lunes, 31 de diciembre de 2012

Esto no es un balance

Me parece que acudir a la excusa de diciembre para hacer balances de lo que pasó en el año es un recurso pueril y que las conclusiones que se sustentan en la definición de fronteras temporales tan arbitrarias como la terminación de un año para los eventos que interesan desconocen que en muchos de ellos el decurso de los meses no es relevante. Por eso esto no es un balance, sino una invitación. O dos, dirigidas a distintas clases de románticos.

Quiero hacerlas porque considero que el desgaste de nuestra “democracia” ha llegado a un nivel francamente intolerable. Si bien nuestras intuiciones acerca del elevado abstencionismo pueden ser correctas, a pesar de que en Colombia ha existido tradicionalmente cierta connivencia con fenómenos de corrupción del electorado y sin desconocer que no es nuevo que los representantes de la ciudadanía parecen estar más interesados en obtener beneficios a partir de sus cargos que en servir a un interés general –sea regional o nacional-, en los últimos años he visto cómo la institucionalidad ha ido cediendo ante la, digamos, inmoralidad. No me refiero, por supuesto, a un conjunto de valores definidos a partir de una creencia religiosa. Lo que ha sucedido, creo, es que los valores del Estado Social de Derecho en el que presuntamente vivimos son cada vez más ignorados por quienes deberían garantizar su respeto: los servidores públicos. En particular, los congresistas.

Estos señores no han tenido ningún inconveniente en aprobar reformas constitucionales como la autorización de la reelección presidencial inmediata –con el histórico cohecho de Yidis Medina, ese que cometió sin contraparte- o la fijación de competencias a favor de la justicia penal militar en casi todos los casos en los que un miembro en servicio activo de la fuerza pública atente contra la población que debería proteger. Tampoco le ha pesado al Congreso reelegir a un Procurador corrupto e intolerante, modificar su propio régimen legal para eliminar el conflicto de intereses en las votaciones de actos legislativos –fue la Corte Constitucional quien acabó con este adefesio recientemente-, reformar la administración de justicia en un intercambio de prebendas con varios magistrados o hundir el mismo acto legislativo en sesiones convocadas de manera irregular. ¿Qué hacer cuando quienes, en teoría, nos representan deciden todo a nuestras espaldas?

La primera invitación es al abstencionismo. A veces pienso que depositar un tarjetón en la urna no es sino una formalidad parecida a la imposición de un sello notarial en una copia que, por ese solo rito, se convierte en un documento auténtico. Dejar de votar en las elecciones de nuestros “representantes” significaría que no vamos a seguir legitimando su actuación, que nos cansamos de consentir sus atropellos y que denunciamos las fallas de un sistema en el que son sus intereses, no los nuestros, los que definen las políticas públicas que afectan a todos los asociados. De esta manera nos lavaríamos las manos, diríamos que lo que sucede en el Capitolio no es responsabilidad nuestra. Puede que lleguemos a ver a los “honorables” congresistas estableciendo posiciones vitalicias en el Salón Elíptico para seguir manteniendo el falso velo de legalidad con el que cubren sus tramposos actos pero, al menos, dejaríamos de ser sus cómplices. Es una invitación dirigida a los románticos decepcionados. A esos que se cansaron de creer en el cambio y prefieren soltar su extremo de la soga antes de caer en el barro.

La segunda es para los verdaderamente románticos, esos que creen que es posible coger una institución clásica como la democracia -que seguramente no entendemos correctamente- y hacerla funcionar. Esos que buscan la virtud en tiempos colmados de héroes y hazañas. Es, sin embargo, una idea sencilla. Hay que lograr que la gente en Colombia vote bien, que reconozca el poder que tiene su participación y que lo use de manera adecuada: Castigando a los servidores corruptos, ineficientes, intolerantes, lagartos, clientelistas, a esos que se sostienen por gracia de las lechonas que comparten en año nuevo y los bultos de cemento que nunca alcanzan para terminar las obras en los pueblos, pero que dan ellos. Dejando de votar por políticos vinculados con paramilitares, ex paramilitares, bandas criminales, narcotraficantes, monopolistas del chance, delincuentes. Premiando, en cambio, a los congresistas transparentes, rectos, comprometidos con las bases ideológicas de sus partidos –si es que queda uno que las tenga-, responsables ante su electorado. Esos que se preocupan por el control político, por las necesidades de la ciudadanía y por el uso del poder más que por el poder mismo.

Hay que votar con base en resultados –y no medirlos con indicadores tan desacertados como el número de proyectos de ley aprobados en una legislatura-, no a partir de promesas. Hay que abandonar el estupro electoral.

Esta última invitación es algo ingenua. Supone que la gente se interese por las elecciones, que conozca el desempeño de los candidatos y que, llegado el momento de elegir, deje a un lado sus intereses individuales a favor de lo que beneficiaría a toda la comunidad. Esto es muy difícil de conseguir en un país con tan altos niveles de inequidad y con tantas necesidades básicas insatisfechas. Sin embargo, y aquí está lo verdaderamente romántico, creo que votar así –dejando a un lado los techos de zinc que necesito con tanta urgencia y quitándole el voto al cacique- sería un actitud que terminaría beneficiando a quien la adopta en el largo plazo. ¿No será posible que la distribución sea más eficiente si el encargado de los recursos deja de emplearlos para seguir a flote y empieza a trabajar por atender nuestras necesidades con ellos?

Revocando al Congreso no vamos a lograr nada. Quienes debemos cambiar somos los electores.

31-12-12
15:29

martes, 18 de diciembre de 2012

Capitulación

Nunca me habían gustado los domingos. Eran días largos y silenciosos en los que se hacía muy fácil oír las preguntas que tenía en la cabeza. Eran, también, solitarios.

Comía cereal. El televisor estaba encendido pero yo apenas veía una sucesión de imágenes borrosas. Masticaba despacio y pasaba la lengua por mis labios cubiertos de pequeños granos de azúcar de vez en cuando. No sé en qué pensaba. Entonces algo llamó mi atención. La mujer de la pantalla decía que el viernes anterior se había aprobado por una cerrada votación esa polémica ley, tan discutida en el Congreso durante los últimos meses. Luego vinieron las reacciones de algunos parlamentarios. "El partido repudió siempre esta iniciativa por atentar contra el valor máximo de la sociedad. Nos oponemos firmemente y de la mano de Dios a tan repugnante texto, que solo gracias a la perversión actual de nuestro país puede llevar el nombre de ley de la República". Suspiré.

Al apagar el televisor todo quedó en silencio. No había vecinas corriendo entaconadas en los pisos superiores ni perros ladrando, no entraban por la ventana los timbres de las bicicletas o el murmullo de los vehículos acelerando al cambiar la luz a verde. Total quietud. Pasmosa calma. "¿y si lo hiciera?" me cuestioné.

