"Valentina por Valiente y todos saben que los valientes van a Gryffindor".
La exploración espacial fue uno de los mayores intereses de mi infancia. En mi tiempo libre intercalaba la lectura de Antoine de Saint-Exupéry con relatos sencillos sobre la carrera hacia las estrellas y los lanzamientos de satélites, canes soviéticos y seres humanos más allá de nuestro cielo. Conocía los datos de las misiones Apollo y de la llegada a la Luna. Soñaba con ser astronauta.
La
vida fue alejándome lentamente de esas aspiraciones inocentes y puras,
transformándolas en curiosidades más terrenales. Me convertí en alguien que se
interesó en las personas que habitan este planeta, en sus interacciones y la
regulación de las mismas, no en orbitar a más de sesenta kilómetros sobre sus
cabezas. Sin embargo, mi admiración por aquellos hombres y mujeres de ciencia
que se dedican a empujar los límites de nuestra comprensión del universo se
mantuvo intacta. Por esa razón, cualquier referencia a su trabajo, a sus logros
y a sus vidas continúa emocionándome.
En
ocasiones, basta un nombre para conmoverme. Un nombre como Valentina.
Cuando
me dijo que sus papás habían decidido bautizarla así en honor a la primera
mujer que viajó al espacio supe que había algo especial en ella. En ese
momento, yo vivía en La Haya – a más de ocho mil kilómetros de distancia de
Armenia. Sin embargo, la sentí cercana y disponible desde el primer momento.
Nos empezamos a conocer con un juego de preguntas que duró varios días. Después
de eso, nuestras interacciones se fueron convirtiendo en parte de mi
cotidianidad. Aprendí a verla a través de las rendijas, a disfrutar con el
deleite que le producían las cosas pequeñas como recoger guayabas y morderlas,
jugar con Paco, salir a correr con su hermano o escuchar una canción bonita. Me
enteraba de sus viajes por carretera, de su tesis sobre el crimen de agresión,
de los pasteles que se comía sin remordimiento, de la vez que se sintió
inadecuada –aunque también algo orgullosa- por pedir agua de panela en un club
social. Ella lograba sintetizar todo el sentido de la vida en esos detalles que
yo tantas veces dejo pasar desapercibidos, tenía un gozo cierto y contagioso, una forma dulce de aproximarse a la existencia y de hacerla
placentera para ella y para todo aquél que se atravesara en su camino.
Por
mi fascinación con el espacio y las razones detrás de su nombre, yo empecé a
decirle “Cosmonauta”. Así se quedó. En alguna ocasión me dijo que era la forma
más linda en la que alguien se hubiera referido a ella y llenó mi corazón de
gozo, del orgullo de un niño de primaria al que le ponen una carita feliz en la
tarea. Fue ahí cuando realmente me domesticó: "... si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí únic[a] en el mundo, yo seré para ti único en el mundo".
Desde
mi regreso a Colombia anhelé verla pero distintas circunstancias impidieron que
nuestros planes de encontrarnos se concretaran en más de una ocasión. Sin
embargo, recibir sus palabras, sus caritas felices invertidas [ (: ], sus
ocasionales notas de voz, era suficiente para mí. En especial cuando me enteré
de su enfermedad. Por meses la vi luchando, aferrándose a la vida, quitándole importancia a sus padecimientos y enfocándose en lo que amaba: su familia, sus amigos, sus mascotas, la lectura y la música, los días en los que
una transfusión de sangre la llenaba de energía renovada.
Salió
victoriosa.
Por un breve período, su vida regresó a un estado parecido a la normalidad. A pesar de
la debilidad que había sido causada por su tratamiento, ella me contaba de sus
esfuerzos por hacer ejercicio, de los paseos que hacía con cierta dificultad
con tal de estar con la gente que la quería y de sus proyectos para el futuro.
