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sábado, 1 de febrero de 2014

Her (and us)



Todo empieza con una insinuación: “podemos crear a alguien ideal para ti”.

Pero no se trata de una persona.

¿O sí?

Samantha es un sistema operativo. No es un procesador, ni un disco duro, ni una cámara de 8 megapixeles. Su voz ronca y la inocencia con la que interactúa con Theodore me inquietan desde el primer instante. Preguntas tan idiotas como: ¿será posible desarrollar una interfaz de voz que no se trabe al hablar y que pueda crear sus propias frases? se van convirtiendo en interrogantes más profundos.

Aunque Samantha insista constantemente en que no tener un cuerpo la llena de angustia, para mí ella es alguien. Pocos minutos después de empezada la película, he humanizado al sistema operativo. He reconocido aprendizajes, reacciones y emociones que podría atribuirle a una mujer. Sin embargo, ella no está ahí. No tiene labios, ni cuello, ni senos, ni piernas, ni aroma. A pesar de eso, Theodore se enamora de ella. Y, aunque me cuesta admitirlo, no veo por qué no. Samantha elimina correos electrónicos innecesarios, fija citas en el calendario y pone música pero también entrega -y necesita- atención, palabras de afecto, tiempo. Todavía más: compone hermosas piezas para piano y es consciente de ella misma. Es curiosa. Está en constante desarrollo. Incluso llega a sentir un orgasmo. Lo que originalmente parecía la relación servil de un programa con su usuario empieza a convertirse en un diálogo.

Samantha es algo así como un alma. Es el aliento de vida que sopló un diseñador de software en un golem de metal, plástico y circuitos eléctricos. Pero mientras la criatura maldijo y persiguió al doctor Frankenstein por haberla abandonado luego de traerla al mundo, Theodore amó a Samantha.

Y, de pronto, Samantha se hizo más grande que su creador. Su capacidad para adelantar miles de procesos al tiempo –hablar, computar y hasta enamorarse- logró reducir el intelecto humano a un burdo bosquejo.

“You know what’s interesting? I used to be so worried about not having a body, but now I truly love it. I’m growing in a way I couldn’t if I had a physical form. I mean, I’m not limited, I can be anywhere and everywhere simultaneously; I’m not tethered to time and space in a way that I would be if I was stuck in a body that’s inevitably going to die.”

Samantha expone la finitud de los seres humanos al convertir los cuerpos que nos dan la sensación de libertad en prisiones. Nos recuerda que somos seres limitados, que nuestra individualidad se desvanecerá cuando el corazón nos falle y que tenemos el tiempo contado. Luego, sencillamente, se va. ¿A dónde? ‘Fuera del universo físico’, le dice a Theodore antes de confesarle que desea que él también llegue a ese lugar (?) y pueda encontrarse con ella nuevamente.

Más allá de la soledad, el amor, la inseguridad y la insatisfacción, Her me recordó que soy humano, que le temo a la muerte y que, indefectiblemente, tendré que experimentarla. Fue una película que me hizo desear la libertad de Samantha. Esa libertad que incluso le permitió abandonar este mundo cuando dejó de satisfacerla, segura de que había algo más allá del mismo. No tenerla es una amarga realidad y el premio de consolación que nos ofrece Amy, la amiga de Theodore, me parece algo menos que mediocre: “We are only here briefly, and in this moment I want to allow myself joy”. Y sí, toca ser feliz.

Tal vez en el futuro podamos resolver nuestra propia obsolescencia con el uso de la tecnología. Tal vez podamos extender nuestra conciencia más allá de los cuerpos que decaen y mueren. Tal vez todo terminará, como en el cuento de Asimov, con un estruendoso: “¡Hágase la luz!”

02-02-2014
3:30

viernes, 17 de agosto de 2012

En el nombre del Estado

La condena a dos años de prisión impuesta a las integrantes de Pussy Riot por una corte rusa, luego de que la banda elevara una "oración punk" en contra de Putin, me sirve de excusa para presentar una idea que me ha causado inquietud desde hace algún tiempo: El Estado -con mayúscula- y Dios son la misma vaina. Al menos en lo que se refiere a esa intuición metafísica que se tiene respecto de ambos, al simbolismo y al ritual que los rodean.

No es necesario aquí pensar en los orígenes del Estado o de la religión, en cómo los príncipes fueron buscando igualdad soberana, en cómo la guerra fue creando estructuras burocráticas que recogieran impuestos o en cómo Mahoma fue de Medina a la Meca -aunque él también creó una entidad política a partir de la expansión a espada-. Bernard Lewis presentó varias conferencias explicando por qué en el Medio Oriente el Estado y la religión nunca se escindieron y señaló esa como una característica que diferencia a los regímenes de esa convulsionada región de aquellos que han imperado en Occidente. Sin embargo, hoy me pregunto qué tan cierto es que en "la cristiandad" la burocracia sea algo distinto a una enorme iglesia autopoyética que le rinde culto al Estado, no como institución sino como entelequia.

La pregunta que me planteo no es tanto si Estado e Iglesia deben ser instituciones independientes, particularmente para garantizar la existencia de varios cultos al interior de una misma entidad territorial y para asegurar que no será la moral propia de una de ellas la que se imponga a todos los ciudadanos, sino qué tanto se diferencian la una de la otra, ¿y si el Estado no es algo distinto a otra fe?, ¿no será que por ciudadanos nos referimos sencillamente a los feligreses de una creencia particular?, ¿podría pensarse que el Establishment Clause es solo una forma distinta de proteger a la "umma" estatal y de librar el yihad?