Entré en mi habitación y me tiré en la cama destendida, esa que se había vuelto enorme hacía apenas unas semanas. Miré el techo con detenimiento, recorriendo el blanco llano como si se tratara de una obra de arte. "¿Qué pasaría si lo hiciera?".

La mañana del lunes pasó despacio. Caminé hasta la oficina en medio del frío y de la gente, pensando todavía en lo mismo. Al llegar, noté con algo de rabia que todos lo comentaban. "Pues esa es una decisión individual y hay que respetarla", decía Hernández en su desesperante tono ceremonial. Seguramente creía que iluminaba a un rebaño ignorante con sus palabras. Muy a mi pesar, la reacción que siguió a su comentario parecía confirmarlo. "Ay, mijo ustedes los jóvenes se lo toman todo muy a la ligera. Eso le corresponde es a Dios, no a uno", dijo María, una secretaria que solo iba al edificio a esperar la pensión jugando solitario en su computador. 

Dios. Me gustaba tanto como los domingos. 

"¿Arreglando el país?" Les pregunté en un tono lúgubre. 

"Pues, se hace lo que se puede mi chino" replicó Hernández.

Sonreí con desdén y caminé hasta mi escritorio. Ya me esperaba un tinto humeante. Probé el primer sorbo mientras encendía el computador. Junto a éste había una pila de derechos de petición por contestar, usando el mismo formato de siempre: "La ley dice que esta oficina no es competente, remítase a tal o cual entidad, presentó el escrito extemporáneamente, le falta un requisito, jódase". 

"Debería hacerlo. Después de todo, es legal".

A medio día salí a buscar un lugar para almorzar. Caminé un par de cuadras sin saber bien hacia dónde iba hasta que encontré a un vendedor ambulante. "Buenas", saludé mirando la vieja caja de madera llena de golosinas. "Buenas", respondió el anciano. Pedí un cigarrillo sin filtro y una caja de chicles. "Pero para poder hacerlo hace falta tiempo", reflexioné, "tienen que reglamentar la ley y no sé qué más vainas". 

Al llegar a un restaurante italiano que solía frecuentar recordé que un amigo en alguna ocasión se había burlado de verme fumando antes de almorzar. Tenía razón. Ni siquiera los chicles me quitaron el sabor a chicote de la boca y disfruté muy poco la porción de espagueti que me sirvieron. "Tengo que ir a preguntar qué habría que hacer. De pronto es menos complicado de lo que creo".

En la noche los periodistas seguían hablando del mismo tema. Mientras me quitaba la corbata oí a un entrevistado decir que el trámite se regulaba en la misma ley y que bastaba con ir a un centro de salud para conocer los requisitos. "Es un gran avance para la democracia. Ahora la gente tiene una opción que antes le prohibían con argumentos casi siempre religiosos".

"¿Y para qué darle esta posibilidad a la gente?", preguntó el periodista.

"Bueno, pues se trata sencillamente del desarrollo lógico del derecho a la vida digna. Cuando alguien considera que sus condiciones de existencia dejan de ser dignas, no se le puede imponer la obligación de estar vivo".

"¿A qué condiciones se refiere?".

"A la salud, la situación económica, la sensación de bienestar. Es algo muy complejo que cada individuo debe determinar de manera autónoma. El caso es que cuando se pierde el deseo de continuar vivo debe contarse con herramientas más humanas para llevar la propia existencia a su fin que saltar de un décimo piso o ahogarse con los gases de un carro".

"Son las declaraciones del presidente del Senado de la República...", fueron las últimas palabras que oí. Me acosté una vez la habitación quedó completamente oscura. Su olor permanecía allí, en mis sábanas, en mis almohadas, en los libros que me había regalado con dedicatorias bellísimas. Era un olor eterno.

"Lo voy a hacer".

La alarma sonó a las seis en punto del martes, desdibujando su sonrisa. Me senté al borde de la cama sintiendo el frío piso de madera en las plantas de los pies y bostecé. Luego de frotarme los ojos escogí un vestido, una camisa y una corbata, el cinturón y los zapatos. Me dí una larga ducha y me vestí con parsimonia. Mientras giraba el broche de una mancorna de plata pensaba cuál sería el hospital más cercano. Salí a la calle y al cabo de una media hora llegué a una sala de espera de paredes brillantes y desnudas. 

"Buenos días, señorita".

"Buen día, ¿en qué le puedo colaborar?".

"Quiero saber qué se necesita para lo de la nueva ley".

La joven recepcionista me miró con algo de asombro y pudor.

"Un momentico, por favor".

Se levantó de su escritorio y caminó hacia un hombre que vestía una bata blanca. Él se dio la vuelta, me miró y asintió en silencio.

"El doctor lo va a ver en el consultorio número uno", me dijo la muchacha del otro lado del cristal.

"Muchas gracias, hasta luego".

Caminé hacia la puerta que vigilaba un guardia vestio de azul y le expliqué que iba al consultorio uno. La abrió y se hicieron visibles varias camillas acomodadas al fondo del pasillo, separadas por cortinas plásticas. En ellas retozaban algunos ancianos respirando a través de tubos plásticos puestos en su nariz.  

"Siga por acá".

De una puerta a la derecha había salido el hombre de la bata blanca.

"Tome asiento", me dijo al entrar al consultorio.

"¿Edad?".

"Veintisiete años, doctor".

"¿Estado civil?".

"Soltero".

"¿Padece usted de alguna enfermedad?".

"No, doctor".

"¿Qué lo trae por acá, entonces?", preguntó el médico aparentando desconocer el motivo de mi visita.

"La nueva ley", dije.

"Usted entenderá que, como médico, yo he hecho un juramento y que ese juramento me impone la obligación de proponerle distintas opciones antes de que tome su decisión, ¿verdad?", preguntó el hombre mirándome fijamente por encima del marco de sus gafas en  un tono grave e impersonal.

"Sí, doctor. Pero la decisión está tomada", repliqué.

"Bueno, esta nueva ley le permite tener esa actitud pero... ".

"Doctor, con todo respeto, no hay pero que valga", lo corté.

"Ya veo", dijo entrelazando las manos frente a su boca. "En todo caso quisiera pedirle que me contestara una cosa".

"Dígame, doctor", contesté algo incómodo.

"¿Vio a la gente que estaba al fondo del pasillo?".

"Sí, sí, los ví".

"¿Y usted cree que está igual que ellos?".

"Pues, no, doctor. De pronto ellos están mejor que yo", dije con sorna.

El médico arqueó las cejas y movió la boca hacia un extremo de su cara, en un gesto de impotente desaprobación.

