Quiero hacerlas porque considero que el
desgaste de nuestra “democracia” ha llegado a un nivel francamente intolerable.
Si bien nuestras intuiciones acerca del elevado abstencionismo pueden ser
correctas, a pesar de que en Colombia ha existido tradicionalmente cierta
connivencia con fenómenos de corrupción del electorado y sin desconocer que no
es nuevo que los representantes de la ciudadanía parecen estar más interesados
en obtener beneficios a partir de sus cargos que en servir a un interés general
–sea regional o nacional-, en los últimos años he visto cómo la
institucionalidad ha ido cediendo ante la, digamos, inmoralidad. No me refiero,
por supuesto, a un conjunto de valores definidos a partir de una creencia
religiosa. Lo que ha sucedido, creo, es que los valores del Estado Social de
Derecho en el que presuntamente vivimos son cada vez más ignorados por quienes
deberían garantizar su respeto: los servidores públicos. En particular, los
congresistas.
Estos señores no han tenido ningún
inconveniente en aprobar reformas constitucionales como la autorización de la
reelección presidencial inmediata –con el histórico cohecho de Yidis Medina,
ese que cometió sin contraparte- o la fijación de competencias a favor de la
justicia penal militar en casi todos los casos en los que un miembro en
servicio activo de la fuerza pública atente contra la población que debería
proteger. Tampoco le ha pesado al Congreso reelegir a un Procurador corrupto e
intolerante, modificar su propio régimen legal para eliminar el conflicto de
intereses en las votaciones de actos legislativos –fue la Corte Constitucional
quien acabó con este adefesio recientemente-, reformar la administración de
justicia en un intercambio de prebendas con varios magistrados o hundir el
mismo acto legislativo en sesiones convocadas de manera irregular. ¿Qué hacer cuando
quienes, en teoría, nos representan deciden todo a nuestras espaldas?
La primera invitación es al
abstencionismo. A veces pienso que depositar un tarjetón en la urna no es sino
una formalidad parecida a la imposición de un sello notarial en una copia que,
por ese solo rito, se convierte en un documento auténtico. Dejar de votar en
las elecciones de nuestros “representantes” significaría que no vamos a seguir
legitimando su actuación, que nos cansamos de consentir sus atropellos y que
denunciamos las fallas de un sistema en el que son sus intereses, no los
nuestros, los que definen las políticas públicas que afectan a todos los
asociados. De esta manera nos lavaríamos las manos, diríamos que lo que sucede
en el Capitolio no es responsabilidad nuestra. Puede que lleguemos a ver a los “honorables”
congresistas estableciendo posiciones vitalicias en el Salón Elíptico para
seguir manteniendo el falso velo de legalidad con el que cubren sus tramposos
actos pero, al menos, dejaríamos de ser sus cómplices. Es una invitación
dirigida a los románticos decepcionados. A esos que se cansaron de creer en el
cambio y prefieren soltar su extremo de la soga antes de caer en el barro.
La segunda es para los verdaderamente
románticos, esos que creen que es posible coger una institución clásica como la
democracia -que seguramente no entendemos correctamente- y hacerla funcionar. Esos
que buscan la virtud en tiempos colmados de héroes y hazañas. Es, sin embargo,
una idea sencilla. Hay que lograr que la gente en Colombia vote bien, que
reconozca el poder que tiene su participación y que lo use de manera adecuada:
Castigando a los servidores corruptos, ineficientes, intolerantes, lagartos,
clientelistas, a esos que se sostienen por gracia de las lechonas que comparten
en año nuevo y los bultos de cemento que nunca alcanzan para terminar las obras
en los pueblos, pero que dan ellos. Dejando de votar por políticos vinculados
con paramilitares, ex paramilitares, bandas criminales, narcotraficantes,
monopolistas del chance, delincuentes. Premiando, en cambio, a los congresistas
transparentes, rectos, comprometidos con las bases ideológicas de sus partidos –si
es que queda uno que las tenga-, responsables ante su electorado. Esos que se
preocupan por el control político, por las necesidades de la ciudadanía y por
el uso del poder más que por el poder mismo.
Hay que votar con base en resultados –y no
medirlos con indicadores tan desacertados como el número de proyectos de ley
aprobados en una legislatura-, no a partir de promesas. Hay que abandonar el
estupro electoral.
Esta última invitación es algo ingenua.
Supone que la gente se interese por las elecciones, que conozca el desempeño de
los candidatos y que, llegado el momento de elegir, deje a un lado sus
intereses individuales a favor de lo que beneficiaría a toda la comunidad. Esto
es muy difícil de conseguir en un país con tan altos niveles de inequidad y con
tantas necesidades básicas insatisfechas. Sin embargo, y aquí está lo
verdaderamente romántico, creo que votar así –dejando a un lado los techos de
zinc que necesito con tanta urgencia y quitándole el voto al cacique- sería un
actitud que terminaría beneficiando a quien la adopta en el largo plazo. ¿No
será posible que la distribución sea más eficiente si el encargado de los
recursos deja de emplearlos para seguir a flote y empieza a trabajar por
atender nuestras necesidades con ellos?
Revocando al Congreso no vamos a lograr
nada. Quienes debemos cambiar somos los electores.
31-12-12
15:29
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