Tradicionalmente se ha dado por referirse al periodo comprendido entre 1810 y 1816 como la “Patria Boba” de manera, creo, injusta. Durante este tiempo la oligarquía criolla, temerosa de perder sus privilegios estamentales ante el incontenible clamor independentista que provenía de los sectores populares, buscó conservar el poder a través de una fórmula ampliamente conocida en la teoría política: Divide et impera. Se crearon juntas provinciales de patricios que gobernaban las regiones a partir de un modelo federal con el que pretendían asegurar sus prerrogativas. De esta manera cada provincia podía determinar su sujeción a la Regencia, a Fernando VII y a las autoridades españolas autónomamente, sin que se pusiera en peligro la unidad federal del Estado. Por otra parte, se buscó presentar los acontecimientos del 20 de julio como una petición de igualdad hecha a la Corona por los españoles nacidos en estas tierras y no como una revuelta que demandaba la ruptura de los vínculos políticos con la Metrópoli. La idea tras estas estrategias era clara: Mantener al pueblo lejos de la toma de decisiones políticas.
Es aquí donde debo explicar por qué considero que calificar de “boba” a la patria ha sido una injusticia: Para ese entonces la élite criolla mantenía al pueblo amordazado y evadía cualquier referencia a un nacionalismo que brotaba desde los escalones sociales inferiores. La decisión de mantenerse atados a España estaba en manos de consejos de notables que contaban con un claro interés en perpetuar el dominio español sobre la Nueva Granada y que llegaron inclusive a encarcelar a hombres como Antonio Nariño, el Prócer que buscaba consolidar la autodeterminación del pueblo granadino. No fue la patria la que al unísono se hizo realista, no fueron muchos quienes buscaron domesticar los afanes independentistas de la minoría. Todo lo contrario: Los bobos fueron unos pocos.
Hoy la situación presenta ciertas semejanzas. Las divisiones que imperaron entonces continúan haciendo eco. Las élites continúan buscando la manera de garantizar su seguridad de clase mientras que la amplia mayoría de sus compatriotas es invisibilizada. Hay, empero, una diferencia protuberante: Nuestro país es una patria de nadie, es un proyecto de pocos, excluyente e indiferente. En Colombia no existe un ideal nacional que sirva de guía a la acción colectiva, a la decisión política y, en general, a la actitud de los colombianos frente a las necesidades actuales. Antaño el pueblo entero se sentía neogranadino, distinto a España y titular del derecho a la autodeterminación que le estaba siendo negado por la Corona y por los realistas criollos. En la actualidad, en cambio, son muy pocos los que se sienten colombianos. Priman las identidades regionales, de género, de clase y las autorrepresentaciones políticas sobre la comunidad imaginaria de iguales con la que nos podríamos identificar. La Nación es un proyecto que seguimos en deuda de construir.
Esto podría explicarse desde teorías como la de Charles Tilly, que señalan en la guerra el origen del Estado: Para sustentar el esfuerzo bélico se requiere de una burocracia organizada que se encargue de cobrar tributos y de regular la vida social al interior de la organización política. El Estado penetra las regiones apartadas de los centros de poder y va aumentando su robustez institucional. Por otra parte, la guerra sirve como ejercicio de creación de identidad por oposición al enemigo. Al luchar para defender un territorio, una bandera, unos sentimientos, las naciones se constituyen como unidades de significado: La lucha de tiene sentido únicamente en tanto se está defendiendo una patria. A Colombia, se diría, le hizo falta una guerra que definiera su identidad. Ya en los albores de esa “Primera República” se percibía que la oposición a la Corona no tenía la entidad o la fuerza de convocatoria suficientes para que todos los sectores de la incipiente sociedad neogranadina se unieran en un esfuerzo de guerra por la independencia. A lo largo de la historia Republicana tampoco se dio una confrontación bélica a gran escala que llevara a que se luchara por Colombia. No. La guerra siempre fue fratricida.