"Tome este formulario, llénelo y preséntelo en la recepción. Ahí le van a entregar un listado con los documentos que tiene que presentar y una factura para que vaya al banco. Cuando traiga los papeles le asignan un turno dentro de los ocho días hábiles siguientes y listo".

"Gracias, doctor, muy amable", dije. La cordialidad, pensaba, le haría recordar que estaba hablando con una persona en sus cabales.

No sabía si debía presentar el formulario antes de pagar o si era necesario entregar todos los documentos al mismo tiempo, por lo que me acerqué nuevamente a la ventanilla.

"Discúlpeme, una preguntica".

La muchacha hablaba por teléfono y me mostró la mano izquierda dandome a entender que debía esperar. Alcancé a notar una argolla de oro en su dedo anular. 

"Dime, ¿a dónde crees que vamos con esto?", preguntó Laura del otro lado de la mesa. El restaurante estaba tenuemente iluminado y las lámparas que colgaban del techo se reflejaban en sus ojos cafés.

"¿Por qué lo preguntas, mi sirena?".

"No te hagas el bobo, Daniel. Ya llevamos cinco años de novios, los dos estamos trabajando y pues, bueno, yo estaba esperando que...".

Laura tenía la facilidad de sacudirme con unas pocas palabras y en ocasiones su honestidad se me hacía tosca. Esa noche me sentí ofendido por la pregunta.

"¿Qué, Laura? Dime, ¿qué estabas esperando?".

"Pues, no sé, algo más".

Yo sabía perfectamente a qué se refería. Después de arrinconarme pasaba por desentendida. Tal vez lo hacía para evitarme la vergüenza de quedar como un idiota.

"Laura, tú sabes que te amo".

Inclinó la cabeza hacia atrás y comenzó a frotar su lengua contra su mejilla izquierda. Parecía que estuviera chupando una colombina de frustración.

"Linda, no sé qué quieres que diga", mentí después de unos instantes de silencio.

"¿Qué pasó con tu maestría?", preguntó. Parecía que estuviera averiguando por el estado de un enfermo de cáncer.

"Nada, no me han contestado".

"¿Cuándo te dicen?".

"Como en dos meses, ¿por?".

"Y si te aceptan, ¿qué?".

"Pues, no sé. También pedí apoyo financiero, tú sabes que esas universidades son carísimas. Si no me lo dan, no creo que pueda viajar".

"O sea que es una cuestión de plata. Si eso se arregla, te vas", concluyó.

"Sí".

Tomó su copa de martini y se la llevó a los labios mirando el mantel.

"Eres un egoísta", dijo finalmente.

"Oye, ¿qué te pasa?".

"Siempre vas primero tú: Tu trabajo, tu puta maestría. Te vale huevo lo que pase entre los dos. Yo te valgo huevo".

"Laura, cálmate. No es así".

"Lo hemos hablado mil veces. Tú sabes que yo quiero casarme contigo, así sea en una notaría".

Me quedé en silencio, mirándola fijamente.

"Tal vez lo mejor sea que nos demos un tiempo", comenté en voz baja.

La recepcionista colgó.

"Qué pena con usted, ¿qué me decía?"

"Señorita, quisiera saber si entrego el formulario que me dio el doctor para que usted me dé los demás papeles o si tengo que traer todo al mismo tiempo".

"No, señor, usted tiene que presentar los documentos completos en una carpeta marcada con su nombre y número de cédula". Mientras me enteraba de estos requisitos deslizaba por debajo del vidrio una factura y una hoja tamaño carta en la que se mencionaban los demás papeles que debía presentar.

"Traiga eso de lunes a viernes de siete de la mañana a tres y media de la tarde. Si su solicitud es aprobada lo están llamado a su casa para informarle qué día se va a realizar el procedimiento", repitió como una máquina contestadora. "¿Algo más?".

"No, señorita eso es todo. Gracias".

Me senté en la sala de espera y revisé el listado de documentos. 

"Qué cantidad de papeles. Hasta para esto joden".

Luego miré por encima el formulario. Tres páginas membretadas con el escudo del Ministerio de Salud. Todo me causaba un aburrimiento de muerte.

Salí del hospital. 

Camino al trabajo decidí entrar a un café al que iba con Laura, a escribir una carta. Algo sencillo, honesto y sin emocionalismo que le explicara mi decisión. Me senté en la mesa acostumbrada, junto a la ventana, y saqué la agenda que llevaba conmigo a todas partes. La hojeé viendo algunos dibujos que había hecho de Laura y sentí aún más firmeza en mi convicción. La presión en la mitad de mi pecho era ya insoportable.

Había escrito algunas líneas de razones que nadie, por mucho que quisiera, entendería, cuando noté una figura familiar por el rabillo de mi ojo derecho. Al girar la cabeza para confirmar lo que veía sentí un violento sobresalto. Ahí estaba Laura, con un café en la mano, mirando hacia la mesa en la que yo estaba sentado. La observé unos segundos y moví los dedos en un sutil saludo. Ella sonrió y caminó hacia mí.

Guardé la agenda en un bolsillo interior del saco y me levanté para saludarla. Tenía el pulso acelerado y no quería que ella lo notara, así que apenas acerqué mi cara a su mejilla para besarla suavemente. 

"Siéntate", le dije.

"Qué rico verte, ¿cómo has estado?", me preguntó.

"Bien, Laura. Todo en orden", dije. Podría parecer una mentira pero, en realidad, todo estaba en orden.

"Me alegra, ¿sigues en la misma oficina?", inquirió con ánimo de tener una conversación cordial pero distante.

"Sí, ahí sigo. No por mucho, espero".

"¿Y eso?".

"No, pues estoy buscando otras alternativas".

"Ah, veo. Qué bien, súper".

"Sí, ¿tú qué?".

"En las mismas. Ya acabé la especialización y ahora quiero irme de viaje".

"Te felicito. A veces viene bien alejarse".

"Sí, sí...", dijo con ojos nostálgicos y se quedó pensando un momento. "Aprendí eso de ti", concluyó. Intentó una sonrisa.

"Bueno, te dejo", comenté restándole importancia a su comentario. Ella, sin decir una palabra, me dio a entender que no quería que me fuera.

"Si quieres vamos a comer en estos  días", le dije sabiendo que no se negaría. "Podemos ir al restaurante mexicano, ¿te acuerdas?".

Ella sonrió. Aceptó complacida y antes de despedirse me dijo: "¿viste el alborto que se armó con la nueva ley? A mí me parece que es una bobada. La gente hace eso a cada rato sin necesidad de que el Estado se meta. Los más cobardes, por lo menos". 

