Se equivocan quienes
consideran que una aproximación jurídica al debate sobre la destitución de
Petro es apolítica. Todo lo contrario: apelar al respeto a la ley parece
incluso una actitud subversiva ante el natural desprecio que genera el derecho
en la cotidianidad colombiana en la que la ventaja es del ‘vivo’, del que hace
doble fila en el semáforo, mata por un celular o llama a las masas a proteger
su permanencia en un cargo público. La ley es vista en Colombia como un palo en
la rueda de las acciones individuales. Es un costo excesivo que no se puede
cubrir. Un lujo que aplican los de arriba sobre los de abajo para conservar el status quo. No digo que esto último sea
mentira. Es apenas un ejemplo más de la guerra en todos los frentes que enfrenta
–y pierde- la conciencia de legalidad en nuestro país. Peor aún: la ley es una
mercenaria. En eso la han convertido los leguleyos.
La Procuraduría, actuando
dentro de unas competencias constitucionales y legales claramente definidas –lo
explico aquí- sancionó a Petro por afectar la libertad de empresa y por poner
en riesgo al medio ambiente con su modificación al modelo de recolección y
disposición de residuos del Distrito, removiéndolo de su cargo e imponiendo una
inhabilidad de 15 años -casi una pena de muerte electoral-. ¿Exageró? quizá,
¿actuó arbitrariamente? puede ser. No me sorprendería descubrir que las 500
páginas de fundamentación que se gastó la Procuraduría en demostrar que la
conducta de Petro merecía un castigo tan serio sean apenas un disfraz detrás
del cual se ocultan las motivaciones personales de Ordóñez. Hay quienes dicen
que esa decisión le limpia el camino para lanzarse a la presidencia en 2018.
Pero cuánto mal hace que
el Alcalde solo lea la decisión de la Procuraduría en estos términos, que no
sea capaz de sentarse en su despacho, cerrar la puerta y conocer, página a
página, las razones que condujeron a que fuera desprendido de su cargo. Si el
Procurador se hubiera extralimitado en el ejercicio de sus funciones, la ley estaría
del lado de Petro. El Alcalde tendría la posibilidad de controvertir la
resolución ante un juez, que también podría suspender la ejecución del acto
para evitar que pusieran a Petro en la calle y le cerraran las puertas del
Palacio de Liévano en las narices. Si Petro hubiera sido víctima de una
violación al debido proceso, tendría una acción de tutela para reclamar la
protección de sus derechos. Si todo eso fallara, Petro podría acudir a la CIDH
para solicitar medidas cautelares e incluso iniciar un caso contencioso contra
Colombia ante la Corte IDH.
No fue ése el camino
seleccionado por el Alcalde. Él prefirió salir al balcón a gritar, rodeado de sus
aliados políticos. Era de esperarse que sus llamados a ‘hacer respetar la
democracia’ tuvieran acogida inclusive más allá de sus electores. Es innegable
que el gobierno Distrital –a pesar de las críticas que se han formulado frente
a varios aspectos de su gestión- ha sido un aliado de los animalistas, la población
LGBTI, las personas de bajos recursos y otros sectores que hoy le sostienen el balcón.
Pero la indignación por las actuaciones de Ordóñez también ha movido masas. El
Procurador ha actuado arbitrariamente en el pasado y no ha sufrido consecuencia
alguna, tiene amigos en el Congreso, en el Consejo de Estado y en la Corte
Suprema de Justicia. Quien no tiene una deuda de lealtad con Ordóñez por los nombramientos
que ha hecho al interior de la Procuraduría, le tiene miedo a la espada de Damocles
que representa su poder disciplinario. La destitución de Petro fue la gota que
rebosó la copa.
Sin embargo, los llamados de Petro son ‘panditos’. Ven en una plaza llena de gente arengando la única
forma posible de democracia, se valen de recursos públicos para ser
transmitidos –desde las horas que se gasta Petro, cuyo sueldo pagan todos los
contribuyentes, hasta el uso abusivo que se le ha dado al portal de la
Alcaldía, que parece el sitio de un partido
de oposición- y solo respetan la ley cuando les conviene. Basta comparar la
respuesta del Alcalde a su destitución
con los llamados a respetar el fallo de tutela con el cual el Tribunal
Administrativo de Cundinamarca la suspendió
para comprobarlo.
La conducta de Petro
bordea peligrosamente la ilegalidad. El Alcalde hace un uso indebido de los
bienes del Distrito para aferrarse a su silla y utiliza su cargo para
participar en controversias políticas, lo que a primera vista parece contrario
al Código Penal
y al Código Único Disciplinario.
Sus seguidores no tuvieron ningún problema en taponar el precario sistema
judicial colombiano con un millar de tutelas para que permaneciera en el cargo,
ignorando que tales acciones deben ser resueltas de manera prioritaria y dejan
en un segundo plano a los cientos de procesos que cada juzgado debe atender y a
los ciudadanos involucrados en ellos. Paradójicamente, el
Alcalde también acude al derecho para justificar su actitud desenfrenada, parece
insinuar que la democracia trasciende al derecho -¿lo hace, realmente?- y que
la justicia es únicamente su justicia.
En lo último se parece a Ordóñez.
El leguleyo es un personaje
vil que causa repugnancia en la conciencia colectiva colombiana. Su actitud
tramposa, los malabares que juega con las normas y esa manía de encontrar
errores procesales que le permitan salirse con la suya –aún en contra de la
justicia sustantiva- lo hacen
detestable. Es engañoso y escurridizo como el mismísimo diablo, pero habla con
la voz sacrosanta del derecho. Otra de sus cualidades es que siempre está del
lado de nuestros adversarios. Este personaje se alimenta de nuestra ignorancia
y apatía para vendernos sus engaños. Sus discursos son cascarones vacíos,
palabras pensadas con base en la coyuntura y solo para lucrarse de ésta.
Mientras la ley no
sea tomada en serio, habrá toda suerte de leguleyos buscando interpretaciones
torcidas y marrulleras de las normas que les permitan proteger sus intereses.
Mientras
no haya entre nosotros una conciencia de legalidad habrá Ordóñez y habrá Petros.
25-01-2014
21:54
No hay comentarios:
Publicar un comentario