La mañana estaba fría, había mucho
tráfico y yo estaba trasnochado y con hambre. Me desperté a las cuatro de la
mañana, me enjuagué la cara en el lavadero y me puse el uniforme de la empresa
sin ganas. Estaba mamado de los años que se notaban en el cuello y en los puños
de la camisa blanca a rayas verdes, de la desteñida corbata roja, de mi quijada
que parecía papel de lija. Cuando era chiquito soñaba con ser futbolista,
jugaba con mis amigos en la cancha de arena que había en el barrio, llegaba
sudoroso y contento a mi casa. Mi mamá veía mi cara tras las pequeñas costras
de tierra y me sonreía antes de decirme que fuera a bañarme porque olía como un
bulto de cebollas. Esos proyectos infantiles quedaron atrás cuando tuve mi
primer chino a los dieciséis años. Ahí tocó empezar a buscar plata. La compañía
de transportes fue la única que me dio camello. Comencé recibiendo las monedas
de un pasaje de quinientos pesos y terminé siendo el conductor de una ruta de
mil cuatrocientos cincuenta. Nunca compré un par de guayos. Ahora tenía puestos
unos zapatos viejos y sin embolar de cuero negro. Uno estaba apoyado en el
freno, el otro estaba cerca al clutch esperando a que se pusiera en verde.
Mientras el bus estaba quieto frente al semáforo miré el espejo y noté que alguien
se estaba montando por la puerta de atrás. Intenté cerrarla pero ya era tarde.
“Qué mamera estos malparidos desechables”, me dije.
“Muchas gracias señor conductor” fue lo
único que me salió de la boca cuando noté que había querido cerrarme la puerta
en la cara. Luego de eso caminé hacia el vidrio que separaba la cabina del
resto del bus, me volteé y noté que nadie me miraba. “Ignorado como siempre”,
pensé. Igual tenía que hablarle a ese montón de extraños que estaban más
interesados en el reflejo de sus narices en el cristal que en mi angustia.
“Buenos días, damas y caballeros…” Hice una pausa esperando que me contestaran.
Solo se oyeron cuchicheos entre los pasajeros. Luego les conté mi historia a
punto de ponerme a berriar: Un viejo que había perdido su trabajo por un
accidente, desesperado y con una hija a punto de morirse hacía una semana en un
hospital que se negaba a atenderla si yo no le daba plata. Lo de siempre,
pensarían algunos. Una estafa. De nada servían las fotocopias que le había
sacado a la historia clínica, la receta del doctor y la tarjeta de identidad de
mi chinita. “Si quieren confirmen, acá traigo los papeles. Mi niña está en la
cama cuatrocientos doce del hospital de Meissen”, supliqué.
“Dios bendiga a la persona de buen
corazón que me quiera colaborar. Vea, ustedes no saben lo que es tener a un
hijo muriéndose”, dijo el señor que estaba parado en el pasillo del bus. Yo me
había quitado los audífonos cuando se subió para que no sintiera que lo estaba
ignorando. Igual no le puse mucho cuidado a lo que dijo. El viejo estaba triste
pero nadie le dio una sola moneda mientras caminaba hacia mi puesto. Revisé
rápidamente mi bolsillo y encontré un billete arrugado de mil pesos. Se lo di.
“Gracias, mi Dios me lo bendiga, joven”, me miró un rato con una mueca triste
en la cara. Qué foco ese man ahí viéndome, yo solo le di la plata para que no
se bajara sin un peso. Da embarrada ver a tanta gente jodida en este país sin
que alguien haga algo por ellos. El anciano se bajó del bus apenas pudo y yo volví
a ponerme los audífonos. “Ufff, está canción es buenísima”, la devolví para
escucharla completa y me puse a imitar los gestos de un baterista. Entonces
sentí que alguien se había sentado a mi lado. Miré hacia la derecha. “Wow, qué
mamacita”. Fijo me puse rojísimo cuando la vi porque sentí que las mejillas se
me pusieron calientes. Pero es que estaba muy buena: Monita, de ojos azules,
flaquita, con buenas tetas, como me gustan. Como que la vieja se dio cuenta de
que la estaba mirando y entonces decidí voltearme hacia la ventana. Me quedé
embobado viendo los carros que iban por la Séptima.
“Es lindo”, reflexioné cuando me miró.
Me causó gracia que estuviera moviendo los brazos como un loco y creo que le
dio pena notar que me di cuenta de ese gesto infantil porque apoyó
inmediatamente su cabeza en la ventana. Miré mi reloj y me angustié porque iba
veinte minutos tarde a la universidad y tenía un final. Saqué un cuaderno y me
puse a revisar apuntes para quitarme los nervios, “Hay tres categorías de derechos:
los políticos, los sociales y culturales y los colectivos, todos los
colombianos somos libres e iguales ante la ley y tenemos los mismos derechos”.
Iba leyendo y pensaba en que, jueputa, qué mentira tan grande. “Permiso”, me
dijo el tipo que estaba sentado a mi lado. Giré las piernas hacia el pasillo y
él pasó. Me miró las tetas y caminó hasta el timbre. “Imbécil”, murmuré. Cuando
se bajó oí pasos acelerados por las escaleras del bus. “Otro vendedor de
dulces, qué pereza”.
Vi que no venía gente parada en el bus y
le chiflé al socio para que lo parara. Aproveché que había un pelado bajándose
y me metí por la puerta de atrás mientras mi amigo subió y pagó el pasaje,
haciéndose el güevón. Un trabajito fácil. “Bueno, no se me mareen. Nos pasan
los celulares, los relojes y todos tan contentos”, dije mostrándoles un
revólver a los pasajeros. Qué iban a saber esos maricas que no tenía ni una
bala. “Usted también, monita” le dije a una hembrita como linda que tenía un
cuaderno sobre las piernas. “No me llore, que se ve feíta, colabórenos y ya”,
le dije encañonándola. Cuando la gente metió las cositas en una bolsa negra mi
socio y yo salimos corriendo del bus, nos atravesamos unas calles a toda loca y
nos escondimos detrás de una caneca de las grandes de metal. Con lo que nos
dieron nos alcanzaba para comer varios días. De pronto hasta para ir a donde
las putas.
El bus siguió su camino, llenándose y
vaciándose de toda clase de gente. El sol se hizo más rojo sobre sus latas
oxidadas y retorcidas, pronto las luces de otros vehículos lo alumbraron
mientras recogía sus pasos hasta volver al paradero. El chofer se bajó agotado
y de mal genio, caminó hasta su casa y apenas esbozó una sutil sonrisa al ver a
su compañera de toda la vida. Luego se fue a la cama, impasible. Esa misma
noche dos ladrones fueron capturados por la policía mientras zigzagueaban
borrachos por una calle, un joven llegó a escribir un cuento que nadie leería,
una muchacha lloró un examen perdido por los nervios y la niña de la cama
cuatrocientos doce murió en los brazos de un señor desesperado que apretaba con
impotencia un billete de mil pesos.
05-12-12
12:00
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