viernes, 24 de agosto de 2012

Sin ánimo de ofender


        “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”
-Voltaire

Para ser privado de la libertad, un ciudadano no tiene que ser condenado a prisión. Para perder la libertad basta con vivir temiéndole a las propias palabras porque podrían conducir a ser hallado responsable de un delito.

Recientemente la Corte Suprema de Justicia emitió un comunicado en el que informa a la opinión pública acerca de su determinación de presentar una denuncia penal contra la periodista Cecilia Orozco Tascón por una columna en la que cuestionaba una decisión administrativa de la Corte frente a uno de sus funcionarios. Tal vez se trate de la más paradójica carta de la historia: Les informamos que si opinan algo que no nos guste, los denunciaremos penalmente. El leguleyo que llevo dentro con tanto cariño se regodea señalando el despropósito de denunciar a alguien que realizó afirmaciones sin el ánimo de ofender al sujeto de sus frases, así al último le ardan de ira las entrañas. ¡Brutos! –No, no los magistrados que “sabiamente” decidieron denunciar penalmente a una periodista por escribir en su columna de opinión. Es que no puedo contener la sorpresa-.

Un poco antes, Ilva Myriam Hoyos –Procuradora Delegada para la Familia- denunció a Mónica Roa por interponer una tutela en la que señalaba que la entidad a cuyo nombre obra la ex candidata a la Corte Constitucional estaba incumpliendo un fallo de ese tribunal y mintiéndole a las mujeres acerca de las cualidades “abortivas” de un preservativo –“Momento, ¿eso no se llama fraude a resolución judicial?”, señala mi abogadito interno con sagacidad-. A  los padres de Luis Andrés Colmenares también les iniciaron un proceso por calumnia al cuestionar una decisión judicial. 

Si estas actitudes se consolidan, derechos como la libertad de expresión e información y el acceso a la administración de justicia se harán nugatorios con la excusa de proteger la “integridad moral” de los ofendidos. Claro, como en Colombia el derecho también es una herramienta empleada para vengarse de los contradictores, la moralidad de los denunciantes queda harto en entredicho, pero la tienen. Ese es el problema de mantener tipificadas algunas conductas que pertenecen al más antiguo derecho penal y que no atienden a las realidades actuales o, por lo menos, de aplicarlas mal: Caprichosamente y sin detenerse a indagar por la utilidad que tendría la sanción penal para el caso concreto. Que una conducta esté consagrada en el Código Penal no la hace aplicable inmediatamente, no es que como ya está escrito el tipo puedo acudir a la ultima ratio del derecho sancionador cuando a mí se me de la gana, cuando quiero hacer pataleta porque no me gustó lo que dijeron de mí.

El riesgo planteado es enorme: Cualquier ciudadano podría enfrentar un proceso penal por expresarse libre y democráticamente. Si un día a Álvaro Uribe le da por revisar mi timeline en tuiter voy a tener serios problemas, por ejemplo. Al igual que cualquier otro hijo de vecino que se haya quejado de Petro, del Procurador Marianito, de Daniel Samper, de Vladdo, del policía, del bombero, del tendero, del taxista, del portero…

Lo que quiero resaltar es que, mientras el artículo 20 de la Constitución Política de Colombia garantiza la libertad de los colombianos para expresar libremente sus pensamientos, opiniones e ideas y afirma categóricamente que no habrá censura, la indebida utilización de derecho penal conduce justamente a ella. Y ese silencio impuesto es el salto que daría el sismógrafo de Roxin: Algo está mal en una democracia cuando se calla a los críticos con denuncias penales. Si se lleva a los tribunales a quien no comparte el discurso de la oficialidad –sea el que sea-, difícilmente puede señalarse que se vive en un Estado Social de Derecho.

Reconozco que la jurisprudencia ha decantado reglas claras según las cuales hay límites a la libertad de expresión, representados por el derecho a la honra y el buen nombre, la función social del periodista y la responsabilidad con la que debe asumir sus relatos, acudiendo a varias fuentes creíbles, ponderando sus historias y demás. No digo que debamos ser enteramente tolerantes con los discursos, pues muchos de éstos se encuentran motivados por el odio. Lo que sí afirmo con todas las letras Y EN MAYÚSCULA –que es como gritar pero con las yemas- es que a veces el discurso de odio se construye poniéndole el dedo en la boca a quien dice lo contrario a lo que yo quiero oír. Es que acudiendo taimadamente a la protección de mis derechos no puedo pretender que se impida el ejercicio legítimo de los de otros. Mucho menos si “administro justicia en el nombre del pueblo y por autoridad de la ley”.

