lunes, 31 de diciembre de 2012

Esto no es un balance

Me parece que acudir a la excusa de diciembre para hacer balances de lo que pasó en el año es un recurso pueril y que las conclusiones que se sustentan en la definición de fronteras temporales tan arbitrarias como la terminación de un año para los eventos que interesan desconocen que en muchos de ellos el decurso de los meses no es relevante. Por eso esto no es un balance, sino una invitación. O dos, dirigidas a distintas clases de románticos.

Quiero hacerlas porque considero que el desgaste de nuestra “democracia” ha llegado a un nivel francamente intolerable. Si bien nuestras intuiciones acerca del elevado abstencionismo pueden ser correctas, a pesar de que en Colombia ha existido tradicionalmente cierta connivencia con fenómenos de corrupción del electorado y sin desconocer que no es nuevo que los representantes de la ciudadanía parecen estar más interesados en obtener beneficios a partir de sus cargos que en servir a un interés general –sea regional o nacional-, en los últimos años he visto cómo la institucionalidad ha ido cediendo ante la, digamos, inmoralidad. No me refiero, por supuesto, a un conjunto de valores definidos a partir de una creencia religiosa. Lo que ha sucedido, creo, es que los valores del Estado Social de Derecho en el que presuntamente vivimos son cada vez más ignorados por quienes deberían garantizar su respeto: los servidores públicos. En particular, los congresistas.

Estos señores no han tenido ningún inconveniente en aprobar reformas constitucionales como la autorización de la reelección presidencial inmediata –con el histórico cohecho de Yidis Medina, ese que cometió sin contraparte- o la fijación de competencias a favor de la justicia penal militar en casi todos los casos en los que un miembro en servicio activo de la fuerza pública atente contra la población que debería proteger. Tampoco le ha pesado al Congreso reelegir a un Procurador corrupto e intolerante, modificar su propio régimen legal para eliminar el conflicto de intereses en las votaciones de actos legislativos –fue la Corte Constitucional quien acabó con este adefesio recientemente-, reformar la administración de justicia en un intercambio de prebendas con varios magistrados o hundir el mismo acto legislativo en sesiones convocadas de manera irregular. ¿Qué hacer cuando quienes, en teoría, nos representan deciden todo a nuestras espaldas?

La primera invitación es al abstencionismo. A veces pienso que depositar un tarjetón en la urna no es sino una formalidad parecida a la imposición de un sello notarial en una copia que, por ese solo rito, se convierte en un documento auténtico. Dejar de votar en las elecciones de nuestros “representantes” significaría que no vamos a seguir legitimando su actuación, que nos cansamos de consentir sus atropellos y que denunciamos las fallas de un sistema en el que son sus intereses, no los nuestros, los que definen las políticas públicas que afectan a todos los asociados. De esta manera nos lavaríamos las manos, diríamos que lo que sucede en el Capitolio no es responsabilidad nuestra. Puede que lleguemos a ver a los “honorables” congresistas estableciendo posiciones vitalicias en el Salón Elíptico para seguir manteniendo el falso velo de legalidad con el que cubren sus tramposos actos pero, al menos, dejaríamos de ser sus cómplices. Es una invitación dirigida a los románticos decepcionados. A esos que se cansaron de creer en el cambio y prefieren soltar su extremo de la soga antes de caer en el barro.

La segunda es para los verdaderamente románticos, esos que creen que es posible coger una institución clásica como la democracia -que seguramente no entendemos correctamente- y hacerla funcionar. Esos que buscan la virtud en tiempos colmados de héroes y hazañas. Es, sin embargo, una idea sencilla. Hay que lograr que la gente en Colombia vote bien, que reconozca el poder que tiene su participación y que lo use de manera adecuada: Castigando a los servidores corruptos, ineficientes, intolerantes, lagartos, clientelistas, a esos que se sostienen por gracia de las lechonas que comparten en año nuevo y los bultos de cemento que nunca alcanzan para terminar las obras en los pueblos, pero que dan ellos. Dejando de votar por políticos vinculados con paramilitares, ex paramilitares, bandas criminales, narcotraficantes, monopolistas del chance, delincuentes. Premiando, en cambio, a los congresistas transparentes, rectos, comprometidos con las bases ideológicas de sus partidos –si es que queda uno que las tenga-, responsables ante su electorado. Esos que se preocupan por el control político, por las necesidades de la ciudadanía y por el uso del poder más que por el poder mismo.

Hay que votar con base en resultados –y no medirlos con indicadores tan desacertados como el número de proyectos de ley aprobados en una legislatura-, no a partir de promesas. Hay que abandonar el estupro electoral.

Esta última invitación es algo ingenua. Supone que la gente se interese por las elecciones, que conozca el desempeño de los candidatos y que, llegado el momento de elegir, deje a un lado sus intereses individuales a favor de lo que beneficiaría a toda la comunidad. Esto es muy difícil de conseguir en un país con tan altos niveles de inequidad y con tantas necesidades básicas insatisfechas. Sin embargo, y aquí está lo verdaderamente romántico, creo que votar así –dejando a un lado los techos de zinc que necesito con tanta urgencia y quitándole el voto al cacique- sería un actitud que terminaría beneficiando a quien la adopta en el largo plazo. ¿No será posible que la distribución sea más eficiente si el encargado de los recursos deja de emplearlos para seguir a flote y empieza a trabajar por atender nuestras necesidades con ellos?

Revocando al Congreso no vamos a lograr nada. Quienes debemos cambiar somos los electores.

31-12-12
15:29

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