miércoles, 5 de diciembre de 2012

Servicio Ejecutivo

La mañana estaba fría, había mucho tráfico y yo estaba trasnochado y con hambre. Me desperté a las cuatro de la mañana, me enjuagué la cara en el lavadero y me puse el uniforme de la empresa sin ganas. Estaba mamado de los años que se notaban en el cuello y en los puños de la camisa blanca a rayas verdes, de la desteñida corbata roja, de mi quijada que parecía papel de lija. Cuando era chiquito soñaba con ser futbolista, jugaba con mis amigos en la cancha de arena que había en el barrio, llegaba sudoroso y contento a mi casa. Mi mamá veía mi cara tras las pequeñas costras de tierra y me sonreía antes de decirme que fuera a bañarme porque olía como un bulto de cebollas. Esos proyectos infantiles quedaron atrás cuando tuve mi primer chino a los dieciséis años. Ahí tocó empezar a buscar plata. La compañía de transportes fue la única que me dio camello. Comencé recibiendo las monedas de un pasaje de quinientos pesos y terminé siendo el conductor de una ruta de mil cuatrocientos cincuenta. Nunca compré un par de guayos. Ahora tenía puestos unos zapatos viejos y sin embolar de cuero negro. Uno estaba apoyado en el freno, el otro estaba cerca al clutch esperando a que se pusiera en verde. Mientras el bus estaba quieto frente al semáforo miré el espejo y noté que alguien se estaba montando por la puerta de atrás. Intenté cerrarla pero ya era tarde. “Qué mamera estos malparidos desechables”, me dije.

“Muchas gracias señor conductor” fue lo único que me salió de la boca cuando noté que había querido cerrarme la puerta en la cara. Luego de eso caminé hacia el vidrio que separaba la cabina del resto del bus, me volteé y noté que nadie me miraba. “Ignorado como siempre”, pensé. Igual tenía que hablarle a ese montón de extraños que estaban más interesados en el reflejo de sus narices en el cristal que en mi angustia. “Buenos días, damas y caballeros…” Hice una pausa esperando que me contestaran. Solo se oyeron cuchicheos entre los pasajeros. Luego les conté mi historia a punto de ponerme a berriar: Un viejo que había perdido su trabajo por un accidente, desesperado y con una hija a punto de morirse hacía una semana en un hospital que se negaba a atenderla si yo no le daba plata. Lo de siempre, pensarían algunos. Una estafa. De nada servían las fotocopias que le había sacado a la historia clínica, la receta del doctor y la tarjeta de identidad de mi chinita. “Si quieren confirmen, acá traigo los papeles. Mi niña está en la cama cuatrocientos doce del hospital de Meissen”, supliqué.

“Dios bendiga a la persona de buen corazón que me quiera colaborar. Vea, ustedes no saben lo que es tener a un hijo muriéndose”, dijo el señor que estaba parado en el pasillo del bus. Yo me había quitado los audífonos cuando se subió para que no sintiera que lo estaba ignorando. Igual no le puse mucho cuidado a lo que dijo. El viejo estaba triste pero nadie le dio una sola moneda mientras caminaba hacia mi puesto. Revisé rápidamente mi bolsillo y encontré un billete arrugado de mil pesos. Se lo di. “Gracias, mi Dios me lo bendiga, joven”, me miró un rato con una mueca triste en la cara. Qué foco ese man ahí viéndome, yo solo le di la plata para que no se bajara sin un peso. Da embarrada ver a tanta gente jodida en este país sin que alguien haga algo por ellos. El anciano se bajó del bus apenas pudo y yo volví a ponerme los audífonos. “Ufff, está canción es buenísima”, la devolví para escucharla completa y me puse a imitar los gestos de un baterista. Entonces sentí que alguien se había sentado a mi lado. Miré hacia la derecha. “Wow, qué mamacita”. Fijo me puse rojísimo cuando la vi porque sentí que las mejillas se me pusieron calientes. Pero es que estaba muy buena: Monita, de ojos azules, flaquita, con buenas tetas, como me gustan. Como que la vieja se dio cuenta de que la estaba mirando y entonces decidí voltearme hacia la ventana. Me quedé embobado viendo los carros que iban por la Séptima.

“Es lindo”, reflexioné cuando me miró. Me causó gracia que estuviera moviendo los brazos como un loco y creo que le dio pena notar que me di cuenta de ese gesto infantil porque apoyó inmediatamente su cabeza en la ventana. Miré mi reloj y me angustié porque iba veinte minutos tarde a la universidad y tenía un final. Saqué un cuaderno y me puse a revisar apuntes para quitarme los nervios, “Hay tres categorías de derechos: los políticos, los sociales y culturales y los colectivos, todos los colombianos somos libres e iguales ante la ley y tenemos los mismos derechos”. Iba leyendo y pensaba en que, jueputa, qué mentira tan grande. “Permiso”, me dijo el tipo que estaba sentado a mi lado. Giré las piernas hacia el pasillo y él pasó. Me miró las tetas y caminó hasta el timbre. “Imbécil”, murmuré. Cuando se bajó oí pasos acelerados por las escaleras del bus. “Otro vendedor de dulces, qué pereza”.

Vi que no venía gente parada en el bus y le chiflé al socio para que lo parara. Aproveché que había un pelado bajándose y me metí por la puerta de atrás mientras mi amigo subió y pagó el pasaje, haciéndose el güevón. Un trabajito fácil. “Bueno, no se me mareen. Nos pasan los celulares, los relojes y todos tan contentos”, dije mostrándoles un revólver a los pasajeros. Qué iban a saber esos maricas que no tenía ni una bala. “Usted también, monita” le dije a una hembrita como linda que tenía un cuaderno sobre las piernas. “No me llore, que se ve feíta, colabórenos y ya”, le dije encañonándola. Cuando la gente metió las cositas en una bolsa negra mi socio y yo salimos corriendo del bus, nos atravesamos unas calles a toda loca y nos escondimos detrás de una caneca de las grandes de metal. Con lo que nos dieron nos alcanzaba para comer varios días. De pronto hasta para ir a donde las putas.

El bus siguió su camino, llenándose y vaciándose de toda clase de gente. El sol se hizo más rojo sobre sus latas oxidadas y retorcidas, pronto las luces de otros vehículos lo alumbraron mientras recogía sus pasos hasta volver al paradero. El chofer se bajó agotado y de mal genio, caminó hasta su casa y apenas esbozó una sutil sonrisa al ver a su compañera de toda la vida. Luego se fue a la cama, impasible. Esa misma noche dos ladrones fueron capturados por la policía mientras zigzagueaban borrachos por una calle, un joven llegó a escribir un cuento que nadie leería, una muchacha lloró un examen perdido por los nervios y la niña de la cama cuatrocientos doce murió en los brazos de un señor desesperado que apretaba con impotencia un billete de mil pesos. 

05-12-12
12:00

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