miércoles, 29 de enero de 2014

Parte IV: Hipocresía

No deja de sorprenderme el compromiso de los petristas –porque en Colombia hay que hacer de cada político un ismo- con la democracia y la inclusión:

Criticar la manifestación de apoyo al Alcalde después de su destitución es como extenderles una invitación para que recuerden, envalentonados, que la protesta es un derecho –gracias, de verdad no tenía ni idea-. Cuestionar los métodos a través de los cuales se ha mantenido el burgomaestre en su silla es ser miembro de una ‘élite’ que le teme a la sociedad civil organizada –la ‘chusma’ de la que solo hablan quienes se riegan en prosa contra la editorial de Semana- y que reprime la protesta, venga de donde venga –¿se referirán a la misma ‘élite’ que se apoderó de la marcha del 4 de febrero de 2008 contra las FARC?-. Señalar las enormes grietas en la argumentación de Petro, en su visión de la democracia y en su relación con las instituciones –compartidas por su ejército de simpatizantes- es sinónimo de fachismo (sic) –no me canso de decir fachismo ni de ponerle (sic) al lado-. Para este enorme grupo de ciudadanos, al parecer, la participación se agota en el plantón[1]. Preocupante.

Hasta ahora, al menos una cosa es clara: Petro no goza del apoyo unánime de la gente en Bogotá –o en Colombia, o en el mundo, dada su tendencia a la sobreactuación-. Fue elegido apenas por el 33% de los bogotanos en edad electoral. Es decir, por menos de 800.000 personas en una ciudad que alberga casi a ocho millones de habitantes. Las reglas electorales lo permiten, sí. La elección fue legítima, también. Sin embargo, pensar en el actual Alcalde como la personificación de la democracia y en su defensa como una causa histórica no deja de parecerme una caricatura desteñida en la hoja de un periódico abandonado. Les recuerdo que desde el Palacio de Liévano se hizo un claro llamado a desconocer una decisión tomada por una autoridad pública y que se presume legal hasta que un juez diga lo contrario.  

Está muy bien que la gente exprese su descontento, que exija respeto a sus derechos y que controle el ejercicio del poder público, pero en la confusión que ha caracterizado a las protestas hay tantos intereses sobrepuestos que es difícil afirmar que la ciudadanía simplemente está oponiéndose a Ordóñez. Todavía más, si éste fuera el único propósito de los manifestantes, su protesta sería absolutamente inconducente. La Procuraduría no es un órgano de representación del pueblo sino una institución que vigila la conducta oficial de los servidores públicos. Si en algo tiene razón el nefasto encargado del Ministerio Público es en que su función no es la de actuar según se lo dicte el aplausómetro. Con esto no quiero decir que esté libre de controles. De hecho, varios despachos judiciales –unos con argumentos más afortunados que otros- han considerado que la destitución del Alcalde fue un acto arbitrario y han ordenado su suspensión. Sencillamente quiero señalar que el compromiso con la democracia también debe ser un compromiso con la institucionalidad. En otras palabras: que la ley aplicable hoy nos disguste debe ser una motivación para modificarla, no para incumplirla –diciendo que ‘no pasarán’, el Alcalde estaba urgiendo a violar la ley-.

El otro fin que pueden perseguir los ‘progresistas’ es que Petro se quede. Para eso, como lo reconoció un fallo de tutela en el que no tuvo absolutamente nada que ver su algarabía, estará la consulta popular del próximo 2 de marzo[2]. Allí se harán valer los derechos políticos de todos y cada uno podrá votar con base en sus convicciones –animalistas, gays, señoras refinadas de Rosales y sus choferes-. En todo caso, no pueden pretender que Petro se quede en su cargo a toda costa. Aún si se ratificara su mandato en las urnas, la ciudadanía debe entender que la comisión de una falta disciplinaria no es algo que se excuse con votos.

El llamado a la unanimidad o al silencio, a hacer parte de las manifestaciones o a no criticarlas, me parece una actitud lamentable. No hay verdadera democracia sin la posibilidad de disentir, incluso de aquellos que disienten de algo más. Quienes cierran filas alrededor de Petro desconocen con una facilidad pasmosa que el derecho no es su derecho y que la democracia no es su democracia. Ésta no se defiende pasándole por encima a sus instituciones. Por favor dejen de pensar que estamos ante un escenario que necesita de la ruptura con un ancien régime. Si van a hablar de democracia, ¡tómensela en serio!

29-01-2014
19:20



[1] Entonces Ucrania, con sus protestas que devienen en tomas de edificios públicos e incendios y sus muertos en las calles, debe ser la cuna de la democracia.
[2] Esa decisión fue aclamada por el mismo Alcalde como un triunfo de la democracia. Y era de esperarse, pues lo favoreció. ¿Qué posición asumirá el camaleónico Petro si el Consejo de Estado revoca esa sentencia?, ¿nos tendrá sometidos a su trasnochado discurso hasta que la Corte Constitucional le dé la razón?, ¿y si no lo hace?, ¿nos iremos a la guerra para que Gustavo se quede en su silla?, ¡qué democrático!

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