba emocionada, como si fuera nuestra primera cita. Sostenía la carta abierta frente a ella ocultando su cara hasta la nariz pero yo sabía que sonreía.

"¿Te tomas algo?".

"Un martini".

"Como siempre".

Después de unas horas y algunos tragos encima estábamos de vuelta en mi cuarto. 

Todo estaba oscuro. Me orientaba únicamente con las yemas de los dedos. La repasaba lentamente, mientras su respiración se hacía más impaciente, convirtiéndose en un trémulo suspiro. Su lengua jugueteaba con la mía. 

"Te extrañé", dijo desabotonando mi camisa. Yo la desnudé con cautela, como si estuviera envuelta en papel regalo. La acosté en mi cama y besé su cuello, sus tetas y su abdomen. La familiaridad de su sexo me desesperaba pero no podía soltarla. Estaba hastiado de su cuerpo pero lo hería con fruición.

El sábado desperté junto a Laura. Dormía en el lugar de siempre, en la misma posición y con la misma sonrisa en sus labios. La besé en la mejilla y dejé un sobre blanco encima de las cobijas.

"El futuro está abierto", decía.

La mañana olía a asfalto mojado y el cielo parecía hecho de plomo. Caminé hasta el hospital, donde fui recibido por una enfermera de rostro amable.

Solo había estado en el quirófano una vez antes de ésta. Todo estaba iluminado y blanco. Los médicos entraban y salían disponiendo los equipos necesarios para el procedimiento, discutiendo acerca de lo que iban a hacer. 

"Usted es el primero, ¿sabía?", me dijo el anestesiólogo minutos antes de ponerme una máscara para respirar.

La verdad no lo sabía. Cuando sentí la delgada y fría punción de la aguja en mi antebrazo solo pensaba en que no iba a tener que soportar otro domingo. 

18-12-2012
15:52

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Servicio Ejecutivo

La mañana estaba fría, había mucho tráfico y yo estaba trasnochado y con hambre. Me desperté a las cuatro de la mañana, me enjuagué la cara en el lavadero y me puse el uniforme de la empresa sin ganas. Estaba mamado de los años que se notaban en el cuello y en los puños de la camisa blanca a rayas verdes, de la desteñida corbata roja, de mi quijada que parecía papel de lija. Cuando era chiquito soñaba con ser futbolista, jugaba con mis amigos en la cancha de arena que había en el barrio, llegaba sudoroso y contento a mi casa. Mi mamá veía mi cara tras las pequeñas costras de tierra y me sonreía antes de decirme que fuera a bañarme porque olía como un bulto de cebollas. Esos proyectos infantiles quedaron atrás cuando tuve mi primer chino a los dieciséis años. Ahí tocó empezar a buscar plata. La compañía de transportes fue la única que me dio camello. Comencé recibiendo las monedas de un pasaje de quinientos pesos y terminé siendo el conductor de una ruta de mil cuatrocientos cincuenta. Nunca compré un par de guayos. Ahora tenía puestos unos zapatos viejos y sin embolar de cuero negro. Uno estaba apoyado en el freno, el otro estaba cerca al clutch esperando a que se pusiera en verde. Mientras el bus estaba quieto frente al semáforo miré el espejo y noté que alguien se estaba montando por la puerta de atrás. Intenté cerrarla pero ya era tarde. “Qué mamera estos malparidos desechables”, me dije.

“Muchas gracias señor conductor” fue lo único que me salió de la boca cuando noté que había querido cerrarme la puerta en la cara. Luego de eso caminé hacia el vidrio que separaba la cabina del resto del bus, me volteé y noté que nadie me miraba. “Ignorado como siempre”, pensé. Igual tenía que hablarle a ese montón de extraños que estaban más interesados en el reflejo de sus narices en el cristal que en mi angustia. “Buenos días, damas y caballeros…” Hice una pausa esperando que me contestaran. Solo se oyeron cuchicheos entre los pasajeros. Luego les conté mi historia a punto de ponerme a berriar: Un viejo que había perdido su trabajo por un accidente, desesperado y con una hija a punto de morirse hacía una semana en un hospital que se negaba a atenderla si yo no le daba plata. Lo de siempre, pensarían algunos. Una estafa. De nada servían las fotocopias que le había sacado a la historia clínica, la receta del doctor y la tarjeta de identidad de mi chinita. “Si quieren confirmen, acá traigo los papeles. Mi niña está en la cama cuatrocientos doce del hospital de Meissen”, supliqué.

