Al igual que en la operación Plomo
Fundido de 2008 en la que murieron 1.400 palestinos, en su mayoría civiles, o
en 1948, cuando un grupo de judíos sionistas invadió territorios palestinos para
reconquistar la tierra que les pertenecían “por derecho divino”, matando y
desplazando a miles de personas, en los últimos tres días las víctimas anónimas
de esta histórica división son los inocentes. La operación Pilar de Defensa ha causado la muerte de hombres, mujeres
embarazadas y niños que no tenían nada que ver con el “derecho del pueblo israelí a defenderse de
las agresiones de Hamas”. Un derecho que, evidentemente, se ha prestado para
responder de manera desproporcionada al lanzamiento de misiles por parte de
algunos yihadistas. Centenas de
operaciones aéreas y la preparación de un contingente de 16.000 hombres para
invadir la Franja de Gaza no son propiamente sintomáticos de la legítima
defensa israelí, sino que hablan del ánimo del gobierno de Netanyahu de
aplastar a Palestina.
Y es claro que Israel no tiene ningún
interés en la convivencia pacífica con su asolada vecina, a la que ya advirtió
que, en caso de obtener reconocimiento como Estado observador por parte de la
Asamblea General de la ONU, deberá atenerse a que se desconozcan los acuerdos
de Oslo,
cuya declaración de principios establecía que era hora de ponerle fin a décadas de confrontación.
Desafortunadamente, a un año de cumplirse el vigésimo aniversario del acuerdo,
ésta continúa.
Más que eso, la avanzada israelí podría conducir a una
escalada de la violencia en la ya convulsionada región del Máshreq. A Líbano,
Irán, Jordania y Palestina (opositores naturales de Israel) ahora se suma la
llegada al poder de la Hermandad Musulmana en Egipto. El apoyo de Mohammed
Mursi a los palestinos es tan claro que su primer ministro, Hisham Kandil,
visitó en la mañana del viernes la Franja de Gaza en búsqueda de un cese al
fuego. Esto podría indicar que Egipto pretende mantener el papel de mediador
entre las dos partes en conflicto que adelantó bajo el gobierno de Hosni
Mubarak, quien fuera un importante aliado de Estados Unidos en la región. Sin
embargo, el llamado a un “Día de Ira” hecho por la Hermandad Musulmana, la
continuación de los bombardeos por parte de Israel y la indignación que puede
producir dentro de la umma musulmana el uso de la fuerza por parte
de esta potencia militar del Medio Oriente pueden reverberar más que los U$D 1’300.000.000
de ayuda que recibe Egipto, si el conflicto adquiere un cariz religioso.
Recuérdese que el Corán llama a la
comunidad islámica a unirse en su propia defensa y que, si bien los yihadistas
son cuestionados incluso por las autoridades musulmanas, existe un clima de
radicalización hacia Israel (y Estados Unidos, su principal aliado) en la
actualidad. De otro lado, Israel ha alertado acerca de la posibilidad de un ataque
preventivo contra Irán, la muerte de varios físicos iraníes que trabajaban en
el programa atómico fueron atribuidas al Mossad y Estados Unidos mira con recelo las actividades nucleares del gobierno de
Ahmadineyad.
Todos éstos son factores de riesgo de
una guerra que podría ser definitiva y que no parecen trasnochar a quienes
comandan la operación Pilar de Defensa.
Lo que más me perturba, sin embargo, no
son los hipotéticos, sino los hechos reales. Insisto en que hay civiles,
personas como usted y yo, niños y mujeres embarazadas, muriendo a causa de un
conflicto milenario sobre dónde quedaba el palacio de David, a dónde envió Dios
a Moisés y cuál árida línea imaginaria divide la “tierra prometida” del
territorio palestino. Y cada nuevo dígito en el conteo de bajas es
irrecuperable. No son avatares en un juego de video, son mundos enteros los que
se están aniquilando. Qué doloroso contraste ofrece la misma región cuando se
recuerda que, en plena Primavera Árabe, un grupo de cristianos coptos decidió
hacer una cadena humana alrededor de los fieles a Mahoma que oraban en la Plaza
Tarhir, en el centro de El Cairo para protegerlos.
Israel castiga con todo su poderío
militar a una población condenada a cargar con el peso de las divisiones religiosas
por los tímidos ataques de un grupo de extremistas y se opone a que Palestina
sea finalmente un Estado si este reconocimiento no proviene de las
negociaciones “bilaterales” en las que siempre ha tenido una ventaja militar y
política. Israel busca una guerra innecesaria, anacrónica y bárbara, que podría
evitarse si se recordara que lo que pretende repartirse es tierra y nada más.
Mientras hay ejemplos de tolerancia y convivencia entre los distintos credos
incluso en los más álgidos momentos de la política en el Medio Oriente
contemporáneo, Israel insiste en imponer su fe por la vía de las armas.
No desconozco lo simplista de mi visión
de outsider, solo señalo que, como
lejano espectador de la violencia que sacude a Medio Oriente, me es
incomprensible y dolorosa cada muerte que se justifica en la Torah, el Corán o cualquier otro “texto
sagrado”. Todas son evidencia del más desgarrado desconocimiento del otro y de
la urgente necesidad de pensarnos como iguales, como humanos.
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