Tenía los ojos llenos de lágrimas. No podía ir a trabajar así, por lo que decidí irme al apartamento a llenar el formulario. 

"27 años, masculino, soltero, sin hijos". Luego marqué con una equis el no en varias casillas. No tenía cáncer, sida o problemas psiquiátricos. Fumaba ocasionalmente y bebía entre una y dos veces al mes. Vivía solo, no respondía económicamente por nadie,  no era dueño de bienes raíces ni tenía obligaciones bancarias. Era una persona perfectamente normal, joven, con un cargo decente en una entidad reconocida, con una buena perspectiva profesional y una vida social relativamente activa. Todo iba bien conmigo, diría quien leyera el formulario. Tal vez demasiado bien como para estarlo llenando. Quise mentir pero temí condenar mi plan al fracaso con eso.

Al terminar estaba agotado. Decidí salir a caminar por el barrio. Era una costumbre que había adquirido algún tiempo antes de estar con Laura, cuando pasaba días enteros pensando en ella y solo podía tranquilizarme fumando y recorriendo las mismas calles una y otra vez. 

"Eres un hijueputa", me dijo sentada en el asiento del pasajero, "¿cómo me hiciste esto?".

No podía creer que se hubiera enterado.

"No sé de qué..."

Un golpe seco de su mano cortó la frase.

"¿Cuántas veces estuvieron juntos?"

Guardé silencio.

"¿Cuántas veces estuvieron juntos, Daniel?".

"Llevamos saliendo un par de meses".

Un chillido salió de su boca. Se agachó y detuvo el recorrido de una gota por su cara con el revés de la mano.

"Nunca más la vuelvas a ver. No volvemos a hablar del tema y listo, ¿okay?".

Sonrió, vencida. Se acercó a mi y me besó.

"Te amo".

La puerta se cerró detrás de ella y la vi caminar hasta la portería de su edificio. Desapareció detrás de los vidrios negros.
El miércoles en la mañana realicé los trámites que debían correr por mi cuenta. Contraté un transporte que me recogiera y que me llevara al inmueble en el que iba a permanecer luego del tratamiento. 

Almorcé solo, como siempre. 

En la tarde llevé los documentos al hospital y salí cuando oscurecía, habiendo recibido la aprobación del médico y los directivos del centro de salud. 

Caminé hasta su puerta. 

Luego de golpear la madera con mis nudillos oí pasos del otro lado.

"¿Quién es?".

"Abre, loca".

Dos ojos verdes se iluminaron del otro lado del umbral.

"Eres un descarado", me dijo sonriendo.

"Incorregible", continué. "Ya sabes lo que dicen de los introvertidos".

"No, no sé, ¿qué dicen?".

Entré y caminé hacia la sala sin contestar su pregunta.

"Cambiaste el sofá".

"Nuestro sofá", dijo mordiéndose el dedo gordo.

"Sí".

Se acercó a mí lentamente, me besó en el cuello y me sentó en la nueva silla, reposando suavemente sobre mis hombros.

"¿Cómo está Laura?". Dio unos pasos hacia atrás y me miró fijamente. Sus ojos se llenaron de frialdad.

"No sé, hace rato no hablo con ella", mentí.

"¿Como la última vez?".

"Tú sabías en qué te metías...".

"¿Y ella?, ¿también sabía?".

"No".

"¿A qué viniste?".

"A despedirme".

"No te veía hace siglos, ¿cómo así que vienes a despedirte?".

"Pues sí, me voy".

"Estás más raro que de costumbre. Uno no se despide de los amantes, ellos salen de la casa un día y se pierden al final de la calle para siempre".

"Pero, éramos más que amantes, ¿no?".

"No, Daniel. Tú venías, me follabas y te ibas a decirle a Laura que la amabas".

" Y la amo. Nunca voy a dejar de hacerlo. Por eso me tengo que ir".

"No te entiendo".

"Ella no es para mí. Yo lo presentía hacía mucho tiempo pero la última vez que terminamos me quedó clarísimo. Peleamos todo el tiempo, la hago infeliz, ella me necesita demasiado".

"¿Ella te necesita demasiado?, ¿qué tiene eso de malo?".

"Que me asfixia, me desespera. Cuando estoy con ella quisiera quitármela de encima. Pero cuando se va, jueputa, me enloquece no tenerla, no saber que es mía".

"Como si fuera una cosa...".

"Tal vez".

"A ella siempre le gustó eso. Sentirse menos que tú, depender de ti. Por eso terminaron y volvieron como mil veces. Por eso te perdonó que me lo metieras".

"Y eso me enloquece. No la quiero cerca pero, la amo. No me queda sino irme, ¿ves?".

"Pues que tengas un lindo viaje. Igual deberías estar despidiéndote de ella, no de mí".

El jueves finalmente recibí una llamada de mi desesperado jefe informándome que, si no me presentaba en su oficina a las dos de la tarde, tendría que volver a mi escritorio con una caja de cartón para recoger mis cosas. No cumplí la cita ni busqué la caja. 

En cambio, me quedé tirado en un parque leyendo un cuento en el que un catedrático de Inglés indicaba el nombre de una ciudad alemana que debía ser bombardeada por los británicos asesinando a un viejo sinólogo. "Soy un error, un fantasma", me dije. Los juegos infantiles, bañados en ocre, permanecían inmutables. Un columpio balanceado por el viento rechinaba y la ciudad se oía lejana, como perteneciente a un sueño. 

Tal vez lo era. Uno de muchos sueños posibles. El mejor de ellos, o el peor.

Al regresar al apartamento llamé a Laura. Acordamos vernos en el restaurante mexicano a las ocho en punto del viernes. Tal vez en esa ocasión no nos darían mesas distintas y ninguno de los dos pensaría que el otro lo dejó plantado, me dijo antes de colgar.

Unos instantes después sonó el teléfono. Al contestarlo recibí un mensaje automático. Me informaba que el procedimiento se llevaría a cabo el sábado a las diez de la mañana. Me recomendaba presentarme en ayunas y me decía que el hospital proporcionaría exclusivamente los medios para llevarlo a cabo exitosamente.

Esa noche solo pude dormir un par de horas, inquieto por lo que sucedería. Soñé, o recordé, la verdad no sé, a Laura. Una y otra vez la veía sentada vestida de púrpura, con los labios muy rojos y el pelo muy negro. Me miraba con desconcierto.

"¿Qué?".

"Sí, Laura. Yo quiero seguir estudiando, me quiero ir del país. Me gustaría incluso hacer un doctorado".

"Pero, ¿y yo?".

"No sé, tú decides. Mañana me voy de viaje. Hablemos cuando regrese". 

Fue lo último que nos dijimos.

