viernes, 2 de agosto de 2013

Tierras estériles

Al Vichada se llega de varias formas: La primera opción, la más cómoda, es viajar por aire. Se puede tomar un vuelo semanal de Satena que conecta a Bogotá con Puerto Carreño, en la frontera con Venezuela. Una vez viajé de Cali a Guapi en una de las avionetas operadas por la Fuerza Aérea[1] y no me pareció una experiencia particularmente cómoda ni segura. De uno de los motores salía humo negro constantemente, las corrientes de viento sacudían a la pequeña aeronave con violencia y casi se podían rozar las copas de los árboles con las alas. En todo caso, esa es la mejor opción que tiene quien debe visitar un municipio del que muchos incluso desconocen la ubicación. Si perdió el vuelo de Satena, tiene que viajar primero a Villavicencio. En el aeropuerto Vanguardia[2] encontrará empresas como JuanAro, Aerostar, Sadelca y Selva, que ofrecen vuelos chárter en avionetas Cessna[3] o un pintoresco viaje en vetustos (digo, robustos) Douglas DC-3 o “modernos” Antonov AN-26 que tienen pura pinta de Guerra Fría.  Los vuelos son escasos, costosos y no están sometidos a las lógicas burocráticas que gobiernan los aeropuertos internacionales a los que ustedes, mis estimados lectores, deben estar tan acostumbrados. El avión despega cuando al piloto se le da la gana que despegue. De las otras dos opciones no sé mucho. La segunda es un viaje en “yate” (no piense en Islas del Rosario, es más bien un planchón) de más de seis horas que solo está disponible en invierno, cuando el río es navegable. La tercera es un viaje por tierra, en su propia camioneta 4x4. No hay carreteras. No hay mapas. Hay planicies inagotables y mucho, muchísimo, barro. Solo se puede viajar en verano y si no se va acompañado de una persona de la zona, que pueda navegar las crípticas huellas que dejan los camiones, puede ser un paseo que termine mal. Muy mal.

Este departamento gigantesco y fértil como pocos, pero abandonado por y para siempre, es el escenario de la reciente adquisición de tierras por parte de un rico ingenio azucarero del Valle: Riopaila Castilla. Con la asesoría legal de una de las firmas más rimbombantes del país, Brigard & Urrutia, la empresa compró montones de predios adjudicados por el INCODER a colonos y campesinos de la región, Unidades Agrícolas Familiares (UAF) que se entregan individualmente y no pueden agruparse de ninguna manera[4].

Y la polémica se desató, con renuncia de embajador ante Estados Unidos y denuncia penal en su contra incluidas: De un lado, Francisco Uribe (el abogado del diablo, el mal hecho persona, todo aquello que todos piensan sobre los abogados en carne y hueso) sostuvo que las adquisiciones fueron ajustadas a derecho. Una sola persona (jurídica) se convirtió en propietaria de cada UAF, como dice la ley. ¿El secreto? Todas las SAS constituidas para celebrar los negocios jurídicos están bajo el control de Riopaila gracias al “sofisticado” (¿me lo puede explicar otra vez?) diseño de un esquema empresarial en el que éstas se subordinaron a una sociedad holding.  

De otro lado, un pueblo históricamente preocupado por el campo y comprometido con la equidad, la justicia social y el acceso democrático a la propiedad privada (¿no?), alzó su voz en contra de un negocio tan inmoral, ilícito y malvado. ¿Cómo se atreven a quitarle la tierra a los campesinos?

Pero, de verdad, ¿quién ha pensado en los campesinos?

La distribución de la tierra, siempre lo sostendré, ha sido una fuente inagotable de desigualdad y violencia. Tal vez si no se hubieran vendido enormes extensiones a criollos pudientes para salvar a la naciente República de su deuda externa en los 1800, el país sería otro. Si la Ley 200 de López Pumarejo no hubiera sido objeto de contrarreformas seríamos una potencia mundial. Si la “gente del campo” (ese otro al que tratamos con tanto candor) hubiera podido tener tierras productivas y no hubiera imperado el latifundio, si los dueños de la tierra no hubieran perseguido a los colonos con perros, escopetas y teas ardientes para quedarse con los predios arrebatados a la selva a punta de machete, no habría pobreza, ni narcotráfico, ni FARC, ni paras, ni guerra. Desvarío.

También lo hacen quienes, a lado y lado del escándalo, se tiran dardos sin detenerse a considerar la situación de las familias campesinas que estuvieron involucradas en estos negocios[5]. El Vichada es un departamento hermoso y rico. Pero está abandonado. Es la periferia de la periferia. Ni siquiera tiene carreteras, gente. NO. HAY. CARRETERAS. ¿Cuánto creen que le cuesta a un campesino producir, transportar y comercializar sus bienes?, ¿quién paga esa inversión?, ¿le queda un rendimiento suficiente a ese campesino para sostener a su familia? Ambos lados, en cuanto a argumentos, son tan estériles que es irónico que hablen del Vichada.

La desigualdad en Colombia no se refiere únicamente a la carencia de propiedades, sino al provecho sustantivo que se pueda obtener de las mismas. Los costos de transacción hacen casi imposible que el titular de una UAF ubicada a seis horas de Cumaribo pueda lucrarse de la producción agrícola. En cambio, enajenar estas tierras le puede representar cientos (hasta miles) de millones de pesos, abriéndole paso a la movilidad social que tener “una tierrita” en la mitad de la nada le niega. ¿Es esto realmente contrario a la función social que debe cumplir la propiedad privada según el artículo 58 de la Constitución?

Este episodio (¿cuál no?) invita a ir más allá de la atribución de responsabilidades. Después de todo, quien decide si alguien violó la ley es un juez, no nosotros. Nosotros deberíamos notar lo que está a la sombra del mal llevado debate: La pregunta, todavía irresuelta, sobre qué debemos hacer con el campo.

02-08-2013
15:12



[1] Esas que se convierten en la única opción para llegar de manera rápida a regiones de Colombia que parecen no importarle a nadie y las mismas en las que, coincidencialmente, se transportaron víctimas inanimadas de los paramilitares en su auge.
[2] Al que llega un vuelo de LAN proveniente de Bogotá al día.
[3] Para trabajadores de las petroleras, empleados oficiales o gente que puede pagar 300.000 pesos por trayecto.
[4] El artículo 40, numeral 5o de la Ley 160 de 1994 establece: “En ningún caso un solo titular, por sí o interpuesta persona, podrá ejercer el dominio, posesión o tenencia a ningún título de más de una (1) Unidad Agrícola Familiar. La violación de esta prohibición es causal de caducidad”
[5] Puedo estar equivocado, pero un contrato generalmente requiere el concierto de voluntades de dos partes.

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