No quisiera caer en un falso esencialismo en esta entrada -Posiblemente motivado por un sentimiento de desarraigo y tristeza que se apodera de mí-. Habiendo dicho esto, empero, creo que no hay algo más propio de la vida que su paradójico carácter. La fe surge de la desesperanza de la misma manera que los más desgarradoramente hermosos versos de amor se componen en la certeza de una despedida, en el quebranto del adiós.
Afirmaría que éste es un escrito frío y concienzudo pero me estaría mintiendo. La verdad es que lo escribo con la pasión encendida de un dolor secreto. Con la certeza de una esperanza rota, de un sueño que se evaporó con la misma violencia con la que surgió. En parte me culpo. Dar rienda suelta a las elucubraciones del corazón es una autopuesta en peligro. De eso no cabe la menor duda. Son muchos los escenarios posibles como para pretender que se va a alcanzar el tan deseado amor que, tristemente, puede ser una expresión de vacíos antes que un anhelo por compartir plenitudes. Por eso, tampoco parece lógico llenarse de resentimiento al no ocurrir lo que se quería que sucediera. En últimas, imponer un sentimiento es tarea ruin, tanto como abandonarlo es difícil lid.
Hay momentos en los que finalmente se revela el norte y se descubre, en el pequeño luto que su reconocimiento produce, que estábamos caminando en la dirección opuesta. ¿Qué hacer? Seguramente la recalcitrancia no será recompensada y, en nuestras fuerzas, lo único que lograremos será ahondar en un vacío insondable al mentirnos diciendo que, por luchar, necesariamente venceremos. Hay que morir a un deseo para poder mantener una esperanza.
Lo que se debe hacer, creo, es luchar contra nosotros mismos. Porque no hay nada más difícil que dejar ir.
26/08/10
22:42
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