“No
comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”
-Voltaire
Para ser privado de la libertad, un
ciudadano no tiene que ser condenado a prisión. Para perder la libertad basta
con vivir temiéndole a las propias palabras porque podrían conducir a ser
hallado responsable de un delito.
Recientemente la Corte Suprema de
Justicia emitió un comunicado en el que informa a la opinión pública acerca de
su determinación de presentar una denuncia penal contra la periodista Cecilia
Orozco Tascón por una columna en la que cuestionaba una decisión administrativa
de la Corte frente a uno de sus funcionarios. Tal vez se trate de la más
paradójica carta de la historia: Les informamos que si opinan algo que no nos
guste, los denunciaremos penalmente. El leguleyo que llevo dentro con tanto cariño
se regodea señalando el despropósito de denunciar a alguien que realizó
afirmaciones sin el ánimo de ofender al sujeto de sus frases, así al último le
ardan de ira las entrañas. ¡Brutos! –No, no los magistrados que “sabiamente”
decidieron denunciar penalmente a una periodista por escribir en su columna de opinión. Es que no puedo contener la
sorpresa-.
Un poco antes, Ilva Myriam Hoyos
–Procuradora Delegada para la Familia- denunció a Mónica Roa por interponer una
tutela en la que señalaba que la entidad a cuyo nombre obra la ex candidata a
la Corte Constitucional estaba incumpliendo un fallo de ese tribunal y
mintiéndole a las mujeres acerca de las cualidades “abortivas” de un
preservativo –“Momento, ¿eso no se llama fraude a resolución judicial?”, señala
mi abogadito interno con sagacidad-. A los padres de Luis Andrés Colmenares también
les iniciaron un proceso por calumnia al cuestionar una decisión judicial.
Si
estas actitudes se consolidan, derechos como la libertad de expresión e
información y el acceso a la administración de justicia se harán nugatorios con
la excusa de proteger la “integridad moral” de los ofendidos. Claro, como en
Colombia el derecho también es una herramienta empleada para vengarse de los
contradictores, la moralidad de los denunciantes queda harto en entredicho,
pero la tienen. Ese es el problema de mantener tipificadas algunas conductas
que pertenecen al más antiguo derecho penal y que no atienden a las realidades
actuales o, por lo menos, de aplicarlas mal: Caprichosamente y sin detenerse a
indagar por la utilidad que tendría la sanción penal para el caso concreto. Que
una conducta esté consagrada en el Código Penal no la hace aplicable
inmediatamente, no es que como ya está escrito el tipo puedo acudir a la ultima ratio del derecho sancionador
cuando a mí se me de la gana, cuando quiero hacer pataleta porque no me gustó
lo que dijeron de mí.
El riesgo planteado es enorme: Cualquier
ciudadano podría enfrentar un proceso penal por expresarse libre y
democráticamente. Si un día a Álvaro Uribe le da por revisar mi timeline en tuiter voy a tener serios
problemas, por ejemplo. Al igual que cualquier otro hijo de vecino que se haya
quejado de Petro, del Procurador Marianito, de Daniel Samper, de Vladdo, del
policía, del bombero, del tendero, del taxista, del portero…
Lo que quiero resaltar es que, mientras
el artículo 20 de la Constitución Política de Colombia garantiza la libertad de
los colombianos para expresar libremente sus pensamientos, opiniones e ideas y
afirma categóricamente que no habrá censura, la indebida utilización de derecho
penal conduce justamente a ella. Y ese silencio impuesto es el salto que daría
el sismógrafo de Roxin: Algo está mal en una democracia cuando se calla a los
críticos con denuncias penales. Si se lleva a los tribunales a quien no
comparte el discurso de la oficialidad –sea el que sea-, difícilmente puede
señalarse que se vive en un Estado Social de Derecho.
Reconozco que la jurisprudencia ha
decantado reglas claras según las cuales hay límites a la libertad de
expresión, representados por el derecho a la honra y el buen nombre, la función
social del periodista y la responsabilidad con la que debe asumir sus relatos,
acudiendo a varias fuentes creíbles, ponderando sus historias y demás. No digo
que debamos ser enteramente tolerantes con los discursos, pues muchos de éstos
se encuentran motivados por el odio. Lo que sí afirmo con todas las letras Y EN
MAYÚSCULA –que es como gritar pero con las yemas- es que a veces el discurso de
odio se construye poniéndole el dedo en la boca a quien dice lo contrario a lo
que yo quiero oír. Es que acudiendo taimadamente a la protección de mis
derechos no puedo pretender que se impida el ejercicio legítimo de los de otros. Mucho menos si “administro justicia en el nombre del pueblo y por
autoridad de la ley”.
PS: Antes de denunciarme, investigue
sobre el animus jocandi.
08/20/2012
11:25
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