No deja de sorprenderme el compromiso de los petristas –porque en Colombia hay que
hacer de cada político un ismo- con
la democracia y la inclusión:
Criticar la manifestación de apoyo al Alcalde después
de su destitución es como extenderles una invitación para que recuerden,
envalentonados, que la protesta es un derecho –gracias, de verdad no tenía ni
idea-. Cuestionar los métodos a través de los cuales se ha mantenido el burgomaestre en su silla es ser miembro
de una ‘élite’ que
le teme a la sociedad civil organizada –la ‘chusma’ de la que solo hablan
quienes se riegan en prosa contra la editorial de Semana- y que reprime la protesta,
venga de donde venga –¿se referirán a la misma ‘élite’ que se apoderó de la marcha
del 4 de febrero de 2008 contra las FARC?-. Señalar las enormes grietas en la
argumentación de Petro, en su visión de la democracia y en su relación con las
instituciones –compartidas por su ejército de simpatizantes-
es sinónimo de fachismo (sic) –no me
canso de decir fachismo ni de ponerle
(sic) al lado-. Para este enorme grupo de ciudadanos, al parecer, la
participación se agota en el plantón[1].
Preocupante.
Hasta ahora, al menos una cosa es clara: Petro no goza
del apoyo unánime de la gente en Bogotá –o en Colombia, o en el mundo, dada su
tendencia a la sobreactuación-. Fue elegido apenas por el 33% de los bogotanos
en edad electoral. Es decir, por menos de 800.000 personas en una ciudad que
alberga casi a ocho millones de habitantes. Las reglas electorales lo permiten,
sí. La elección fue legítima, también. Sin embargo, pensar en el actual Alcalde
como la personificación de la democracia y en su defensa como una causa
histórica no deja de parecerme una caricatura desteñida en la hoja de un
periódico abandonado. Les recuerdo que desde el Palacio de Liévano se hizo un claro
llamado a desconocer una decisión tomada por una autoridad pública y que se
presume legal hasta que un juez diga lo contrario.
Está muy bien que la gente exprese su descontento, que
exija respeto a sus derechos y que controle el ejercicio del poder público, pero
en la confusión que ha caracterizado a las protestas hay tantos intereses
sobrepuestos que es difícil afirmar que la ciudadanía simplemente está oponiéndose a
Ordóñez. Todavía más, si éste fuera el único propósito de los manifestantes, su
protesta sería absolutamente inconducente. La Procuraduría no es un órgano de
representación del pueblo sino una institución que vigila la conducta oficial
de los servidores públicos. Si en algo tiene razón el nefasto encargado del
Ministerio Público es en que su función no es la de actuar según se lo dicte el
aplausómetro. Con esto no quiero decir que esté libre de controles. De hecho, varios
despachos judiciales –unos con argumentos más afortunados que otros- han
considerado que la destitución del Alcalde fue un acto arbitrario y han
ordenado su suspensión. Sencillamente quiero señalar que el compromiso con la
democracia también debe ser un compromiso con la institucionalidad. En otras
palabras: que la ley aplicable hoy nos disguste debe ser una motivación para
modificarla, no para incumplirla –diciendo que ‘no pasarán’, el Alcalde estaba
urgiendo a violar la ley-.
El otro fin que pueden perseguir los ‘progresistas’ es
que Petro se quede. Para eso, como lo reconoció un fallo de tutela en el que no
tuvo absolutamente nada que ver su algarabía, estará la consulta popular del
próximo 2 de marzo[2].
Allí se harán valer los derechos políticos de todos y cada uno podrá votar con
base en sus convicciones –animalistas, gays, señoras refinadas de Rosales y sus
choferes-. En todo caso, no pueden pretender que Petro se quede en su cargo a toda costa. Aún
si se ratificara su mandato en las urnas, la ciudadanía debe entender que la
comisión de una falta disciplinaria no es algo que se excuse con votos.
El llamado a la unanimidad o al silencio, a hacer
parte de las manifestaciones o a no criticarlas, me parece una actitud
lamentable. No hay verdadera democracia sin la posibilidad de disentir, incluso
de aquellos que disienten de algo más. Quienes cierran filas alrededor de Petro
desconocen con una facilidad pasmosa que el derecho no es su derecho y que la democracia no es su democracia. Ésta no se defiende pasándole por encima a sus
instituciones. Por favor dejen de pensar que estamos ante un escenario que
necesita de la ruptura con un ancien régime. Si van a hablar de democracia, ¡tómensela en serio!
29-01-2014
19:20
[1] Entonces Ucrania, con sus
protestas que devienen en tomas de edificios públicos e incendios y sus muertos
en las calles, debe ser la cuna de la democracia.
[2] Esa decisión fue aclamada por el
mismo Alcalde como un triunfo de la democracia. Y era de esperarse, pues lo
favoreció. ¿Qué posición asumirá el camaleónico Petro si el Consejo de Estado
revoca esa sentencia?, ¿nos tendrá sometidos a su trasnochado discurso hasta
que la Corte Constitucional le dé la razón?, ¿y si no lo hace?, ¿nos iremos a
la guerra para que Gustavo se quede en su silla?, ¡qué democrático!
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