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lunes, 26 de mayo de 2014

Desamor

Hace cuatro años sentí por primera vez la frustración de ver victorioso a un candidato presidencial que repudiaba en carne propia. La derrota de Antanas Mockus y del cándido movimiento que bautizamos como “Ola Verde” con la esperanza de que limpiara a Colombia de politiquería y dejara tierras fértiles para la justicia social, la paz, la protección del medio ambiente y el respeto a la legalidad fue mi primera tusa política. Desde mucho antes me oponía a Uribe por razones que no han perdido su elocuencia pero en 2010 por primera vez deposité un tarjetón electoral con el anhelo de estar “retomando” el país junto a una miríada de jóvenes y viejos cansados de vivir en una Colombia que se caía a pedazos. No fue así. Perdimos.

Sin embargo, los primeros meses del gobierno de Juan Manuel Santos me llenaron de optimismo. Pensé que había estado equivocado, que el flamante presidente nuevo era mucho más que un uribista al que no le temblaba la voz al ordenar operaciones militares en territorio extranjero, usar chalecos del CICR pérfidamente o lanzar insultos a presidentes latinoamericanos. Con la ley de víctimas y restitución de tierras, la apertura de diálogos de paz con las FARC y el nombramiento de un gabinete compuesto por verdaderos tecnócratas, Santos se mostraba como un virtuoso de la política, como un estadista. También fue un engaño. Cuatro años de explotación minera desenfrenada, negociación irresponsable de tratados de libre comercio que dejan a la economía colombiana prácticamente sin ventajas competitivas, una continuada profundización de la brecha social y una incapacidad absoluta para lidiar con cada crisis sectorial con la que se ha enfrentado su gobierno demuestran que el actual presidente armó un castillo de naipes en medio de la tempestad.

Pero su desplome definitivo, desafortunadamente, no significará lo que yo esperaba.

Ayer voté por Clara López. Sabía que incluso si fuera elegida se enfrentaría a un Congreso marcadamente uribista y que, por esa razón, las enormes promesas de su campaña no eran realizables. Empero, veía en ella un compromiso franco con las transformaciones que nuestra sociedad necesita. Deposité mi voto con idealismo, con ingenuidad, como un ciudadano debería votar siempre. Y, de nuevo, perdí. Perdimos.

Ni Clara ni Enrique Peñalosa –mi segunda opción- pasaron a segunda vuelta. Nos enfrentamos al escenario más nefasto de todos: elegir entre un hombre que se ha mostrado incapaz de gobernar a Colombia por cuatro años y la representación más baja del uribismo: un candidato que renunció a su propia identidad para usufructuar la injustificada imagen mesiánica de su líder. A esto hay que sumarle un descarado abstencionismo del 60% que insinúa que la mayoría de los colombianos no creen en la democracia representativa.

¿Qué hacer ante un panorama tan desalentador?

Con las reiteradas desilusiones viene una cierta sabiduría, una conciencia práctica que conduce a que las decisiones se tomen buscando maximizar los escasos beneficios que una situación sub-óptima ofrece. Por eso no voy a abogar por el total abstencionismo para la segunda vuelta.

Podría decir que es el momento de acabar con el espectáculo circense de las elecciones en Colombia: si a nadie lo convencen los candidatos que quedaron, que nadie salga a votar por ellos. Podría decir que ésta es la oportunidad de marcar un precedente de ruptura con la clase política, de repetir ese descalabro de la vieja institucionalidad que representó la Séptima Papeleta: puede que las leyes no digan qué sucede si hay un abstencionismo total en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales pero “el derecho” diría que un acontecimiento semejante debe interpretarse, desde una posición conservadora, como un llamado a que sean otros los que compitan por el solio de Bolívar o, desde una posición más radical, como la terminación de la democracia colombiana como la conocemos para darle paso a nuevas formas de participación popular. Lo diría si no supiera que este mensaje solo sería bien recibido entre los que votamos por Clara y los que votaron por Peñalosa. Es decir: entre los que salimos derrotados ayer. Los uribistas, saboreando ya el poder que  pueden retomar de manera definitiva, van a salir a votar en hordas. Eso no lo cambia nadie.

Descartado el abstencionismo por ser sumamente idealista, y teniendo en cuenta que el voto en blanco no tiene la vocación de impedir que Santos o Zuluaga sean elegidos, queda la opción de votar por algo y en contra de algo. Yo votaré por las negociaciones de paz con las FARC tal y como se han adelantado hasta ahora y votaré en contra del legado uribista.

No voy a votar por “la paz”, porque ésta no será el resultado del diálogo con la guerrilla y me repugna que el presidente-candidato la reduzca a una miope estrategia reeleccionista. Voy a votar porque Colombia necesita que los esfuerzos -grandes o pequeños- por la reconciliación se profundicen, no necesita que se acaben con una orden ejecutiva que empape de sangre los campos para que se pueda sobrevivir en las ciudades. Voy a votar contra las sucias estrategias del uribismo: contra las interceptaciones ilegales de comunicaciones, contra el acceso ilícito a información privilegiada, contra la comodidad con la que se ignora la violencia paramilitar y se desprecian la vida y la institucionalidad con el único propósito de permitirle a un chalán que continúe sosteniendo las riendas.

El próximo 15 de junio, con el corazón un poco roto y la cabeza un poco gacha, con mucha menos esperanza de la que tenía ayer, por miedo y por resignación, como dice Antonio Caballero, votaré por Juan Manuel Santos.