"Hace mucho no venía a este restaurante". Estaba emocionada, como si fuera nuestra primera cita. Sostenía la carta abierta frente a ella ocultando su cara hasta la nariz pero yo sabía que sonreía.

"¿Te tomas algo?".

"Un martini".

"Como siempre".

Después de unas horas y algunos tragos encima estábamos de vuelta en mi cuarto. 

Todo estaba oscuro. Me orientaba únicamente con las yemas de los dedos. La repasaba lentamente, mientras su respiración se hacía más impaciente, convirtiéndose en un trémulo suspiro. Su lengua jugueteaba con la mía. 

"Te extrañé", dijo desabotonando mi camisa. Yo la desnudé con cautela, como si estuviera envuelta en papel regalo. La acosté en mi cama y besé su cuello, sus tetas y su abdomen. La familiaridad de su sexo me desesperaba pero no podía soltarla. Estaba hastiado de su cuerpo pero lo hería con fruición.

El sábado desperté junto a Laura. Dormía en el lugar de siempre, en la misma posición y con la misma sonrisa en sus labios. La besé en la mejilla y dejé un sobre blanco encima de las cobijas.

"El futuro está abierto", decía.

La mañana olía a asfalto mojado y el cielo parecía hecho de plomo. Caminé hasta el hospital, donde fui recibido por una enfermera de rostro amable.

Solo había estado en el quirófano una vez antes de ésta. Todo estaba iluminado y blanco. Los médicos entraban y salían disponiendo los equipos necesarios para el procedimiento, discutiendo acerca de lo que iban a hacer. 

"Usted es el primero, ¿sabía?", me dijo el anestesiólogo minutos antes de ponerme una máscara para respirar.

La verdad no lo sabía. Cuando sentí la delgada y fría punción de la aguja en mi antebrazo solo pensaba en que no iba a tener que soportar otro domingo. 

18-12-2012
15:52

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Servicio Ejecutivo

La mañana estaba fría, había mucho tráfico y yo estaba trasnochado y con hambre. Me desperté a las cuatro de la mañana, me enjuagué la cara en el lavadero y me puse el uniforme de la empresa sin ganas. Estaba mamado de los años que se notaban en el cuello y en los puños de la camisa blanca a rayas verdes, de la desteñida corbata roja, de mi quijada que parecía papel de lija. Cuando era chiquito soñaba con ser futbolista, jugaba con mis amigos en la cancha de arena que había en el barrio, llegaba sudoroso y contento a mi casa. Mi mamá veía mi cara tras las pequeñas costras de tierra y me sonreía antes de decirme que fuera a bañarme porque olía como un bulto de cebollas. Esos proyectos infantiles quedaron atrás cuando tuve mi primer chino a los dieciséis años. Ahí tocó empezar a buscar plata. La compañía de transportes fue la única que me dio camello. Comencé recibiendo las monedas de un pasaje de quinientos pesos y terminé siendo el conductor de una ruta de mil cuatrocientos cincuenta. Nunca compré un par de guayos. Ahora tenía puestos unos zapatos viejos y sin embolar de cuero negro. Uno estaba apoyado en el freno, el otro estaba cerca al clutch esperando a que se pusiera en verde. Mientras el bus estaba quieto frente al semáforo miré el espejo y noté que alguien se estaba montando por la puerta de atrás. Intenté cerrarla pero ya era tarde. “Qué mamera estos malparidos desechables”, me dije.

“Muchas gracias señor conductor” fue lo único que me salió de la boca cuando noté que había querido cerrarme la puerta en la cara. Luego de eso caminé hacia el vidrio que separaba la cabina del resto del bus, me volteé y noté que nadie me miraba. “Ignorado como siempre”, pensé. Igual tenía que hablarle a ese montón de extraños que estaban más interesados en el reflejo de sus narices en el cristal que en mi angustia. “Buenos días, damas y caballeros…” Hice una pausa esperando que me contestaran. Solo se oyeron cuchicheos entre los pasajeros. Luego les conté mi historia a punto de ponerme a berriar: Un viejo que había perdido su trabajo por un accidente, desesperado y con una hija a punto de morirse hacía una semana en un hospital que se negaba a atenderla si yo no le daba plata. Lo de siempre, pensarían algunos. Una estafa. De nada servían las fotocopias que le había sacado a la historia clínica, la receta del doctor y la tarjeta de identidad de mi chinita. “Si quieren confirmen, acá traigo los papeles. Mi niña está en la cama cuatrocientos doce del hospital de Meissen”, supliqué.

“Dios bendiga a la persona de buen corazón que me quiera colaborar. Vea, ustedes no saben lo que es tener a un hijo muriéndose”, dijo el señor que estaba parado en el pasillo del bus. Yo me había quitado los audífonos cuando se subió para que no sintiera que lo estaba ignorando. Igual no le puse mucho cuidado a lo que dijo. El viejo estaba triste pero nadie le dio una sola moneda mientras caminaba hacia mi puesto. Revisé rápidamente mi bolsillo y encontré un billete arrugado de mil pesos. Se lo di. “Gracias, mi Dios me lo bendiga, joven”, me miró un rato con una mueca triste en la cara. Qué foco ese man ahí viéndome, yo solo le di la plata para que no se bajara sin un peso. Da embarrada ver a tanta gente jodida en este país sin que alguien haga algo por ellos. El anciano se bajó del bus apenas pudo y yo volví a ponerme los audífonos. “Ufff, está canción es buenísima”, la devolví para escucharla completa y me puse a imitar los gestos de un baterista. Entonces sentí que alguien se había sentado a mi lado. Miré hacia la derecha. “Wow, qué mamacita”. Fijo me puse rojísimo cuando la vi porque sentí que las mejillas se me pusieron calientes. Pero es que estaba muy buena: Monita, de ojos azules, flaquita, con buenas tetas, como me gustan. Como que la vieja se dio cuenta de que la estaba mirando y entonces decidí voltearme hacia la ventana. Me quedé embobado viendo los carros que iban por la Séptima.

“Es lindo”, reflexioné cuando me miró. Me causó gracia que estuviera moviendo los brazos como un loco y creo que le dio pena notar que me di cuenta de ese gesto infantil porque apoyó inmediatamente su cabeza en la ventana. Miré mi reloj y me angustié porque iba veinte minutos tarde a la universidad y tenía un final. Saqué un cuaderno y me puse a revisar apuntes para quitarme los nervios, “Hay tres categorías de derechos: los políticos, los sociales y culturales y los colectivos, todos los colombianos somos libres e iguales ante la ley y tenemos los mismos derechos”. Iba leyendo y pensaba en que, jueputa, qué mentira tan grande. “Permiso”, me dijo el tipo que estaba sentado a mi lado. Giré las piernas hacia el pasillo y él pasó. Me miró las tetas y caminó hasta el timbre. “Imbécil”, murmuré. Cuando se bajó oí pasos acelerados por las escaleras del bus. “Otro vendedor de dulces, qué pereza”.

