Aquella escena me atrajo particularmente. La media tarde traía consigo rumores de tormenta y, aunque el cielo azul comenzaba a teñirse de gris, la brisa aún acariciaba con tibieza el rostro del hombre al que detallaba meticulosamente. Se trataba de un anciano de piel ligeramente manchada por los años, cabello argentado y lánguida figura. Vestía un traje de paño azul marino, camisa blanca y corbata negra, al igual que sus lustrosos zapatos. Como se puede inferir de este breve recuento, no era una persona particularmente notable. Sin embargo, me doy la licencia de pensar que, aunque otras hubieran sido las circunstancias, si tal vez hubiera caminado a su lado en una calle concurrida o si lo hubiera visto comiendo solo en un restaurante, la impresión que me produjo habría sido la misma. En esta ocasión, el hombre se encontraba sentado en un pequeño parque infantil, moviendo su mandíbula como si masticara palabras que había guardado por años. Tenía la mirada cansada de un hombre que no tuvo la cobardía de renunciar a sus sueños, pero que no fue lo suficientemente valiente como para luchar por ellos. Se parecía un poco a mí. De hecho, yo quise verme reflejado en él. Por eso, concluí que esa tarde, finalmente, le iba a decir que la ha amado toda su vida.
19/08/2010
23:11
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