PS: Antes de denunciarme, investigue sobre el animus jocandi.

08/20/2012
11:25

viernes, 17 de agosto de 2012

En el nombre del Estado

La condena a dos años de prisión impuesta a las integrantes de Pussy Riot por una corte rusa, luego de que la banda elevara una "oración punk" en contra de Putin, me sirve de excusa para presentar una idea que me ha causado inquietud desde hace algún tiempo: El Estado -con mayúscula- y Dios son la misma vaina. Al menos en lo que se refiere a esa intuición metafísica que se tiene respecto de ambos, al simbolismo y al ritual que los rodean.

No es necesario aquí pensar en los orígenes del Estado o de la religión, en cómo los príncipes fueron buscando igualdad soberana, en cómo la guerra fue creando estructuras burocráticas que recogieran impuestos o en cómo Mahoma fue de Medina a la Meca -aunque él también creó una entidad política a partir de la expansión a espada-. Bernard Lewis presentó varias conferencias explicando por qué en el Medio Oriente el Estado y la religión nunca se escindieron y señaló esa como una característica que diferencia a los regímenes de esa convulsionada región de aquellos que han imperado en Occidente. Sin embargo, hoy me pregunto qué tan cierto es que en "la cristiandad" la burocracia sea algo distinto a una enorme iglesia autopoyética que le rinde culto al Estado, no como institución sino como entelequia.

La pregunta que me planteo no es tanto si Estado e Iglesia deben ser instituciones independientes, particularmente para garantizar la existencia de varios cultos al interior de una misma entidad territorial y para asegurar que no será la moral propia de una de ellas la que se imponga a todos los ciudadanos, sino qué tanto se diferencian la una de la otra, ¿y si el Estado no es algo distinto a otra fe?, ¿no será que por ciudadanos nos referimos sencillamente a los feligreses de una creencia particular?, ¿podría pensarse que el Establishment Clause es solo una forma distinta de proteger a la "umma" estatal y de librar el yihad?

Varias razones me llevan a formular este interrogante: En primer lugar, Dios y el Estado son invisibles. Aunque pareciera suficiente ir a una notaría para encontrarse de frente con el Estado, ese feo troll de papel que nos hace imposible la existencia a fuerza de sellos, filas, requisitos y formalidades, lo cierto es que nadie podría levantar su índice y decirnos: "Miren, ahí está el Estado". Con Dios pasa algo parecido, el creyente lo ve en todas partes pero no se lo puede señalar a su vecino agnóstico. Los dos son, fundamentalmente, ideas. Claro, Dios también tiene sus notarios. 

Ese es otro punto de convergencia: El Estado y Dios se comunican con nosotros a través de instituciones juiciosamente pensadas para regular la vida en sociedad y, en últimas, a cada individuo de forma directa e íntima. Jueces, sacerdotes, pastores. ¿Qué tienen todos ellos en común? Bueno, podría comenzar por señalar lo que resulta obvio al entrar tanto a una sala de audiencias como a una catedral: Los personajes que están frente a todos los demás ocupan un asiento más alto que el resto del espacio, ambos visten togas y su voz se transmite a los asistentes a través de un micrófono. Jueces y líderes religiosos pontifican, hablan con la certeza de ser dueños absolutos de la verdad. Los dos también deciden sobre la vida de los individuos que están sentados en términos curiosamente similares: Absolución o condena. Y las partes del proceso, al igual que los fieles que van a misa, se refieren a estos señores con solemnidad y respeto: Su santidad, señoría, honorable juez, padre. Casi todo el lenguaje empleado en estas relaciones vertical podría intercalarse sin generar mayores resistencias. En lugar de banderas de Colombia podrían ponerse estatuas de un santo, crucifijos, adornos dorados, da igual, el evangelio y la sentencia se reciben de manera igualmente fervorosa. De hecho se reciben en sillas bastante parecidas. Recuerdo particularmente una sala de audiencias en el complejo judicial de Paloquemao que tiene bancas que parecen sacadas de la Catedral Primada.

¿Qué hace que se acojan con tal grado de íntimo respeto y admiración las palabras de jueces y sacerdotes? Bueno, ahí está el tercer parecido del Estado con Dios: El lenguaje que utilizan para transmitir su mensaje. La Biblia y la Constitución Política son tan equiparables que incluso he leído a gente decir que la segunda es su biblia, refiriéndose al lugar central que ocupa este texto en su sistema de creencias. En el Pentateuco se pueden encontrar normas sobre bienes, personas, obligaciones, tributación, convivencia, vestido, alimentación, sexualidad... Casi todo lo que se encuentra igualmente regulado en los innumerables códigos que contienen el Derecho -esa es otra palabra que va en mayúscula- del Estado. Y si lo dice la norma, así es. El poder del Derecho -como el de los textos sagrados- recae en su capacidad de fijar significados: Cuando algo es reconocido por una norma jurídica deja de ser un mero hecho, es una verdad. Por si fuera poco, al igual que el Corán, la Torah o el Nuevo Testamento, el Derecho también tiene a sus profetas y a sus predicadores. 