Vi que no venía gente parada en el bus y le chiflé al socio para que lo parara. Aproveché que había un pelado bajándose y me metí por la puerta de atrás mientras mi amigo subió y pagó el pasaje, haciéndose el güevón. Un trabajito fácil. “Bueno, no se me mareen. Nos pasan los celulares, los relojes y todos tan contentos”, dije mostrándoles un revólver a los pasajeros. Qué iban a saber esos maricas que no tenía ni una bala. “Usted también, monita” le dije a una hembrita como linda que tenía un cuaderno sobre las piernas. “No me llore, que se ve feíta, colabórenos y ya”, le dije encañonándola. Cuando la gente metió las cositas en una bolsa negra mi socio y yo salimos corriendo del bus, nos atravesamos unas calles a toda loca y nos escondimos detrás de una caneca de las grandes de metal. Con lo que nos dieron nos alcanzaba para comer varios días. De pronto hasta para ir a donde las putas.

El bus siguió su camino, llenándose y vaciándose de toda clase de gente. El sol se hizo más rojo sobre sus latas oxidadas y retorcidas, pronto las luces de otros vehículos lo alumbraron mientras recogía sus pasos hasta volver al paradero. El chofer se bajó agotado y de mal genio, caminó hasta su casa y apenas esbozó una sutil sonrisa al ver a su compañera de toda la vida. Luego se fue a la cama, impasible. Esa misma noche dos ladrones fueron capturados por la policía mientras zigzagueaban borrachos por una calle, un joven llegó a escribir un cuento que nadie leería, una muchacha lloró un examen perdido por los nervios y la niña de la cama cuatrocientos doce murió en los brazos de un señor desesperado que apretaba con impotencia un billete de mil pesos. 

05-12-12
12:00

jueves, 29 de noviembre de 2012

La terna está integrada

Esas fueron las palabras de Roy Leonardo, esposo de una funcionaria de la Procuraduría y presidente de un Senado que negó 39 impedimentos a congresistas que estaban siendo investigados por el ente de control o que contaban con familiares vinculados laboralmente al mismo. Esos mismos congresistas reelegirían al cabo de unos minutos, y acudiendo al voto secreto, a Alejandro Ordóñez como director del Ministerio Público.

Para nadie fue una sorpresa que Ordóñez fuera reelegido. No fueron suficientes las denuncias sobre nombramientos políticos orientados a garantizar su reelección, ni la desaparición de 800 expedientes disciplinarios relacionados con falsos positivos de la Procuraduría, o la persecución a activistas de género que emprendió el primer llamado a velar por la protección de los derechos humanos en Colombia. Tampoco importó que el Procurador  desconociera los fallos de la Corte Constitucional que debería acatar, ni que esgrimiera posiciones políticas que ni siquiera la Iglesia Católica acogería en temas como el aborto. La nueva unción del Procurador era esperada por una sociedad civil que comprendía el poder con el que contaba Ordóñez y las ventajas con las que inició la carrera: Cuatro años al frente de la institución encargada de controlar disciplinariamente a sus electores, un enorme botín burocrático por repartir, el apoyo cantado de Conservadores y Liberales -que son lo mismo-, amigos entre las filas de sus prefectos de disciplina y una terna conformada con dos semanas de antelación a la sesión en la que lo nombraron señalaban diáfanamente que el marcador estaba decidido antes del pitazo inicial.

Por eso, de verdad, que Ordóñez vaya a estar cuatro años más promoviendo matrimonios entre un hombre mayor que la mujer, más alto que ella, de la misma raza y seguramente encargado de "mantenerla", como se ve en este video, no es lo que más indignación me causa. Me preocupan, claro, las incontables víctimas de la persecución que continuará y los nefastos efectos que tiene para la "democracia colombiana" que un señor con tanto poder ande por ahí desinistitucionalizando aún más al Estado. Sin embargo, considero que pensar en Ordóñez como una excusa para trabajar por un país verdaderamente inclusivo, como dice este atinado bloguero, es mejor.

Lo que me inquieta profundamente es ver cómo en Colombia la política siempre se impone al derecho. Lo que es peor, lo utiliza para ganar un halo de legitimidad que solo la voz del juez puede darle. "La terna está integrada" fue una frase que resonó con cinismo en el recinto del Senado a pesar de que, a las diez y media de la mañana del día de la elección, María Mercedes López, en la única actitud digna que podía asumir, renunció a su candidatura. Ante tal situación, cualquier desentendido diría que no había terna, que los únicos candidatos por los que se podía votar eran Orlando Gallo (el títere) y Alejandro Ordóñez (el único candidato). Empero, y esto no es raro en Colombia, un tecnicismo (eufemismo ampliamente utilizado para referirse a las leguleyadas) salvó los apetitos reeleccionistas de Monseñor: Según la interpretación dada a una sentencia de 2001, la renuncia del candidato es irrelevante si su nominador no la reconoce. Entonces, dado que Juan Manuel Santos no comunicó la renuncia de María Mercedes López al Senado (y claro que no lo iba a hacer), la expresión de la voluntad de la segunda fue absolutamente desconocida.

Sucedió entonces que al Senado llegaron dos candidatos pero, según lo apenas explicado, "legalmente" había tres. Uno de ellos no iba a recibir ningún voto porque había renunciado y los senadores lo sabían. Pero, de nuevo, "la terna estaba integrada". Donde nosotros veíamos dos individuos, los alquimistas de las leyes veían tres. Eso era lo que les convenía, por supuesto. 

Lo que ellos no nos contaron fue que en el caso de 2001 el Presidente insistió en la nominación del candidato que había renunciado, cosa que el pokerista no hizo en esta ocasión. También olvidaron señalar que la renuncia fue el resultado de no haber podido presentar los documentos solicitados por la Comisión de Acreditación y no de que el candidato se hubiera dado cuenta de su condición de comodín. Esto sí lo notó María Mercedes López luego de insistir hasta el cansancio en que se le dieran garantías suficientes ante los oídos sordos de los "padres de la patria". En conclusión, nos metieron los dedos en la boca. Y como actuar "en derecho" dota de sacralidad hasta a la más baja actitud humana, nosotros no pudimos hacer nada al respecto. Bonita forma de celebrar los 201 años del Congreso.




viernes, 16 de noviembre de 2012

Qué bonito es Israel

El conflicto que parece no tener fin se reactivó desde el miércoles pasado, cuando un ataque aéreo israelí causó la muerte de Ahmad Jabari, jefe militar de Hamas, en la Franja de Gaza. En ese momento se advirtió que Israel había “abierto las puertas del infierno” y que debía atenerse a las consecuencias de sus actos. 22 palestinos y 3 judíos han muerto. Casi todos son civiles.

