Hace cuatro años sentí por primera vez la
frustración de ver victorioso a un candidato presidencial que repudiaba en
carne propia. La derrota de Antanas Mockus y del cándido movimiento que
bautizamos como “Ola Verde” con la esperanza de que limpiara a Colombia de
politiquería y dejara tierras fértiles para la justicia social, la paz, la
protección del medio ambiente y el respeto a la legalidad fue mi primera tusa
política. Desde mucho antes me oponía a Uribe por razones que no han perdido su
elocuencia pero en 2010 por primera vez deposité un tarjetón electoral con el
anhelo de estar “retomando” el país junto a una miríada de jóvenes y viejos
cansados de vivir en una Colombia que se caía a pedazos. No fue así. Perdimos.
Sin embargo, los primeros meses del gobierno
de Juan Manuel Santos me llenaron de optimismo. Pensé que había estado
equivocado, que el flamante presidente nuevo era mucho más que un uribista al
que no le temblaba la voz al ordenar operaciones militares en territorio extranjero,
usar chalecos del CICR pérfidamente o lanzar insultos a presidentes
latinoamericanos. Con la ley de víctimas y restitución de tierras, la apertura
de diálogos de paz con las FARC y el nombramiento de un gabinete compuesto por
verdaderos tecnócratas, Santos se mostraba como un virtuoso de la política,
como un estadista. También fue un engaño. Cuatro años de explotación minera
desenfrenada, negociación irresponsable de tratados de libre comercio que dejan
a la economía colombiana prácticamente sin ventajas competitivas, una
continuada profundización de la brecha social y una incapacidad absoluta para
lidiar con cada crisis sectorial con la que se ha enfrentado su gobierno
demuestran que el actual presidente armó un castillo de naipes en medio de la
tempestad.
Pero su desplome definitivo,
desafortunadamente, no significará lo que yo esperaba.
Ayer voté por Clara López. Sabía que incluso
si fuera elegida se enfrentaría a un Congreso marcadamente uribista y que, por
esa razón, las enormes promesas de su campaña no eran realizables. Empero, veía
en ella un compromiso franco con las transformaciones que nuestra sociedad
necesita. Deposité mi voto con idealismo, con ingenuidad, como un ciudadano
debería votar siempre. Y, de nuevo, perdí. Perdimos.
Ni Clara ni Enrique Peñalosa –mi segunda
opción- pasaron a segunda vuelta. Nos enfrentamos al escenario más nefasto de
todos: elegir entre un hombre que se ha mostrado incapaz de gobernar a Colombia
por cuatro años y la representación más baja del uribismo: un candidato que
renunció a su propia identidad para usufructuar la injustificada imagen mesiánica
de su líder. A esto hay que sumarle un descarado abstencionismo del 60% que
insinúa que la mayoría de los colombianos no creen en la democracia
representativa.
¿Qué hacer ante un panorama tan desalentador?
Con las reiteradas desilusiones viene una
cierta sabiduría, una conciencia práctica que conduce a que las decisiones se
tomen buscando maximizar los escasos beneficios que una situación sub-óptima
ofrece. Por eso no voy a abogar por el total abstencionismo para la segunda
vuelta.
Podría decir que es el momento de acabar con
el espectáculo circense de las elecciones en Colombia: si a nadie lo convencen
los candidatos que quedaron, que nadie salga a votar por ellos. Podría decir
que ésta es la oportunidad de marcar un precedente de ruptura con la clase
política, de repetir ese descalabro de la vieja institucionalidad que
representó la Séptima Papeleta: puede que las leyes no digan qué sucede si hay
un abstencionismo total en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales
pero “el derecho” diría que un acontecimiento semejante debe interpretarse,
desde una posición conservadora, como un llamado a que sean otros los que
compitan por el solio de Bolívar o, desde una posición más radical, como la
terminación de la democracia colombiana como la conocemos para darle paso a
nuevas formas de participación popular. Lo diría si no supiera que este mensaje
solo sería bien recibido entre los que votamos por Clara y los que votaron por
Peñalosa. Es decir: entre los que salimos derrotados ayer. Los uribistas,
saboreando ya el poder que pueden
retomar de manera definitiva, van a salir a votar en hordas. Eso no lo cambia
nadie.
Descartado el abstencionismo por ser
sumamente idealista, y teniendo en cuenta que el voto en blanco no tiene la vocación
de impedir que Santos o Zuluaga sean elegidos, queda la opción de votar por algo y en contra de algo. Yo votaré por las negociaciones de paz con las
FARC tal y como se han adelantado hasta ahora y votaré en contra del legado
uribista.
No voy a votar por “la paz”, porque ésta no
será el resultado del diálogo con la guerrilla y me repugna que el presidente-candidato
la reduzca a una miope estrategia reeleccionista. Voy a votar porque Colombia
necesita que los esfuerzos -grandes o pequeños- por la reconciliación se profundicen,
no necesita que se acaben con una orden ejecutiva que empape de sangre los
campos para que se pueda sobrevivir en las ciudades. Voy a votar contra las
sucias estrategias del uribismo: contra las interceptaciones ilegales de
comunicaciones, contra el acceso ilícito a información privilegiada, contra la
comodidad con la que se ignora la violencia paramilitar y se desprecian la vida
y la institucionalidad con el único propósito de permitirle a un chalán que
continúe sosteniendo las riendas.
El próximo 15 de junio, con el corazón un
poco roto y la cabeza un poco gacha, con mucha menos esperanza de la que tenía
ayer, por miedo y por resignación, como dice Antonio Caballero, votaré por Juan
Manuel Santos.
26-05-14
13:26
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