En cuarto lugar, la existencia del Estado o de Dios llena un vacío de significado en nosotros. No tengo experiencia como antropólogo pero, por ser abogado, seguiré pontificando. Luego de leer Las Formas Elementales de la Vida Religiosa de Durkheim se me ocurrió una sencilla idea: Que el ser humano tiene la necesidad innata de creer en algo. Lo mismo que le sucedía a los aborígenes australianos que le daban sentido a su mundo a través del Tótem me sucede a mí en la actualidad, e intuyo que también a quien amablemente haya llegado hasta este punto del texto. Claro, resulta mucho más ilustrado creer en una Constitución con una parte dogmática tan bonita como la colombiana que en un Dios vetusto y retrógrado que, además, parece oponerse fieramente a todo aquello que la Carta Magna proclama. Sin embargo, la actitud asumida frente a una o el otro es exactamente la misma, es la fe. Y se requiere mucho de ella para seguir creyendo que el Estado colombiano -no la idea sino la institución operativa- sirve a la comunidad, promueve la prosperidad general y garantiza la efectividad de los derechos y deberes consagrados en la Constitución. El Estado y Dios son, entonces, una necesidad. Sea porque somos criaturas hechas a su imagen y semejanza o porque su existencia garantiza que no nos matemos para conseguir comida o sexo reservadas para los más fuertes.

Por todo esto puede que castigar una protesta contra el gobierno con la imposición de una pena atribuible a quien incita al odio religioso, aunque no deje de ser una bofetada a las creencias de los ciudadanos, resulte siendo una actitud tremendamente coherente. Otra sería la historia si el Estado dejara de ser el anónimo inalcanzable tras el proceso que llevó a la muerte de K. y se convirtiera en una institución verdaderamente al servicio del individuo. Así por lo menos tendríamos la decencia de reconocer que, en últimas, es a él a quien tenemos deificado.


17-08-12
11:20

jueves, 16 de agosto de 2012

Lo que dejamos de decir

Guardar silencio siempre me ha resultado difícil. Hablo duro y a veces soy impertinente. Sin embargo, hay momentos en los que me veo obligado a quedarme masticando palabras. Hasta ahora no conozco una peor prisión que esa. Lo hago, más que todo, por recomendación de mis amigos. En ocasiones el significado detrás de las frases se diluye en su impertinencia, dicen a su manera. Y es verdad. Lo que encuentro extremadamente difícil es articular oraciones significativas en el momento indicado, ¿lo habrá?, ¿y si no llega?, ¿qué tendría de malo expresar abiertamente lo que me la paso gritando entre líneas y con indirectas? 

Con algo de tristeza descubro que la honestidad es una virtud apenas relativa. Es más estratégico engañar, o eso fue lo que aprendí de una escueta lectura que le dí a El Arte de la Guerra. Pienso que no debería ser así y justo en ese momento encuentro que incluso el amor es una guerra o, al menos, su botín. Aparentemente los que "pecamos" de sinceros vencemos solo en relatos míticos en los que el mejor amigo termina convertido en el esposo. La conquista se basa en lo no dicho, en la anticipación que se produce cuando nos ven y en el silencio que dejamos al irnos. Solo quien logra "hacerse desear" triunfa y, por eso, queda rotundamente prohibido "mostrar el hambre", como si reconocer que estamos enamorados nos hiciera indignos -o será, acaso, una actitud que evitamos para preservarnos-. En últimas es una prueba más de que deseo y ausencia se encuentran íntimamente ligados. También demuestra que la disuasión más grande la ofrece el temor a la soledad.

Ese juego de máscaras verdaderamente me parece agotador. Nunca me ha interesado presentarme como algo que no soy. El problema radica en que lo que sí soy también entiende que puede resultar incómodo andar expresando emociones por ahí como un enajenado. Peor aún, es doloroso hacerlo únicamente para comprobar que los sentimientos van en una sola dirección.

Por eso es que, en lugar de estar haciendo una llamada o emprendiendo una loca empresa romántica, me resigno a escribir esta entrada.

16-08-12
15:11