La condena a dos años de prisión impuesta a las integrantes de Pussy Riot por una corte rusa, luego de que la banda elevara una "oración punk" en contra de Putin, me sirve de excusa para presentar una idea que me ha causado inquietud desde hace algún tiempo: El Estado -con mayúscula- y Dios son la misma vaina. Al menos en lo que se refiere a esa intuición metafísica que se tiene respecto de ambos, al simbolismo y al ritual que los rodean.
No es necesario aquí pensar en los orígenes del Estado o de la religión, en cómo los príncipes fueron buscando igualdad soberana, en cómo la guerra fue creando estructuras burocráticas que recogieran impuestos o en cómo Mahoma fue de Medina a la Meca -aunque él también creó una entidad política a partir de la expansión a espada-. Bernard Lewis presentó varias conferencias explicando por qué en el Medio Oriente el Estado y la religión nunca se escindieron y señaló esa como una característica que diferencia a los regímenes de esa convulsionada región de aquellos que han imperado en Occidente. Sin embargo, hoy me pregunto qué tan cierto es que en "la cristiandad" la burocracia sea algo distinto a una enorme iglesia autopoyética que le rinde culto al Estado, no como institución sino como entelequia.
La pregunta que me planteo no es tanto si Estado e Iglesia deben ser instituciones independientes, particularmente para garantizar la existencia de varios cultos al interior de una misma entidad territorial y para asegurar que no será la moral propia de una de ellas la que se imponga a todos los ciudadanos, sino qué tanto se diferencian la una de la otra, ¿y si el Estado no es algo distinto a otra fe?, ¿no será que por ciudadanos nos referimos sencillamente a los feligreses de una creencia particular?, ¿podría pensarse que el Establishment Clause es solo una forma distinta de proteger a la "umma" estatal y de librar el yihad?
Varias razones me llevan a formular este interrogante: En primer lugar, Dios y el Estado son invisibles. Aunque pareciera suficiente ir a una notaría para encontrarse de frente con el Estado, ese feo troll de papel que nos hace imposible la existencia a fuerza de sellos, filas, requisitos y formalidades, lo cierto es que nadie podría levantar su índice y decirnos: "Miren, ahí está el Estado". Con Dios pasa algo parecido, el creyente lo ve en todas partes pero no se lo puede señalar a su vecino agnóstico. Los dos son, fundamentalmente, ideas. Claro, Dios también tiene sus notarios.
Ese es otro punto de convergencia: El Estado y Dios se comunican con nosotros a través de instituciones juiciosamente pensadas para regular la vida en sociedad y, en últimas, a cada individuo de forma directa e íntima. Jueces, sacerdotes, pastores. ¿Qué tienen todos ellos en común? Bueno, podría comenzar por señalar lo que resulta obvio al entrar tanto a una sala de audiencias como a una catedral: Los personajes que están frente a todos los demás ocupan un asiento más alto que el resto del espacio, ambos visten togas y su voz se transmite a los asistentes a través de un micrófono. Jueces y líderes religiosos pontifican, hablan con la certeza de ser dueños absolutos de la verdad. Los dos también deciden sobre la vida de los individuos que están sentados en términos curiosamente similares: Absolución o condena. Y las partes del proceso, al igual que los fieles que van a misa, se refieren a estos señores con solemnidad y respeto: Su santidad, señoría, honorable juez, padre. Casi todo el lenguaje empleado en estas relaciones vertical podría intercalarse sin generar mayores resistencias. En lugar de banderas de Colombia podrían ponerse estatuas de un santo, crucifijos, adornos dorados, da igual, el evangelio y la sentencia se reciben de manera igualmente fervorosa. De hecho se reciben en sillas bastante parecidas. Recuerdo particularmente una sala de audiencias en el complejo judicial de Paloquemao que tiene bancas que parecen sacadas de la Catedral Primada.
¿Qué hace que se acojan con tal grado de íntimo respeto y admiración las palabras de jueces y sacerdotes? Bueno, ahí está el tercer parecido del Estado con Dios: El lenguaje que utilizan para transmitir su mensaje. La Biblia y la Constitución Política son tan equiparables que incluso he leído a gente decir que la segunda es su biblia, refiriéndose al lugar central que ocupa este texto en su sistema de creencias. En el Pentateuco se pueden encontrar normas sobre bienes, personas, obligaciones, tributación, convivencia, vestido, alimentación, sexualidad... Casi todo lo que se encuentra igualmente regulado en los innumerables códigos que contienen el Derecho -esa es otra palabra que va en mayúscula- del Estado. Y si lo dice la norma, así es. El poder del Derecho -como el de los textos sagrados- recae en su capacidad de fijar significados: Cuando algo es reconocido por una norma jurídica deja de ser un mero hecho, es una verdad. Por si fuera poco, al igual que el Corán, la Torah o el Nuevo Testamento, el Derecho también tiene a sus profetas y a sus predicadores.
En cuarto lugar, la existencia del Estado o de Dios llena un vacío de significado en nosotros. No tengo experiencia como antropólogo pero, por ser abogado, seguiré pontificando. Luego de leer Las Formas Elementales de la Vida Religiosa de Durkheim se me ocurrió una sencilla idea: Que el ser humano tiene la necesidad innata de creer en algo. Lo mismo que le sucedía a los aborígenes australianos que le daban sentido a su mundo a través del Tótem me sucede a mí en la actualidad, e intuyo que también a quien amablemente haya llegado hasta este punto del texto. Claro, resulta mucho más ilustrado creer en una Constitución con una parte dogmática tan bonita como la colombiana que en un Dios vetusto y retrógrado que, además, parece oponerse fieramente a todo aquello que la Carta Magna proclama. Sin embargo, la actitud asumida frente a una o el otro es exactamente la misma, es la fe. Y se requiere mucho de ella para seguir creyendo que el Estado colombiano -no la idea sino la institución operativa- sirve a la comunidad, promueve la prosperidad general y garantiza la efectividad de los derechos y deberes consagrados en la Constitución. El Estado y Dios son, entonces, una necesidad. Sea porque somos criaturas hechas a su imagen y semejanza o porque su existencia garantiza que no nos matemos para conseguir comida o sexo reservadas para los más fuertes.
Por todo esto puede que castigar una protesta contra el gobierno con la imposición de una pena atribuible a quien incita al odio religioso, aunque no deje de ser una bofetada a las creencias de los ciudadanos, resulte siendo una actitud tremendamente coherente. Otra sería la historia si el Estado dejara de ser el anónimo inalcanzable tras el proceso que llevó a la muerte de K. y se convirtiera en una institución verdaderamente al servicio del individuo. Así por lo menos tendríamos la decencia de reconocer que, en últimas, es a él a quien tenemos deificado.
17-08-12
11:20
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