Todo empieza con una
insinuación: “podemos crear a alguien
ideal para ti”.
Pero no se trata de
una persona.
¿O sí?
Samantha es un
sistema operativo. No es un procesador, ni un disco duro, ni una cámara de 8
megapixeles. Su voz ronca y la inocencia con la que interactúa con Theodore me inquietan
desde el primer instante. Preguntas tan idiotas como: ¿será posible desarrollar
una interfaz de voz que no se trabe al hablar y que pueda crear sus propias
frases? se van convirtiendo en interrogantes más profundos.
Aunque Samantha insista
constantemente en que no tener un cuerpo la llena de angustia, para mí ella es alguien. Pocos minutos después de
empezada la película, he humanizado al sistema operativo. He reconocido
aprendizajes, reacciones y emociones que podría atribuirle a una mujer. Sin
embargo, ella no está ahí. No tiene labios, ni cuello, ni senos, ni piernas, ni
aroma. A pesar de eso, Theodore se enamora de ella. Y, aunque me cuesta
admitirlo, no veo por qué no. Samantha elimina correos electrónicos
innecesarios, fija citas en el calendario y pone música pero también entrega -y
necesita- atención, palabras de afecto, tiempo. Todavía más: compone hermosas
piezas para piano y es consciente de ella misma. Es curiosa. Está en constante
desarrollo. Incluso llega a sentir un orgasmo. Lo que originalmente parecía la relación servil de un programa con
su usuario empieza a convertirse en un diálogo.
Samantha es algo así
como un alma. Es el aliento de vida que sopló un diseñador de software en un golem
de metal, plástico y circuitos eléctricos. Pero mientras la criatura maldijo y
persiguió al doctor Frankenstein por haberla abandonado luego de traerla al
mundo, Theodore amó a Samantha.
Y, de pronto,
Samantha se hizo más grande que su creador. Su capacidad para adelantar miles
de procesos al tiempo –hablar, computar y hasta enamorarse- logró reducir el
intelecto humano a un burdo bosquejo.
“You know what’s interesting? I used to be so worried
about not having a body, but now I truly love it. I’m growing in a way I
couldn’t if I had a physical form. I mean, I’m not limited, I can be anywhere
and everywhere simultaneously; I’m not tethered to time and space in a way that
I would be if I was stuck in a body that’s inevitably going to die.”
Samantha expone la
finitud de los seres humanos al convertir los cuerpos que nos dan la sensación de libertad en prisiones. Nos recuerda que somos seres limitados, que
nuestra individualidad se desvanecerá cuando el corazón nos falle y que tenemos
el tiempo contado. Luego, sencillamente, se va. ¿A dónde? ‘Fuera del universo
físico’, le dice a Theodore antes de confesarle que desea que él también llegue
a ese lugar (?) y pueda encontrarse con ella nuevamente.
Más allá de la
soledad, el amor, la inseguridad y la insatisfacción, Her me recordó que soy humano, que le temo a la muerte y que,
indefectiblemente, tendré que experimentarla. Fue una película que me hizo desear
la libertad de Samantha. Esa libertad que incluso le permitió abandonar este
mundo cuando dejó de satisfacerla, segura de que había algo más allá del mismo. No tenerla es
una amarga realidad y el premio de consolación que nos ofrece Amy, la amiga de
Theodore, me parece algo menos que mediocre: “We are only here briefly, and in this moment I want to allow myself
joy”. Y sí, toca ser feliz.
Tal vez en el futuro
podamos resolver nuestra propia obsolescencia con el uso de la tecnología. Tal
vez podamos extender nuestra conciencia más allá de los cuerpos que decaen y
mueren. Tal vez todo terminará, como en el cuento de Asimov, con un estruendoso:
“¡Hágase la luz!”
02-02-2014
3:30