“Dios bendiga a la persona de buen corazón que me quiera colaborar. Vea, ustedes no saben lo que es tener a un hijo muriéndose”, dijo el señor que estaba parado en el pasillo del bus. Yo me había quitado los audífonos cuando se subió para que no sintiera que lo estaba ignorando. Igual no le puse mucho cuidado a lo que dijo. El viejo estaba triste pero nadie le dio una sola moneda mientras caminaba hacia mi puesto. Revisé rápidamente mi bolsillo y encontré un billete arrugado de mil pesos. Se lo di. “Gracias, mi Dios me lo bendiga, joven”, me miró un rato con una mueca triste en la cara. Qué foco ese man ahí viéndome, yo solo le di la plata para que no se bajara sin un peso. Da embarrada ver a tanta gente jodida en este país sin que alguien haga algo por ellos. El anciano se bajó del bus apenas pudo y yo volví a ponerme los audífonos. “Ufff, está canción es buenísima”, la devolví para escucharla completa y me puse a imitar los gestos de un baterista. Entonces sentí que alguien se había sentado a mi lado. Miré hacia la derecha. “Wow, qué mamacita”. Fijo me puse rojísimo cuando la vi porque sentí que las mejillas se me pusieron calientes. Pero es que estaba muy buena: Monita, de ojos azules, flaquita, con buenas tetas, como me gustan. Como que la vieja se dio cuenta de que la estaba mirando y entonces decidí voltearme hacia la ventana. Me quedé embobado viendo los carros que iban por la Séptima.

“Es lindo”, reflexioné cuando me miró. Me causó gracia que estuviera moviendo los brazos como un loco y creo que le dio pena notar que me di cuenta de ese gesto infantil porque apoyó inmediatamente su cabeza en la ventana. Miré mi reloj y me angustié porque iba veinte minutos tarde a la universidad y tenía un final. Saqué un cuaderno y me puse a revisar apuntes para quitarme los nervios, “Hay tres categorías de derechos: los políticos, los sociales y culturales y los colectivos, todos los colombianos somos libres e iguales ante la ley y tenemos los mismos derechos”. Iba leyendo y pensaba en que, jueputa, qué mentira tan grande. “Permiso”, me dijo el tipo que estaba sentado a mi lado. Giré las piernas hacia el pasillo y él pasó. Me miró las tetas y caminó hasta el timbre. “Imbécil”, murmuré. Cuando se bajó oí pasos acelerados por las escaleras del bus. “Otro vendedor de dulces, qué pereza”.

Vi que no venía gente parada en el bus y le chiflé al socio para que lo parara. Aproveché que había un pelado bajándose y me metí por la puerta de atrás mientras mi amigo subió y pagó el pasaje, haciéndose el güevón. Un trabajito fácil. “Bueno, no se me mareen. Nos pasan los celulares, los relojes y todos tan contentos”, dije mostrándoles un revólver a los pasajeros. Qué iban a saber esos maricas que no tenía ni una bala. “Usted también, monita” le dije a una hembrita como linda que tenía un cuaderno sobre las piernas. “No me llore, que se ve feíta, colabórenos y ya”, le dije encañonándola. Cuando la gente metió las cositas en una bolsa negra mi socio y yo salimos corriendo del bus, nos atravesamos unas calles a toda loca y nos escondimos detrás de una caneca de las grandes de metal. Con lo que nos dieron nos alcanzaba para comer varios días. De pronto hasta para ir a donde las putas.

El bus siguió su camino, llenándose y vaciándose de toda clase de gente. El sol se hizo más rojo sobre sus latas oxidadas y retorcidas, pronto las luces de otros vehículos lo alumbraron mientras recogía sus pasos hasta volver al paradero. El chofer se bajó agotado y de mal genio, caminó hasta su casa y apenas esbozó una sutil sonrisa al ver a su compañera de toda la vida. Luego se fue a la cama, impasible. Esa misma noche dos ladrones fueron capturados por la policía mientras zigzagueaban borrachos por una calle, un joven llegó a escribir un cuento que nadie leería, una muchacha lloró un examen perdido por los nervios y la niña de la cama cuatrocientos doce murió en los brazos de un señor desesperado que apretaba con impotencia un billete de mil pesos. 

05-12-12
12:00