26-05-14

13:26

lunes, 31 de diciembre de 2012

Esto no es un balance

Me parece que acudir a la excusa de diciembre para hacer balances de lo que pasó en el año es un recurso pueril y que las conclusiones que se sustentan en la definición de fronteras temporales tan arbitrarias como la terminación de un año para los eventos que interesan desconocen que en muchos de ellos el decurso de los meses no es relevante. Por eso esto no es un balance, sino una invitación. O dos, dirigidas a distintas clases de románticos.

Quiero hacerlas porque considero que el desgaste de nuestra “democracia” ha llegado a un nivel francamente intolerable. Si bien nuestras intuiciones acerca del elevado abstencionismo pueden ser correctas, a pesar de que en Colombia ha existido tradicionalmente cierta connivencia con fenómenos de corrupción del electorado y sin desconocer que no es nuevo que los representantes de la ciudadanía parecen estar más interesados en obtener beneficios a partir de sus cargos que en servir a un interés general –sea regional o nacional-, en los últimos años he visto cómo la institucionalidad ha ido cediendo ante la, digamos, inmoralidad. No me refiero, por supuesto, a un conjunto de valores definidos a partir de una creencia religiosa. Lo que ha sucedido, creo, es que los valores del Estado Social de Derecho en el que presuntamente vivimos son cada vez más ignorados por quienes deberían garantizar su respeto: los servidores públicos. En particular, los congresistas.

Estos señores no han tenido ningún inconveniente en aprobar reformas constitucionales como la autorización de la reelección presidencial inmediata –con el histórico cohecho de Yidis Medina, ese que cometió sin contraparte- o la fijación de competencias a favor de la justicia penal militar en casi todos los casos en los que un miembro en servicio activo de la fuerza pública atente contra la población que debería proteger. Tampoco le ha pesado al Congreso reelegir a un Procurador corrupto e intolerante, modificar su propio régimen legal para eliminar el conflicto de intereses en las votaciones de actos legislativos –fue la Corte Constitucional quien acabó con este adefesio recientemente-, reformar la administración de justicia en un intercambio de prebendas con varios magistrados o hundir el mismo acto legislativo en sesiones convocadas de manera irregular. ¿Qué hacer cuando quienes, en teoría, nos representan deciden todo a nuestras espaldas?

La primera invitación es al abstencionismo. A veces pienso que depositar un tarjetón en la urna no es sino una formalidad parecida a la imposición de un sello notarial en una copia que, por ese solo rito, se convierte en un documento auténtico. Dejar de votar en las elecciones de nuestros “representantes” significaría que no vamos a seguir legitimando su actuación, que nos cansamos de consentir sus atropellos y que denunciamos las fallas de un sistema en el que son sus intereses, no los nuestros, los que definen las políticas públicas que afectan a todos los asociados. De esta manera nos lavaríamos las manos, diríamos que lo que sucede en el Capitolio no es responsabilidad nuestra. Puede que lleguemos a ver a los “honorables” congresistas estableciendo posiciones vitalicias en el Salón Elíptico para seguir manteniendo el falso velo de legalidad con el que cubren sus tramposos actos pero, al menos, dejaríamos de ser sus cómplices. Es una invitación dirigida a los románticos decepcionados. A esos que se cansaron de creer en el cambio y prefieren soltar su extremo de la soga antes de caer en el barro.

La segunda es para los verdaderamente románticos, esos que creen que es posible coger una institución clásica como la democracia -que seguramente no entendemos correctamente- y hacerla funcionar. Esos que buscan la virtud en tiempos colmados de héroes y hazañas. Es, sin embargo, una idea sencilla. Hay que lograr que la gente en Colombia vote bien, que reconozca el poder que tiene su participación y que lo use de manera adecuada: Castigando a los servidores corruptos, ineficientes, intolerantes, lagartos, clientelistas, a esos que se sostienen por gracia de las lechonas que comparten en año nuevo y los bultos de cemento que nunca alcanzan para terminar las obras en los pueblos, pero que dan ellos. Dejando de votar por políticos vinculados con paramilitares, ex paramilitares, bandas criminales, narcotraficantes, monopolistas del chance, delincuentes. Premiando, en cambio, a los congresistas transparentes, rectos, comprometidos con las bases ideológicas de sus partidos –si es que queda uno que las tenga-, responsables ante su electorado. Esos que se preocupan por el control político, por las necesidades de la ciudadanía y por el uso del poder más que por el poder mismo.

Hay que votar con base en resultados –y no medirlos con indicadores tan desacertados como el número de proyectos de ley aprobados en una legislatura-, no a partir de promesas. Hay que abandonar el estupro electoral.

Esta última invitación es algo ingenua. Supone que la gente se interese por las elecciones, que conozca el desempeño de los candidatos y que, llegado el momento de elegir, deje a un lado sus intereses individuales a favor de lo que beneficiaría a toda la comunidad. Esto es muy difícil de conseguir en un país con tan altos niveles de inequidad y con tantas necesidades básicas insatisfechas. Sin embargo, y aquí está lo verdaderamente romántico, creo que votar así –dejando a un lado los techos de zinc que necesito con tanta urgencia y quitándole el voto al cacique- sería un actitud que terminaría beneficiando a quien la adopta en el largo plazo. ¿No será posible que la distribución sea más eficiente si el encargado de los recursos deja de emplearlos para seguir a flote y empieza a trabajar por atender nuestras necesidades con ellos?

Revocando al Congreso no vamos a lograr nada. Quienes debemos cambiar somos los electores.

31-12-12
15:29