Cuán profundo estremecimiento produce el conocer al amor de la vida. El tiempo no se detiene, como los que no han experimentado esta sensación afirman sagazmente. No. El tiempo se extiende ante los ojos en toda su magnitud. El futuro descubre sus misterios ante la ávida mirada de los enamorados. De repente se erigen escenarios impensables, casi felices. Las manos sudan. Las pupilas se dilatan. La magnanimidad del indefinible amor se viste de pequeñeces, de gestos que en otro contexto serían irrelevantes. Qué maravillosa conjunción del destino y el azar es encontrar a quien se ha de amar hasta que el cuerpo se desgaste y más allá. Los contornos de mundo se derriten, los cielos se mezclan con la tierra y la naturaleza revela sus secretas melodías. ¿No es insignificante todo lo demás en ese instante? ¿No se libera el ser de sus pesadas cargas al sentir el acompasado respirar del amado? En efecto, qué hermosa certeza brinda la confirmación que está en sus ojos. O, bueno, eso dicen.
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