lunes, 21 de enero de 2013

La Pollera Colorá

"Patria es la selección nacional de fútbol"
Albert Camus

No sé mucho de fútbol y no voy a posar de erudito. Eso sería olvidar que fui, de manera consecutiva, “hincha” de Nacional y del Once Caldas, dependiendo de cuál hubiera ganado un título más recientemente. Mientras mis amigos hablaban de Beckham y Bergkamp (bien tarde descubrí que eran dos personas distintas), de las fintas de Ronaldinho o de los cortes de Maldini, yo me metía en problemas por no saber qué carajos era lo que decía la camiseta de Boca (¿Quinles?). Yo no sufrí de la fiebre por los álbumes de Panini ni estuve pendiente de las transmisiones de la Premier League por Fox Sports. En la cancha, la historia no era muy distinta. Los defensas nunca eran los jugadores más populares y los malos, esos que se enredaban al gambetear y le regalaban el balón al goleador del otro equipo, estábamos muy cerca de ser odiados.

Sin embargo, cuando jugaba la Selección (para mí siempre llevará mayúscula) algo cambiaba. Podía no saber muy bien quiénes eran los once vestidos de amarillo pero le frotaba la barriga a Max Caimán esperando que hicieran gol y sufría cuando éramos “nosotros” quienes lo recibíamos. Hoy la sensación es la misma. Cada vez que James Rodríguez se inventa un pase genial, que David Ospina se estrella contra el palo para evitar un gol o que Falcao García hace una volea en el área rival me emociono como un niño chiquito. Podrían ser otros, podría no saberme sus nombres, eso no cambiaría nada. Seguiría viendo jugar a Colombia.

Sin duda no soy la única persona que experimenta la ansiedad que genera un partido de fútbol internacional (una guerra en sus propios términos, según Andrés Dávila Ladrón de Guevara) y hasta los más escépticos de mis amigos se alegran con un triunfo patrio. Esto es lo más grande del juego: Su sentido ritual. Once individuos, que en las voces de los narradores pasan a ser protagonistas de una epopeya, son una ocasión maravillosa para recordarnos la existencia de una comunidad de la que hacemos parte. Cuando un disparo colombiano descansa en las redes, esa enorme mancha amarilla que ocupa las tribunas e incontables personas que siguen la transmisión del partido se sienten, por un cortísimo instante, iguales.

No es extraño que un deporte sirva al propósito de definir la identidad de un pueblo. En 1991, una patada que Boban dirigió a un policía que atacaba a un hincha croata en el partido que se jugaba entre el Estrella Roja de Belgrado y el Dinamo Zagreb fue una expresión histriónica de la creciente tensión étnica al interior de la ex Yugoslavia. Nelson Mandela empleó el mundial de rugby de 1995 para conformar un equipo nacional "mixto" y la victoria sudafricana frente a Nueva Zelanda incidió en la superación del Apartheid. Personajes como Maradona, Pelé o el Pibe Valderrama son héroes nacionales, casi mitos fundacionales de sus patrias. De la actitud colombiana hacia el fútbol podrían desprenderse interesantes reflexiones acerca de la forma en la que asumimos nuestra realidad: Pequeños brotes de triunfalismo en medio del mar de inconformidad que genera una Selección poco rendidora.

“Goooooooooooooooooooooooooooooooooooooool de Colombiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”, seguido de una cumbia. A continuación, un abrazo honesto, infantil. Una brevísima reafirmación de algo que no se ve con buenos ojos: Nuestra identidad nacional. Esto es algo que he observado incluso en el absurdo escenario de una sala de audiencias. Víctima, fiscal, imputado y guardias del INPEC saltaron a abrazarse cuando Teófilo Gutiérrez le marcó un tercer gol a Chile.

Me gusta el ánimo que ha generado la Selección actual. He oído a muchas personas decir que vamos a clasificar al mundial. Esa actitud frente al equipo de fútbol debería extrapolarse a otros aspectos de nuestra cotidianidad.

Si le estoy empezando a sonar a libreto de Dago García es porque considero que la vinculación nacional es un asunto primordialmente emocional y dramáticamente escaso en Colombia. A algunos académicos parece sonarles ofensiva cualquier mención del sentimiento nacional, al que califican de provinciano, por oposición al cosmopolitanismo que exudan. Dicen que amar un pedazo de tierra en el que se nació por obra del azar es estúpido y recuerdan (con razón, hasta cierto punto) la larga lista de crímenes que se le pueden atribuir a esta identificación: Desde el desdén hacia los extranjeros hasta el manoseado Holocausto. Yo, por el contrario, considero que nos hace falta reafirmar el sentido de la comunidad colombiana. Ojo, no hablo de refundar la patria á la Ralito. Lo que creo, perdóneme la cursilería, es que si se lograra mantener la sensación que ocasiona un gol de la Selección en el desarrollo de nuestras actividades diarias, la cosa cambiaría. No se trata de sentirnos “mejores” que los venezolanos o los bolivianos, ni de pasarle una aplanadora tricolor por encima al individuo. Es apenas el deseo de ver a una comunidad interdependiente que trabaja por el bien común, reconociéndose en la diferencia que la caracteriza, respetándola y promoviéndola.

Leyendo un texto sobre el nacionalismo catalán, representado en el FC Barcelona, encontré unas lúcidas líneas que señalan que los seres humanos tenemos la necesidad de identificarnos con un grupo y que, dado el ocaso de la identidad familiar y tribal causado por la modernidad, la nación se convierte en el único continente posible de este impuslo. Franklin Foer, el autor del texto, también señala que el patriotismo y el cosmopolitanismo son, al menos en teoría, enteramente compatibles. Se puede amar a la nación sin desear el sometimiento de los demás países y sin caer en la xenofobia.


Siendo esto así, no veo por qué ahondar en esfuerzos por atacar la necesidad de una identificación nacional. De hecho considero que el establecimiento de una sana vinculación con la propia patria puede convertirse en el principio ordenador de un sistema de valores moderno que sirva a cada individuo al momento de tomar una decisión en procura del interés general: Reconociéndonos como parte de la comunidad imaginada que es nuestra propia nación, sabiéndonos componentes de un todo que nos sobrepasa y que es integrado por iguales a nosotros, podríamos abandonar las apetencias egoístas como principal motivación para nuestras acciones.

21-01-13
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