Sin embargo, es altamente problemático intentar explicar la ausencia de identidad nacional desde una perspectiva semejante por, al menos, dos cosas: En primer lugar, aunque en el mundo actual es claro que prima la organización política estatal, acoger la idea de modernidad europea y considerar que no existen otras formas de construir nación sería desconocer las especificidades propias de procesos que se han adelantado al implantar instituciones foráneas en distintos contextos. En otras palabras, sería como señalar que hay una sola modernidad cuando lo que parece evidenciarse es que hay múltiples –y muy diversos- desarrollos de la misma, que se entrelazan y relacionan de manera más compleja que en un simple caminar unidireccional hacia el progreso. En segundo lugar, es evidente que la mayor regulación del ius ad bello y el crecimiento de conciencia humanitaria, que cada vez considera más ilegítima la guerra, hacen obsoleta la idea de crear identidades a costa de sangre. Esto sin mencionar que pensar en una guerra nacional a estas alturas sería un verdadero despropósito, un cruel anacronismo.
A pesar de ello, en Colombia sí se intentó fundar un nuevo nacionalismo a partir de la confrontación muy recientemente: En los ocho años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez la identidad colombiana reposó en el paradigma de la lucha contra la subversión. Una vez más nos sentimos colombianos (de bien, en esta ocasión) al oponernos como pueblo a las acciones de la subversión. Y no era una tarea difícil poner en marcha este proyecto: Casi medio siglo después del inicio de las hostilidades el conflicto se encrudecía cada vez más, se habían truncado los diálogos de paz sostenidos entre el Gobierno de Andrés Pastrana Arango y la cúpula de las FARC. Colombia se sentía burlada y, en esa hora más que en cualquier otra, la “mano dura” parecía ser la única solución posible a los retos planteados por la guerrilla.
Este intento de refundar la Nación tuvo terribles consecuencias para la democracia colombiana: Los variopintos abusos cometidos por el Poder Ejecutivo parecieron justificarse tras la lucha antisubversiva. Podría casi señalarse que la doctrina del enemigo interno, tan popular en la hora más represiva del continente, estaba recobrando su valor. Se inició una temible persecución a la administración de justicia, a los medios y a los activistas, legitimadas por la voluntad férrea de cerrar las grietas por las que se había filtrado la subversión. Colombia empezó a ver resultados que la hicieron sentirse bien encaminada: La violencia rural parecía disminuir, el control territorial de los grupos subversivos, que ya estaban llegando a Bogotá, se redujo. La guerra volvió a ser la historia de los departamentos de frontera. La gente pudo volver a “viajar por carretera”.
Empero, la verdadera historia seguía fraguándose. Lo cierto es que el Estado se convirtió en el botín de un clientelismo más violento y criminal que el que ha estado tras los cargos públicos desde el ocaso del Frente Nacional. Se volvió cuestión cotidiana enterarse del constreñimiento al electorado por parte de grupos paramilitares que lograron posicionar políticos en diversas regiones del país y que extendieron sus vínculos al Congreso de la República, se acudió al cohecho para garantizar la aprobación de una reforma constitucional que le permitiera al ahora “caudillo” Uribe Vélez mantenerse en el poder por cuatro años más de los fijados como periodo presidencial, la violencia comenzó a mutar al trasladarse a los cascos urbanos y al ser cada vez más una herramienta a disposición del narcotráfico.
Lo que resulta sorprendente es que casi dos años después de que el ahora ex presidente Uribe abandonara el poder, toda Colombia clame por el regreso de su líder al poder cuando las acciones armadas de la subversión vuelven a llamar la atención de la opinión pública.
Todo esto es posible justamente por la ausencia de un proyecto nacional que sea independiente de su fundador. Es ahora cuando vale la pena preguntarse cuál patria fue más boba, aquella que gritaba alborotada por su independencia o ésta, la actual, que pone sus esperanzas en un demagogo que “la dejó volver a viajar por carretera”, porque es tan indiferente a la idea de Colombia que prefiere endilgársela a cualquiera, salir del problema dejándola en manos de un hombre bajo cuya mirada se criminalizó la institucionalidad nacional y que sigue afirmando que los delincuentes son los que buscan impartir justicia.
27/02/2012
9:49
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