Ya no hablaba de los sueños a largo plazo, como tener una floristería o
volverse wedding planner, sino de
pequeños deseos cotidianos: recibir el visto bueno de sus médicos para venir a
Bogotá, irse un mes a Israel a un seminario, empezar una especialización,
celebrar nuestra llegada al mundo un día cualquiera, definido arbitrariamente
por los dos –ella nunca me dijo qué día de marzo era su cumpleaños, pero yo
aposté por el 7-. El plan era compartir una botella de pisco que me trajo una
amiga de Perú en septiembre de 2014.
Todo
ese horizonte de expectativas se deshizo un viernes, cuando me dijo que el
cáncer había regresado y que tenía 30% de posibilidades de seguir con vida. Treinta por
ciento. Treinta de cada cien personas en su posición sobrevivirían. Yo quise
hacerle trampa a los números, reduciendo el conjunto de cien a diez personas y
pensando que era razonable esperar que una mujer como Valentina fuera una de las tres que seguirían con vida en ese grupo. Le dije
que sabía que era una posibilidad pequeña pero que existía, que tuviera fe en
que todo iba a salir bien.
“Yo
perdí la fe con las primeras quimios”, me respondió, “pero compré un vestido bonito
y quiero ponérmelo. Esa es mi motivación”.
Con
el paso de los días, noté un cambio sutil pero diciente en su actitud. Cuando le
preguntaba cómo estaba, ella decía: “aguantando”, como si supiera que estaba alcanzando
el límite. Al percibirlo, intenté animarla recordándole que era ella quien nos daba
fuerza y no al revés. Le dije que era como Rocky Balboa y que tenía que subirse
al ring y “darle en la jeta a ese comunista hijueputa”. Se rio, me dijo loco y
yo le confirmé que siempre lo había
sido. “Lo sospeché desde un principio”.
La
última conversación que tuve con ella fue el día de mi cumpleaños: “S Dneom
Rozdenya”, escribió. “Dímelo”, le pedí. “Me sale bonito pero no tengo voz”. A
pesar de sentir una tristeza aplacadora, le dije confiadamente que de regalo de cumpleaños quería que pronunciara esas palabras cuando la
recuperara. “Me sales barato”, replicó.
El 13 de mayo quise saludarla:
“Cos
mo nau ta
Bo
ni ta”.
Dos
flechas azules aparecieron en el margen inferior derecho del mensaje de texto.
Después vino el silencio.
Hoy
hace una semana me enteré de que mi Cosmonauta se había ido. El lunes en la
mañana me desperté seguro de que ella estaba bien: La noche anterior había
venido a mí en un sueño, diciéndome que estaba feliz porque al fin iba a salir
del hospital. Se despidió con un beso en la mejilla y la vi caminando hacia un
jardín decorado con flores blancas y rosadas. Cuando Julián escribió: “le tengo
malas noticias”, pensé que iba a emboscarme con alguna nimiedad.
“Valentina
se murió”.
Su
partida ha causado una revolución reservada pero violenta en mi interior, sacando
del espeso cinismo que me había consumido los vestigios de un Santiago que yo
ya no reconocía: uno que ama, que guarda silencio, que llora pero no grita, que reflexiona y agradece eternamente la oportunidad de haberla conocido, uno que la llevará en su
corazón por el resto de su vida. En esta semana he cuestionado la idea de la muerte como el fin irrevocable de la existencia y ahora le doy lugar al convencimiento de que nuestra experiencia continuará más allá del último latido de nuestros corazones, he sentido la presencia de Valentina en lo más profundo de mi ser, he apreciado magnitudes desconocidas del amor. Estos días me han hecho más humilde, me han enseñado a perdonar y me han inspirado a seguir siempre, como lo hizo ella.
Valentina era un árbol bello y frondoso. Ahora es una semilla que se incrustó en mi pecho –en muchos pechos-.
Valentina era un árbol bello y frondoso. Ahora es una semilla que se incrustó en mi pecho –en muchos pechos-.
Es,
también, una exploradora del cosmos que ha decidido dejar la cápsula que la
tenía atrapada, una Cosmonauta que vuela libre a través de las dimensiones, que
está aquí, allá y en todas partes.
Te amo, Cosmonauta. Nos vemos en casa.
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