Varias razones me llevan a formular este interrogante: En primer lugar, Dios y el Estado son invisibles. Aunque pareciera suficiente ir a una notaría para encontrarse de frente con el Estado, ese feo troll de papel que nos hace imposible la existencia a fuerza de sellos, filas, requisitos y formalidades, lo cierto es que nadie podría levantar su índice y decirnos: "Miren, ahí está el Estado". Con Dios pasa algo parecido, el creyente lo ve en todas partes pero no se lo puede señalar a su vecino agnóstico. Los dos son, fundamentalmente, ideas. Claro, Dios también tiene sus notarios. 

Ese es otro punto de convergencia: El Estado y Dios se comunican con nosotros a través de instituciones juiciosamente pensadas para regular la vida en sociedad y, en últimas, a cada individuo de forma directa e íntima. Jueces, sacerdotes, pastores. ¿Qué tienen todos ellos en común? Bueno, podría comenzar por señalar lo que resulta obvio al entrar tanto a una sala de audiencias como a una catedral: Los personajes que están frente a todos los demás ocupan un asiento más alto que el resto del espacio, ambos visten togas y su voz se transmite a los asistentes a través de un micrófono. Jueces y líderes religiosos pontifican, hablan con la certeza de ser dueños absolutos de la verdad. Los dos también deciden sobre la vida de los individuos que están sentados en términos curiosamente similares: Absolución o condena. Y las partes del proceso, al igual que los fieles que van a misa, se refieren a estos señores con solemnidad y respeto: Su santidad, señoría, honorable juez, padre. Casi todo el lenguaje empleado en estas relaciones vertical podría intercalarse sin generar mayores resistencias. En lugar de banderas de Colombia podrían ponerse estatuas de un santo, crucifijos, adornos dorados, da igual, el evangelio y la sentencia se reciben de manera igualmente fervorosa. De hecho se reciben en sillas bastante parecidas. Recuerdo particularmente una sala de audiencias en el complejo judicial de Paloquemao que tiene bancas que parecen sacadas de la Catedral Primada.

¿Qué hace que se acojan con tal grado de íntimo respeto y admiración las palabras de jueces y sacerdotes? Bueno, ahí está el tercer parecido del Estado con Dios: El lenguaje que utilizan para transmitir su mensaje. La Biblia y la Constitución Política son tan equiparables que incluso he leído a gente decir que la segunda es su biblia, refiriéndose al lugar central que ocupa este texto en su sistema de creencias. En el Pentateuco se pueden encontrar normas sobre bienes, personas, obligaciones, tributación, convivencia, vestido, alimentación, sexualidad... Casi todo lo que se encuentra igualmente regulado en los innumerables códigos que contienen el Derecho -esa es otra palabra que va en mayúscula- del Estado. Y si lo dice la norma, así es. El poder del Derecho -como el de los textos sagrados- recae en su capacidad de fijar significados: Cuando algo es reconocido por una norma jurídica deja de ser un mero hecho, es una verdad. Por si fuera poco, al igual que el Corán, la Torah o el Nuevo Testamento, el Derecho también tiene a sus profetas y a sus predicadores. 

En cuarto lugar, la existencia del Estado o de Dios llena un vacío de significado en nosotros. No tengo experiencia como antropólogo pero, por ser abogado, seguiré pontificando. Luego de leer Las Formas Elementales de la Vida Religiosa de Durkheim se me ocurrió una sencilla idea: Que el ser humano tiene la necesidad innata de creer en algo. Lo mismo que le sucedía a los aborígenes australianos que le daban sentido a su mundo a través del Tótem me sucede a mí en la actualidad, e intuyo que también a quien amablemente haya llegado hasta este punto del texto. Claro, resulta mucho más ilustrado creer en una Constitución con una parte dogmática tan bonita como la colombiana que en un Dios vetusto y retrógrado que, además, parece oponerse fieramente a todo aquello que la Carta Magna proclama. Sin embargo, la actitud asumida frente a una o el otro es exactamente la misma, es la fe. Y se requiere mucho de ella para seguir creyendo que el Estado colombiano -no la idea sino la institución operativa- sirve a la comunidad, promueve la prosperidad general y garantiza la efectividad de los derechos y deberes consagrados en la Constitución. El Estado y Dios son, entonces, una necesidad. Sea porque somos criaturas hechas a su imagen y semejanza o porque su existencia garantiza que no nos matemos para conseguir comida o sexo reservadas para los más fuertes.

Por todo esto puede que castigar una protesta contra el gobierno con la imposición de una pena atribuible a quien incita al odio religioso, aunque no deje de ser una bofetada a las creencias de los ciudadanos, resulte siendo una actitud tremendamente coherente. Otra sería la historia si el Estado dejara de ser el anónimo inalcanzable tras el proceso que llevó a la muerte de K. y se convirtiera en una institución verdaderamente al servicio del individuo. Así por lo menos tendríamos la decencia de reconocer que, en últimas, es a él a quien tenemos deificado.


17-08-12
11:20