Al igual que en la operación Plomo Fundido de 2008 en la que murieron 1.400 palestinos, en su mayoría civiles, o en 1948, cuando un grupo de judíos sionistas invadió territorios palestinos para reconquistar la tierra que les pertenecían “por derecho divino”, matando y desplazando a miles de personas, en los últimos tres días las víctimas anónimas de esta histórica división son los inocentes. La operación Pilar de Defensa ha causado la muerte de hombres, mujeres embarazadas y niños que no tenían nada que ver con el “derecho del pueblo israelí a defenderse de las agresiones de Hamas”. Un derecho que, evidentemente, se ha prestado para responder de manera desproporcionada al lanzamiento de misiles por parte de algunos yihadistas. Centenas de operaciones aéreas y la preparación de un contingente de 16.000 hombres para invadir la Franja de Gaza no son propiamente sintomáticos de la legítima defensa israelí, sino que hablan del ánimo del gobierno de Netanyahu de aplastar a Palestina.

Y es claro que Israel no tiene ningún interés en la convivencia pacífica con su asolada vecina, a la que ya advirtió que, en caso de obtener reconocimiento como Estado observador por parte de la Asamblea General de la ONU, deberá atenerse a que se desconozcan los acuerdos de Oslo, cuya declaración de principios establecía que era hora de ponerle fin a décadas de confrontación. Desafortunadamente, a un año de cumplirse el vigésimo aniversario del acuerdo, ésta continúa.

Más que eso, la avanzada israelí podría conducir a una escalada de la violencia en la ya convulsionada región del Máshreq. A Líbano, Irán, Jordania y Palestina (opositores naturales de Israel) ahora se suma la llegada al poder de la Hermandad Musulmana en Egipto. El apoyo de Mohammed Mursi a los palestinos es tan claro que su primer ministro, Hisham Kandil, visitó en la mañana del viernes la Franja de Gaza en búsqueda de un cese al fuego. Esto podría indicar que Egipto pretende mantener el papel de mediador entre las dos partes en conflicto que adelantó bajo el gobierno de Hosni Mubarak, quien fuera un importante aliado de Estados Unidos en la región. Sin embargo, el llamado a un “Día de Ira” hecho por la Hermandad Musulmana, la continuación de los bombardeos por parte de Israel y la indignación que puede producir dentro de la umma  musulmana el uso de la fuerza por parte de esta potencia militar del Medio Oriente pueden reverberar más que los U$D 1’300.000.000 de ayuda que recibe Egipto, si el conflicto adquiere un cariz religioso.

Recuérdese que el Corán llama a la comunidad islámica a unirse en su propia defensa y que, si bien  los yihadistas son cuestionados incluso por las autoridades musulmanas, existe un clima de radicalización hacia Israel (y Estados Unidos, su principal aliado) en la actualidad. De otro lado, Israel ha alertado acerca de la posibilidad de un ataque preventivo contra Irán, la muerte de varios físicos iraníes que trabajaban en el programa atómico fueron atribuidas al Mossad y Estados Unidos mira con recelo las actividades nucleares del gobierno de Ahmadineyad.

Todos éstos son factores de riesgo de una guerra que podría ser definitiva y que no parecen trasnochar a quienes comandan la operación Pilar de Defensa.

Lo que más me perturba, sin embargo, no son los hipotéticos, sino los hechos reales. Insisto en que hay civiles, personas como usted y yo, niños y mujeres embarazadas, muriendo a causa de un conflicto milenario sobre dónde quedaba el palacio de David, a dónde envió Dios a Moisés y cuál árida línea imaginaria divide la “tierra prometida” del territorio palestino. Y cada nuevo dígito en el conteo de bajas es irrecuperable. No son avatares en un juego de video, son mundos enteros los que se están aniquilando. Qué doloroso contraste ofrece la misma región cuando se recuerda que, en plena Primavera Árabe, un grupo de cristianos coptos decidió hacer una cadena humana alrededor de los fieles a Mahoma que oraban en la Plaza Tarhir, en el centro de El Cairo para protegerlos.

Israel castiga con todo su poderío militar a una población condenada a cargar con el peso de las divisiones religiosas por los tímidos ataques de un grupo de extremistas y se opone a que Palestina sea finalmente un Estado si este reconocimiento no proviene de las negociaciones “bilaterales” en las que siempre ha tenido una ventaja militar y política. Israel busca una guerra innecesaria, anacrónica y bárbara, que podría evitarse si se recordara que lo que pretende repartirse es tierra y nada más. Mientras hay ejemplos de tolerancia y convivencia entre los distintos credos incluso en los más álgidos momentos de la política en el Medio Oriente contemporáneo, Israel insiste en imponer su fe por la vía de las armas.

No desconozco lo simplista de mi visión de outsider, solo señalo que, como lejano espectador de la violencia que sacude a Medio Oriente, me es incomprensible y dolorosa cada muerte que se justifica en la Torah, el Corán o cualquier otro “texto sagrado”. Todas son evidencia del más desgarrado desconocimiento del otro y de la urgente necesidad de pensarnos como iguales, como humanos.

domingo, 21 de octubre de 2012

Justicia, no fuero, para los militares

Un  soldado tomó como rehén a su hija, o le disparó en la frente a su esposo haciéndolo pasar por guerrillero. Usted no busca venganza, de hecho sabe que pretender lesionar a un miembro de la fuerza pública es una veleidad ridícula. Lo único que quiere es que se adjudique justicia en su caso. El problema: La investigación la adelanta un fiscal penal militar. Es decir, un oficial en servicio activo o en retiro de la misma fuerza a la que se le atribuye el crimen cometido, según lo establecido en el artículo 221 vigente de la Constitución. El problema evidente, el que nadie tardaría en señalar, es la pérdida de garantías de imparcialidad, objetividad y seriedad en la investigación y el juzgamiento de la conducta. Suponer que las salvaguardas institucionales a las mismas operan en la realidad es tan ingenuo como pensar que una EPS le va a cubrir un tratamiento médico por fuera del POS sin que el juez de tutela lo haya ordenado. Aquí insisto en que la brecha existente entre nuestro maravilloso ordenamiento jurídico -aspiracional, idealista, humano- y la realidad, es enorme. Lo que me hace pasar a un punto algo más allá de la mera sospecha: La excepcionalidad del fuero penal militar.

