martes, 30 de agosto de 2011

¿Qué es lo que queda?

Me quedan las manos manchadas de tinta, la mente colmada de confusas ideas, los ojos cansados. Me queda la soledad iluminada tenuemente, las subrayas zigzagueantes, las glosas, los ensayos. Me quedan las palabras vetustas y empolvadas, esas que han ido perdiendo su liminar sentido con el paso de los años. Me queda, idealmente, un diploma, o dos, o tres. Me quedan las memorias de tiempos más felices, de una vida menos reflexiva y metódica, de una libre inocencia, de una ignorancia ligera. ¿Dónde quedó el idealista, el prócer, el romántico? Se ha perdido bajo la doctrina avasallante, en el tedio interminable de las incontables páginas. Un niño ha muerto pero no será enterrado. Sus juegos han dado paso a procedimientos reglados, sus estruendosas risas a las arrugas prematuras en mi frente. ¡Lo has hecho, academia! Has dado a luz a un hombre, a un ciudadano. Lo has dotado de razones, de conceptos, de cadenas. Le has dado por atuendo el aire arrogante de quien cree saber algo, has decorado su lenguaje con grandilocuentes ecos de barones muertos, retazos de frases regurgitadas en un aula. Has cambiado sus sueños por ambiciones, le has abierto los ojos, lo has hecho despertar. Queda solo una pregunta: ¿Ha valido esto la pena?                   

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