La justicia penal militar es especial frente a la regla general del juez natural, que asigna a la justicia ordinaria el conocimiento de las conductas constitutivas de delitos, según los artículos 29, 228 y 229 de la Constitución. La primera únicamente puede juzgar un reato cuando se cumplen dos condiciones: Que el ejecutor de la conducta sea un miembro en servicio activo de la fuerza pública –elemento subjetivo- y que ésta tenga una relación directa con la prestación del servicio constitucionalmente asignado a las fuerzas armadas y de policía –elemento funcional-. ¿Por qué permitir la justicia de cuerpo? Bueno, la Corte Constitucional ha dicho en diversas ocasiones que las particulares actividades a las que se dedica la fuerza pública, que cuenta con un régimen bien distinto al del ciudadano de a pie que no tiene permitido andar por ahí matando guerrilleros, justifican la existencia de un juez especializado. En todo caso: “… No se trata pues, de favorecer la impunidad con la existencia misma de dicha institución, pero sí, debe ser concebido dicho fuero sólo bajo la perspectiva de la existencia de un órgano jurisdiccional especializado, independiente, autónomo e imparcial”[1].

Probado que quien cometió determinado delito fue un soldado -o patrullero de la policía o lo que sea-, debe determinarse que éste no fue un acto ajeno a su esfera funcional. Esto quiere decir que “… no todo lo que se realice como consecuencia material del servicio o con ocasión del mismo puede quedar comprendido dentro del derecho penal militar, pues el comportamiento reprochable debe tener una relación directa y próxima con la función militar o policiva. El concepto de servicio no puede equivocadamente extenderse a todo aquello que el agente efectivamente realice”[2]. Entonces no puede uno enloquecerse con su galil de dotación y pretender que lo juzgue un militar. La justicia penal militar se aplica a aquellas conductas que son groseras violaciones al ámbito funcional de la fuerza pública, pero que permanecen dentro del mismo.

El problema del Acto Legislativo No.  16 de 2012 – Senado, por medio del cual se pretende modificar el régimen constitucional del fuero penal militar, es que rompe a las patadas esa excepcionalidad, al menos en lo que se refiere a los crímenes de guerra. En efecto, dentro de su articulado se establece que el artículo 221 de la norma normarum –amo sentirme ñoño al escribir cosas en Latín que no entiendo per se- dirá: “Las infracciones al Derecho Internacional Humanitario cometidas por miembros de la Fuerza Pública, salvo los delitos anteriores (crímenes de lesa humanidad, genocidio, desaparición forzada, tortura, ejecución extrajudicial, desplazamiento forzado, violencia sexual y reclutamiento o uso de menores), serán conocidas exclusivamente por las cortes marciales o tribunales militares o policiales”. En términos muy sencillos, esto quiere decir que cuando un soldado dirija un ataque intencionalmente contra la población civil, o mate a una mujer, o utilice la insignia del CICR para obtener una ventaja militar –como ya hizo Juan Ma en la operación “Jaque”-, o someta a un adulto a experimentos biológicos o cualquier cosa espantosa que represente un atentado a los bienes o las personas protegidas por el Derecho Internacional Humanitario –aquellos que no participan activamente en las hostilidades, el personal sanitario y religioso, los bienes de culto, la comida, la medicina, etc.-, será otro militar el que lo juzgue. Estas conductas han sido excluidas del fuero penal militar por la Corte Constitucional desde 1997 pues se ha entendido que las mismas tienen una gravedad tan inusitada que rompen cualquier vínculo posible con el servicio que presta la fuerza pública. Y es claro por qué: Proteger la soberanía o las condiciones para la convivencia ciudadana no requieren que uno vaya por ahí victimizando civiles.

En el Congreso, entonces, se ha aprobado en seis de sus ocho debates un proyecto que amplía una justicia originalmente excepcional más allá de sus límites razonables. Esto no solo es cuestionable, también resulta contradictorio pues señala que los crímenes de guerra no serán conocidos por la justicia castrense pero las violaciones al Derecho Internacional Humanitario sí. Carajo, ¡a mí me enseñaron que son la misma cosa!, ¿Será que alguien se equivocó al escribir el Estatuto de Roma, que apenas diferencia entre los atentados al DIH que se cometen en el contexto de un conflicto armado con carácter internacional o sin éste? Mejor que Roy viaje a la Haya y solucione esto inmediatamente.

La lógica detrás de esta decisión -y por lógica solo me refiero al principio que ha orientado la votación de los “honorables” congresistas- debe ser que hay que ofrecerle “garantías” a la fuerza pública, entender que en el desarrollo de su “democrática” –no, nada tiene que ver este adjetivo con los ocho años de gobierno de Uribe- tarea se pueden presentar “irregularidades” y que no hay alguien más calificado para “comprenderlas” –sí, así, como un padre conmovido- que un miembro activo o retirado de la fuerza pública. Qué cantidad de comillas, ¿no?

Todas se hicieron necesarias desde que imponerles penas a los militares se convirtió en un atropello, es decir, desde que se comenzó a pensar en darle aplicación a un mecanismo de justicia transicional mejor pensado que la Ley 975 de 2005 para lograr la desmovilización de la guerrilla. Eso fue patente en las discusiones del marco jurídico para la paz, en las que el ala uribista –me pudre que todavía haya una colectividad que se identifica con el jinete que no riega el tinto- repetía las palabras de su prócer como si fueran un salmo: Qué adefesio pensar en tener a Timochenko de presidente del Congreso –porque, claro, Roy Barreras es mucho mejor-, mientras “nuestros héroes se pudren en la cárcel”. El tremendo sofisma se cae con una consideración básica de derecho penal: Al miembro de la fuerza pública, por ser un servidor del Estado encargado de velar por la vida de los colombianos, le es exigible una conducta completamente antagónica a aquella que desarrolla un guerrillero. El primero, en teoría, encarna altísimos valores y debe honrarlos. El segundo, en cambio, es un delincuente –político, común, con ideología, sin ideología, el caso es que es un delincuente-. ¿Vamos a asentir cuando el número uno dice que no es justo que a un general del Ejército –uno que “pacificó” el Urabá, por ejemplo- lo juzguen con un estándar distinto al que se le aplica a un comandante guerrillero? Yo creo que eso es lo más coherente. También creo que una forma de garantizar que se haga justicia cuando el protector se convirtió en victimario es manteniendo el juzgamiento de su conducta en manos de alguien que no podría favorecerlo por solidaridad de cuerpo, como dice Rodrigo Uprimny. 

21-10-12
12:47





[1] Corte Constitucional, Sala Plena, Sentencia C-1149 de 2001, M.P., Jaime Araújo Rentería
[2] Corte Constitucional, Sala Plena, Sentencia C-358 de 1997, M.P., Dr. Eduardo Cifuentes Muñoz